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sábado, 2 de febrero de 2013

El mejor viaje del mundo


Argelia 1989
 
"Amo a Argelia porque la he sentido por dentro"
Gabriel García Márquez


Música para acompañar esta lectura: http://www.youtube.com/watch?v=HhmM1MAB-aw

Palmeral de Timimoun
Hadiya y Jalima. Esos son nuestros nombres argelinos. Nos los puso la familia de Ahmed.

Conocimos a Ahmed mientras estábamos tomando algo en una terraza de Ghardaïa. Esa misma noche nos acompañó a cenar junto con otro chico y quiso pagarnos la cena, pero su amigo, que trabajaba en la Poste, no le dejó. Al día siguiente cuando estábamos en la estación de autobuses comprando los billetes a El Golea, nos lo encontramos de nuevo y nos preguntó a ver dónde íbamos. Y pocos minutos después volvíamos a vernos en un bar donde todos los hombres que allí estaban se nos quedaban mirando como las vacas al tren, seguramente sin entender cómo podíamos comunicarnos con un chico sordomudo. Una pareja de Mondragón que estaba en la mesa de al lado y que casualmente había hecho anteriormente un viaje en autobús a Checoslovaquia con nosotras, una auténtica coincidencia, nos dijo: ¡Qué poco habla vuestro amigo, el nuestro no calla!  El caso es que nos invitó a comer a casa de su hermana y como nos íbamos  de la ciudad a las tres de la tarde, le dijimos que sí, pensando que no podía luego darnos mucho la vara si nos agobiábamos. En casa de su hermana recuerdo que había una enorme fotografía de Chadli Benyedid, el entonces presidente de Argelia. Comimos en el suelo todos del mismo plato una ensalada con pan, sin cubiertos, con las manos. Todavía recuerdo lo mucho que me gustó. Su hermana fue muy amable y cuando nos íbamos apareció el hermano pequeño que tenía 19 años, quien nos dijo: “Os veo en El Golea”. Eso nos mosqueó un poco.

Ahmed y su madre
En efecto Ahmed había ya comprado un billete para El Golea y pensaba acompañarnos hasta allí junto con otro chico sordomudo. Luego supimos que allí vivía su madre. En el autobús, en un punto indeterminado del desierto, alguien compró una sandía y el conductor tras comer un trozo, ordenó que se repartiese el restoentre los viajeros. Cuando bajamos del autobús Ahmed se empeñó en que le acompañásemos y así, sin quererlo, llegamos a su casa. Nada más abrir la puerta su madre sin mediar palabra nos abrazó dándonos la bienvenida. ¿Le habría llamado su hermano? ¿Cómo sabía la señora que íbamos a ir, si ni siquiera nosotras lo sabíamos? El caso es que ahí empezó un periplo de unos diez días por distintas ciudades del desierto argelino donde Ahmed tenía parientes.




 

EL GOLEA


Hermanos de Ahmed
Su madre vivía con una hija de 27 años que había sido repudiada por su marido porque no le daba hijos y que decía con gestos (podía hablar con cierta dificultad pero también era sorda) : “Los hombres = cero”. Por la noche llegó su hermano como había prometido. Él, Ahmed, su hermana, su madre y una vecina con sus dos hijas nos cantaron una canción mientras cenábamos, nosotras con los hombres como invitadas y las mujeres y los niños aparte. Era una canción improvisada en la que hablaban de nosotras que veníamos de España alternando la letra con irrintzis de esos que hacen los árabes que ahora no recuerdo cómo se llaman, ah sí el zaghareet. Luego nos enseñarían fotos de la familia en las que se veía a más de un músico, al parecer era una familia de músicos. Nos regalaron una rosa del desierto a cada una. Dormimos en el patio de la casa con las mujeres y los niños. La madre de Ahmed mandó a los chicos a la terraza. Esta fue la única casa, junto con la de un pequeño pueblo de casas dispersas en medio del desierto a unos 70 km de Timimoun, donde dormimos con mujeres y niños. En el resto de las casas dormíamos con Ahmed.

Amina , su madre y su hermana
Uno de los días que estuvimos en El Golea nos invitó a comer la vecina, una chica de 21 años, como yo y como Ahmed, que tenía dos niñas pequeñas, una de las cuales recuerdo que se llamaba Amina. Su marido había fallecido en un accidente de coche. Como era maestro cobraba bien (al parecer allí a los maestros se les tiene en más consideración que aquí) y la casa era espaciosa e incluso tenía frigorífico. Pero cuando murió sus hermanos dijeron que seguramente ella se volvería a casar y como sólo tenía hijas el dinero de su hermano acabaría en las manos de otro hombre, así que un día fueron a la casa y se llevaron todo lo que pudieron. Nos enseñó una foto de su marido con lágrimas en los ojos, a escondidas para que no lo viesen sus hijas.

Iglesia de El Golea
Otro día la madre de Ahmed le insistió para que nos llevase a ver una iglesia construida por los franceses, le decía que llamase a un tal Mustafa para que nos llevase en coche. Ahmed decía: “La, Mustafa, la”, “No, Mustafa, no, vamos andando”, y ponía los dedos a andar mientras nos interrogaba a ver si nos importaba ir andando. La madre le decía: “Estas loco, con este calor…” y añadía algo en árabe de lo que sólo entendíamos Mustafa y carrosa (carroza, coche). Pero Ahmed insistía “Mustafa, la”. Como la conversación trascurría con la ayuda de gestos no tuvimos ningún problema en entenderla. Esa noche no quedó claro si la madre había convencido a Ahmed, pero al día siguiente allí apareció Mustafa con su coche. Al presentárnoslo Ahmed dijo:”éste es Mustafa, somos amigos desde pequeños”, amigos lo indicaba rozando los dedos índices de ambas manos y luego bajó la mano con la palma abierta para indicar a alguien pequeño. Entonces Mustafa dijo: “sí-sí amigos… ya-ya…”. El caso es que Mustafa nos llevó a ver la iglesia. Se sorprendía de que entendiésemos a Ahmed,  decía que lo conocía desde pequeño y no le entendía nada, pero cuando Mustafa intentaba explicarnos que íbamos  a la iglesia no le entendimos en francés, entonces Ahmed hizo el gesto de inclinarse hacia adelante para rezar como hacen los musulmanes y luego tiró de una cuerda imaginaria como si fuese a tocar la campana: ¡Ah, a la iglesia!, dijimos nosotras. Más tarde Mustafa quiso comentarnos que la música raï que escuchábamos era el rock argelino, y otra vez Ahmed hizo como que tocaba una guitarra en plan roquero.

Cercanías de El Golea
El día que salimos de El Golea también nos llevó Mustafa en el coche. Antes la madre de Ahmed y  la vecina nos dieron una moneda a cada una (a mí de dos dinares creo y a mi hermana de cinco ya que era la mayor). Como no queríamos cogerlas -ya nos habían regalado algún pañuelo y unos cojines, además de las rosas del desierto-, el hermano de Ahmed nos dijo: “cogedlas es para que os toméis un café mientras esperáis el autobús”. Sin comentarios.  Además nos escribieron una carta de recomendación para un tal Litim, para que nos acogiese en su casa, aunque nunca la llegamos a necesitar. Era de noche. Cuando llegamos a la estación había mucha gente esperando, seguro que alguien se quedaba en tierra.  Mustafa no nos dejó bajar,  fue carretera adelante y paró en el arcén. Desde allí veríamos cuándo se aproximaba el bus. Cuando lo vimos aceleró hasta la estación y nos pusimos en primera línea para ser los primeros en montar y no quedarnos sin asientos. Nos cogieron las mochilas y dijeron: “subid, subid, ya nos encargamos nosotros de las mochilas”. En fin, que sea lo que Alá quiera, pensamos. ¡Llevábamos la mitad del dinero en ellas! Ahmed subió con nosotras y… nos pagó el autobús (no lo podíamos aceptar, le obligamos a coger el dinero cuando llegamos a Timimoun).

 

TIMIMOUN

Timimoun
Llegamos a Timimoun de madrugada, hacia las tres o las cuatro. Acompañamos a Ahmed a casa de otro familiar. Todo era arena roja. Unos chavales jugaban al fútbol, como he visto hacer también a esas horas en Andalucía a través de la ventanilla del tren que va a Algeciras. De día es peligroso hacer ese tipo de esfuerzos con tanto calor, así que las tres de la madrugada es una buena hora para echarse un partido de fútbol. Cuando llegamos a la casa, Ahmed golpeó en la madera de la puerta y una mujer dijo: ¿Skun? ¿Quién? A lo que Ahmed respondió: “Ana”, es decir, yo, con la misma irracionalidad que nosotros cuando nos preguntan quienes somos a través del portero. La mujer nos abrió. Todo el mundo estaba durmiendo, pero un viejo que tenía siempre el gotero puesto se levantó y estuvo hablando con nosotras mientras comíamos unas costillas de cabrito que la mujer había tenido la delicadeza de cocinarnos. Recordad que eran las cuatro de la madrugada. Después nos dieron una cazuela llena de agua por si teníamos sed mientras dormíamos y nos mandaron con Ahmed a la terraza donde dormimos sobre unas colchonetas.

Timimoun y su palmeral
Timimoun es una ciudad en medio de un desierto de arena roja  con edificios rojos del mismo tono que la arena, en donde cualquier sombra está ocupada desde muy temprana hora. Allí Ahmed tuvo que visitar a su novia con la que iba a casarse en invierno. Nos enseñó una foto en la que aparecía ante un fondo pintado, con calcetines blancos de los que todos se reían. Era delgada, tenía el pelo corto y Ahmed decía que era una víbora. Pero todos le insistían en que tenía que ir a verla. Al parecer era un matrimonio concertado y Ahmed, que en Ghardaïa nos había dicho animoso que se casaba cuando llegase el frío, ahora no parecía verlo tan claro. En esa casa conseguimos ducharnos bajo un hilo de agua mientras los niños incordiaban asomándose por la puerta del cuarto de baño sonrientes. En la casa vivían dos niños negros que no eran de la familia pero cuyos padres no podían atender. Se les trataba como a un hijo más y no parecía que el reparto de tareas les desfavoreciese. Cuando comentamos esto en casa a la vuelta como algo curioso, mi padre dijo: “¿Cómo creéis que estuvo vuestro padre aquí a los 15 años? Trabajaba para la familia que me acogía en su casa a cambio de la comida. Si daban
Familia que nos hospedó en Timimoun
algo de dinero a mis padres yo no lo vi, iba directo al pueblo.”  Es una de las muchas cosas que aprendí en Argelia: lo que nos separa son los años, no la cultura. Cuando Ahmed volvió a la noche estuvo imitando ante todos a los padres de estos niños (se desternillaban de risa), a alguna embarazada…, pero no comió nada y cuando subimos a la terraza a dormir, nos dijo: la mujer es buena –dibujaba una melena alrededor de su cara-, el marido regular –se dibujaba un bigote- y el viejo –dibujaba un cable desde su brazo hasta el gotero- es malo. Mañana nos vamos –cogió un volante imaginario- La verdad es que al viejo se lo había tenido que llevar la ambulancia un día y cuando desapareció durante apenas una hora toda la casa se revolucionó y las sonrisas y alegría se apoderó como por arte de birlibirloque de todos. Para nosotras que éramos meras espectadoras fue realmente chocante. Ahmed se había enfadado con él un día porque nos puso a comer con la mujer y los niños en vez de con los hombres como se hace con los invitados.



 

Mohammed
Al día siguiente cogimos un taxi compartido y nos dirigimos a un pueblo a unos 70 km de Timimoun cuyo nombre desconozco. Nos acogieron en una edificación de adobe compuesta por diferentes habitaciones y un patio central donde los moradores, que parecían ser varias familias, pasaban las horas del día más frescas. Las calurosas se pasaban en la habitación que daba al patio. Había varias mujeres y niños y un solo hombre: al parecer, los otros habían partido con los camellos a Tamanraset no hacía mucho y Mohammed se quedó al cargo de la casa. Casi todas las mujeres estaban embarazadas. Vestían ropajes de colorines y llevaban el pelo muy largo y aceitado. Los niños nos miraban “como si fuésemos la tele” decía Ahmed. Les cantábamos “un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña…” y Ahmed nos decía que no sabían lo que era un elefante, sólo conocían los camellos y las cabras. Las mujeres enseñaban a los pequeños el peligro del fuego encendiéndoles una cerilla, acercándosela a la cara y haciendo uh, uh. Aprovechaban cualquier ocasión para enseñar a los niños desde bebés a seguir el ritmo. Se los ponían encima y cogiéndoles las manitos daban golpes a alguna palangana a la vez que marcaban el ritmo tatarara tatata tatarara tatata. Con dos añitos apenas, un niño, creo que se llamaba Mohammed también, se puso un día un pañuelo alrededor de las caderas y empezó a bailar increíblemente bien alguna danza religiosa mientras las mujeres cantaban. Alguna mujer también se animó toda embarazada a echarse unos bailes. Vino alguien importante del pueblo a visitarnos –un niño avisó a las mujeres que inmediatamente dejaron lo que estaban haciendo con nerviosismo-, nos estrechó las manos  y nos dijo: “¿habláis francés? ¿habláis árabe?... Pues yo no sé cómo os entendéis con esta gente”. El día que llegamos las mujeres mayores del pueblo nos hicieron el honor de venir a cenar a la casa donde estábamos. Comimos todos alrededor de un plato de cuscús sobre el que pusieron un dadito de carne para cada comensal, a mí me tocó un trozo de puro nervio que me resultó difícil tragar.

 
Atención a los helicópteros

El último día antes de volver a Timimoun el primo de Ahmed, Shikh nos llevó en un pick up a través del desierto a una casa no muy lejos de donde habíamos estado a cenar. Era de noche y casi atropellamos a algunos hombres que estaban sentados en el suelo charlando entre las casas. Allí cenamos sobre una esterilla bajo la que los escarabajos se movían a sus anchas. Comimos un plato de macarrones. Los niños tenían los mocos colgando y alguno tenía algún problema en la piel del cuero cabelludo. Parecía una familia mucho más pobre que la que habíamos conocido anteriormente.


 


Alegría infantil
Después de cenar cogimos carretera de vuelta a Timimoun. Cuando llegamos, Shikh nos llevó a casa de su hermana. Estaban todos durmiendo y para no despertarlos, entró por una ventana y nos abrió la puerta, después cogimos cuatro colchonetas del salón y las subimos a la terraza donde dormimos Shikh, Ahmed y  nosotras dos. No queríamos incordiar más a la familia de Ahmed, por lo que al día siguiente le pedimos ir a un hotel. Él no entendía nada pero no nos contrarió, ni nos hizo ninguna pregunta y nos llevó al hotel. Ahmed un día nos dijo que no creía en Dios, porque le había dejado sordomudo, pero yo no he conocido a nadie tan sumamente amable, hospitalario, comprensivo y desinteresado en mi vida. Al cabo de una hora se presentó de nuevo allí para que fuésemos  a comer y al entrar en la habitación y ver toda la ropa lavada, se dio cuenta de porqué queríamos ir a un hotel, llevábamos diez días sin cambiarnos de ropa, con ella puesta de día y de noche. Entonces pareció entenderlo todo y en cuanto vio a su primo se lo contó, para sorpresa de Shikh que, más malicioso, creo que le envidiaba por haber entrado en la habitación. Un día mientras íbamos en el pick up, nosotras con Shikh en la cabina y Ahmed atrás, nos preguntó Shikh si éramos hermanas, le dijimos que sí. “¿De veras? ¡Yo creía que eran imaginaciones de Ahmed!” No llegaban a entender cómo podíamos entendernos tan bien con él. Un día al salir de cenar de un hotel, Ahmed nos llamó y a pesar de que solo salían de su boca sonidos trafulcados, nosotras, que ya llevábamos diez días con él, entendimos nuestro nombre: a Shikh se le quedaron los ojos como platos.

Cogiendo agua
 Todavía nos llevaron a visitar otra localidad cercana, la gruta parecimos entenderles, en una excursión de un día. El día anterior habíamos visto en una tienda un cartel con los precios que se solía cobrar a los turistas por esta excursión, así que dijimos, “esto es de pagar” casi con ilusión (nuestro dinero seguía prácticamente intacto desde que cambiamos en Orán), pero cuando nos llevaron paramos antes en otro pueblo donde tuvimos que ayudar a descargar unas garrafas de agua. Allí nos invitaron a comer lentejas. No vimos ninguna mujer en la casa, aunque había niños que tomaban galletas untadas en el té. Durante la sobremesa los hombres sentados en el suelo se fumaron unos porros mientras en un sillón nosotras (no nos ofrecieron) seguimos todo el proceso de risas flojas y posterior bajón depresivo de la droga. Continuamos en el coche y visitamos a otros amigos de Shikh, éstos negros, que nos invitaron a té… En fin, que también esta excursión nos salió gratis.

Shikh
Llegó, sin embargo, el día en que Ahmed tenía que volver al trabajo –trabajaba para Cepsa o Repsol- y nosotras teníamos que ir volviendo poco a poco a través de Marruecos a España. Nos despedimos en la estación de Timimoun. Fui a comprar un helado a una tienda: ¿De dónde sois, de España? ¿A dónde vais, a Bechar?  El heladero parecía conocer toda nuestra vida, él se lo decía todo. La verdad es que el mundo puede ser un sitio fantástico. Desde luego este viaje juvenil por Argelia  fue maravilloso, el mejor viaje del mundo.
 

 


 
 

sábado, 12 de enero de 2013

El M’zab argelino: Ghardaïa.



Montando al autobús en Ghardaïa
Tras cinco o seis días en Orán tomamos el bus hacia Ghardaïa y el desierto. Nos tocó en el lugar más incómodo del autobús, habían soldado la puerta trasera y en el espacio ganado en el interior habían colocado otros dos asientos, los nuestros. Sin embargo, duramos poco en ellos. El ayudante del conductor al pedirnos el billete nos preguntó a ver de dónde éramos y tras oír nuestra respuesta dijo que su tataratatarabuelo también era español, a lo que todo el autobús respondió con risas. En cuanto quedaron libres un par de sitios delante nos dijo en español: “ven aquí, ven aquí”.

 

Al poco de salir de Orán la ventanilla enmarcaba un paisaje desértico salpicado de feroces llamas de fuego de las plantas de gas. La gente estiraba el cuello para verlas bien como si las viese por primera vez. Hubo una parada al anochecer para rezar. Todos los viajeros menos una mujer y su hijo –creo que todos los demás eran hombres- se pusieron en fila mirando hacia el este y empezaron a hacer sus genuflexiones dirigidos por un señor de cierta edad. Me encanta el ritual islámico de las cinco oraciones y creo que deberíamos tener todos algo así, que nos permitiese parar el tiempo varias veces al día y dejar lo que quiera que estuviésemos haciendo para relajarnos un poco y interrumpir ese ritmo de vida absurdo que llevamos, impuesto por empresarios y gobernantes que se hacen ricos a nuestra costa.

Mercado de Ghardaïa
Unos kilómetros más allá paramos para cenar. Dejé a mi hermana en la barra del bar pidiendo unas limonadas  y me dirigí a las cortinillas tras las que me habían señalado que estaba el baño. Abrí las cortinas y vi a la izquierda una pared y enfrente, a apenas un metro, otra pared sobre la que estaba apoyada una bici. Miré entonces hacia el pasillo totalmente oscuro que se adivinaba a la derecha y del fondo una voz de hombre asustado me dijo: “attendez, attendez”.  Una vez que hice mis necesidades, me senté al lado de mi hermana que se había acomodado en una mesa con las dos limonadas. Me dijo: “No me las han cobrado”. “¿Cómo que no te las han cobrado?”. Llevábamos ya seis días en el país y aún no habíamos gastado un dinar, Linda y Tayeb nos pagaron todo mientras estuvimos en Orán y ahora al parecer para cuando mi hermana preguntó cuánto era algún compañero de viaje que no conocíamos ya nos había pagado los refrescos. Al poco vino un joven y nos dijo a ver qué queríamos cenar. “Nada, gracias”. Linda nos había preparado comida para el viaje y en el autobús ya nos habíamos comido algún trozo de chocolate y demás. Se le acercó otro chico: “Algo tenéis que comer, el desierto es muy duro, lo pagamos nosotros, por lo menos un plato para las dos”.  A pesar de que insistimos en que no queríamos nada, nos presentaron un plato sobre la mesa y nos dijeron: “Allez, mangez”.  Apenas si tuvimos tiempo de probarlo, porque entre tanto que no, que gracias, al autobús le llegó la hora de partir.

Vestimenta de las mujeres del M'zab
Lo bueno de ir por el desierto es que la carretera es recta y en un pispas estuvimos en Ghardaïa, no serían ni las cuatro de la madrugada. Omar, un chico que luego iba a Ouargla en un viaje relámpago de trabajo de un día y  vuelta a Orán, nos invitó en el bar cercano a la estación a un agua calentorra y un té templado. Tenía amigos en Perú y ya antes en el autobús había conversado algo con nosotras. Tarareaba sin parar la melodía de Beethoven “Para Eloise” http://www.youtube.com/watch?v=UPNUp9DwFR0 , hasta que nos la pegó. Nosotras no sabíamos que era una melodía de Beethoven pero era la época de la movida en España y el grupo Puturrú de Fua había hecho una versión cuya letra decía “creo que me ha dado un paralis” –léase con el tonillo de la música de Beethoven-. Así que estuvimos luego todo el mes cantando “creo que me ha dado un paralis” a la menor ocasión.

 

Casco antiguo de Ghardaïa
No sé si fue él o un chico negro que no recuerdo cómo se nos presentó quien nos acompañó a un hotel. En el hotel, debido a las horas intempestivas en las que llegamos, nos dijeron que todavía no podíamos tener habitación pero que podíamos dejar las mochilas, y así lo hicimos. Hasta que amaneció estuvimos haciendo tiempo por las calles principales de Ghardaïa creo que primero con el chico negro que nos llevó a ver el mejor hotel de la ciudad, uno de esos con piscina, por si era más de nuestro gusto, y luego solas. Nos sentamos en un banco a ver pasar chanclas arrastradas por jóvenes aún medio dormidos, cuando se nos sentó al lado un chaval de unos quince o dieciséis años, que mientras nos preguntaba las cuestiones de rigor (procedencia, nombre…) metía su mano bajo mi pelo y me acariciaba la nuca con la mayor naturalidad.

La ciudad iba despertando y al fin pudimos acceder a nuestra habitación. Los dueños y trabajadores del hotel eran negros y recuerdo un día oírlos tararear a Julio Iglesias cantando en francés “me va, me va-me va, me va-me va…” superponiéndose a la música que salía del casete.

Ghardaïa
Ghardaïa es una preciosa y agradable ciudad de tonos pastel, gentes bereberes (blancos y negros), mujeres de un solo ojo y mezquitas de aspecto extraterrestre.

A la noche nos bebimos sin apenas darnos cuenta una botella entera de agua. Ninguna de las dos creíamos habernos despertado tantas veces como para acabar con la botella, pero así fue. Recuerdo despertarme sudando a mares, incluso los párpados me sudaban. Fuimos a desayunar y Mohammed, un chavalillo de bata blanca y andar cansino –la verdad es que con ese calor no se puede andar de otro modo- al que su jefe siempre estaba gritando –por eso recuerdo su nombre- nos sirvió como al resto de comensales un café, una jarra con agua, una botella de dos litros de limonada o cola de producción nacional y un bocadillo intragable debido a que nuestra boca no podía en tal ambiente de sequedad salivar lo suficiente como para poder comerlo. Todo el mundo dejaba el bocadillo intacto. El agua y la limonada desaparecía, sin embargo, en un visto y no visto. Nunca hubiese pensado que era capaz de beberme tal cantidad de coca-cola a las 7 de la mañana.

 

Por la tarde hubo una gran tormenta de arena. Volvió Omar y le hicimos subir a la habitación para darle una aspirina. Vio la sandía que habíamos comprado en el mercado y nos dijo que no la dejásemos ahí, que se nos iba a poner mala. Nuestra idea era tener algo fresco para tomar a la noche, aparte del agua que ya antes de que nos cogiese el sueño estaría calentorra. Por la mañana agua y sandia habían desaparecido. Adquirimos una gran habilidad en, medio dormidas, coger el cuchillo, partirnos una rodaja y comérnosla. Eso sí, resultó una noche un tanto pringosa.

Al siguiente día conocimos a Ahmed. Nos pareció que se habían dirigido a nosotras mientras estábamos en la calle tomando algo sentadas en unas sillas que habíamos pedido sacar al camarero de la “pizzería” (esa era nuestra intención, comernos una pizza, pero lo del letrero eran fantasías del jefe), nos volvimos y le preguntamos al chico a ver qué había dicho. “Soy sordomudo” nos dijo con gestos y algún sonido gutural. Desde entonces se convirtió en nuestro acompañante inseparable durante más de diez días por los pueblos del M’zab.  Una de las mejores experiencias de mi vida. El mejor viaje de mi vida.

 

 


 




jueves, 27 de diciembre de 2012

Orán 1989

"En Orán como en todas partes, sea por falta de tiempo o de reflexión,
no hay más remedio que amar sin saberlo"
                                                                             Albert Camus, La Peste

 
 

Música para acompañar esta lectura: http://www.youtube.com/watch?v=scxutliSHYM
 
Cuando llegamos a la frontera de Oujda la policía argelina nos dijo que tendríamos dificultades para poder cambiar dinero. Era la fiesta del cordero y, además, una vez acabada ésta coincidía que era fin de semana, así que los bancos iban a estar cerrados unos días.
Acarreo de agua en Fez
Podíamos probar en el hotel. Viajábamos en tren, veníamos de Fez de donde el tren había salido a las dos de la madrugada.  Un joven nos ayudó con los papeles de entrada al país y nos hizo una señal para que nos pusiésemos en la fila adecuada, la de las mujeres. Nosotras nos habíamos colocado en la más larga, no habíamos caído en  que en esa sólo había hombres. Cuando se bajó en Sidi Bel Abbés  nos saludó sonriente. Nosotras seguíamos hasta Orán. La policía subió con perros al tren  en alguna parada y una mujer toda tapada pero que cada vez que se ponía bien el chador dejaba ver unos pechos voluptuosos nos dijo que buscaban droga. En la estación de Fez mientras esperábamos el tren unos jóvenes tocaban tambores y cantaban. Leímos en el periódico que había un encuentro de jóvenes en Túnez y el tren tenía allí su última parada, así que supusimos que iban hasta allí. Tal vez sospechase de ellos la poli. Comimos unas naranjas.


Nada más llegar a la estación de Orán un chico y una chica se nos acercaron y nos preguntaron si teníamos algún problema. Con total inocencia les dijimos que no íbamos a poder cambiar dinero y ellos se prestaron a pagarnos un taxi hasta la dirección del albergue juvenil que llevábamos, tal vez allí nos cambiasen.  Pero no había ninguna plaza libre y además no estaban dispuestos a cambiarnos ni un franco. Nos llevaron entonces a un hotel grande, demasiado caro para nosotras y allí tampoco nos cambiaron el dinero. El taxista se ofreció a cambiarnos algo de dinero, pero Linda y Tayeb se negaron y nos llevaron a su casa.
Costa de Orán


Vivían a las fueras de Orán, en un barrio de casas de una sola planta llamado Bir el Djir. Entramos en la casa y rápidamente se encargaron de ponernos Televisión Española y Linda nos preparó un cola-cao. En la tele estaban dando el tiempo. Todavía no había leído el libro de Juan Goytisolo, de otro modo me hubiese sentido como Don Julián viendo el mapa de la ingrata España con sus isobaras y frentes en una televisión de Tánger. Era una casa luminosa y acogedora, con un patio que tenía una higuera en el centro y un puercoespín que Tayeb lanzaba de un lado para otro para que se convirtiera en una bola de púas. Después estaba la cocina, con una tele, una mesa y tal vez un frigorífico, no lo recuerdo. Ellos dormían allí, sobre un colchón. A nosotras nos llevaron a otra habitación desnuda de muebles a excepción de un par de colchones donde dejamos las mochilas. El baño era un cubículo de apenas un metro cuadrado con un agujero diminuto que a la mínima se atascaba; por eso, apoyado a la pared había un palo. Completaba el cuadro un balde que servía tanto de cisterna para el váter como de alcachofa de ducha. El agua se tomaba de un grifo bajo en la pared a mano izquierda según se entraba.


Tras la reconfortante ducha Tayeb nos invitó a tomar un helado con alguno de sus amigos en un chiringuito del pueblo. Linda, aunque le protestamos, nos obligó a salir de casa tal cual estábamos, con apenas unas bragas de deporte y una camiseta. Gracias a dios estaba oscuro y no nos vio mucha gente del barrio. Los magrebíes ven demasiadas películas occidentales y llegan a conclusiones un tanto extremas. Creo que ese día no salimos a cenar fuera, pero el resto de los días que permanecimos en casa de Linda y Tayeb no nos acostamos ningún día antes de las cuatro o cinco de la madrugada. Cada día nos invitaba a cenar una familia del barrio, se ponían a bailar y a charlar hasta que oían al almuédano llamar a la oración de la madrugada.

La primera noche nos cubrieron la palma de una de las manos con henna y después nos taparon la mano con una bolsa de plástico. Recuerdo el olor como a pescado durante toda la noche cada vez que acercaba sin querer mi mano a la cara. Por la mañana nos quitamos el barro y descubrimos las uñas y la palma de la mano rojas. Nos sacamos unas fotos vestidas con antiguos vestidos de Linda enseñando la palma color alheña. La palma perdió su color en un mes pero las uñas permanecieron rojas un año entero.

Otro día cenamos en casa de Larbi, Nourdin, Sariha y Radia. Todos eran muy jóvenes, más incluso que nosotras. Larbi tenía 17años y Radia aún menos. Su madre quería que me casase con Larbi y me lo trajese a España. No me echaban más de 13 años, aunque tenía 21. Yo alegué que comía demasiado y me iba a dar mucho trabajo. Sariha tenía unos 20 años y el pelo muy corto y estudiaba matemáticas. Radia era muy hermosa y nos bailó una danza sensual  antes de que los chicos se luciesen en un baile más bien de guerra con brazos que simulaban armas al ritmo de los golpeteos de Nourdin en una especie de cajón flamenco improvisado.



Esperando el autobús. Orán
Durante el día un día nos llevaron al centro de Orán a comer pasteles de garbanzos y beber un café. Cada vez que algún chico nos dirigía la palabra, Linda decía que no nos fiásemos de nadie, que no sé cuándo  había aparecido alguien muerto y hacía el gesto de rebanarse el cuello. Otro día fuimos con Linda y Tayeb a Sidi Bel Abbés donde Linda daba clases. Tayeb argumentó sentirse mal para no ir a trabajar al puerto y poder venir con nosotras. Paseando por la ciudad Linda nos compró un pintalabios y alguna bisutería. Durante todo el tiempo que estuvimos con ellos no gastamos un duro –todavía no teníamos dinares- y encima nos lavaban la ropa y nos hacían regalos –en realidad esa fue la tónica general durante todo el viaje por Argelia-.


Día de playa. Orán


Un día después de comer se presentaron los chicos en casa  y nos dijeron que nos íbamos a la playa. Linda nos preparó la merienda: una bolsa con Petit Suise, huevos cocidos… Salimos con Nourdin, Larbi, Mohamed, Tayeb, Hamed y Saïd –a las chicas no las invitaron- a la carretera y nos pusimos a esperar que pasase cualquier medio de transporte que fuese hacia la playa: la moto de un amigo, la furgoneta de un conocido, un taxi, un autobús… lo que fuese. Total, que llegamos a la playa por tandas. Una vez allí bajamos por un risco escarpado  escuchando los “atention, atention!” de alguno de los chicos que cuidaba que no tropezásemos. En la playa había familias pasando allí unos días en tiendas de campaña puestas en la misma playa y otras que por la tarde volverían a casa. Nos despojamos de nuestras ropas y en bikini tomamos el sol y nos bañamos. Las mujeres argelinas se bañaban vestidas, así  que supongo que llamaríamos la atención, aunque no nos lo hicieron notar.


En la carretera.
Lo mejor fue cuando terminado el día de playa subiendo por el risco hacia la carretera Hamed nos indicó una pequeña casita que hacía las veces de ducha. Había dos contiguas: la de los chicos y la de las chicas. Cual no fue nuestra sorpresa cuando al abrir la puerta de la casucha nos encontramos sin ningún tipo de transición en un cuarto oscuro de apenas cinco metros cuadrados con una piscina repleta de mujeres… ¡totalmente desnudas!,  rodeadas de niños también desnudos. Como el agua no les llegaba ni a las rodillas y la piscina era demasiado pequeña para tanta mujer, el cuadro era realmente sorprendente, vamos a decir sensual, para muchos hombres sin duda –y a pesar de los niños- muy erótico, más teniendo en cuenta que en la playa no se les ve ni un poco de piel. Nos metimos en la piscina como pudimos, nos quitamos la arena y nos vestimos. Lo que no pudimos fue quitarnos el asombro de encima.

Para volver al barrio otra vez había que tirarse a la carretera y esperar tener suerte, pero en este caso observamos como Nourdin y Saïd algo tramaban. En efecto, acabamos las dos solas con ellos  en un autobús del que nos hicieron bajar antes de llegar al barrio. Había una especie de discoteca prácticamente vacía, donde Saïd insistió en que tomásemos un whisky, lo mismo que tomó él. Nourdin, sin embargo, se tomó una coca-cola. Después volvimos al barrio andando y… ¡de la mano!  Saïd nos contó que era huérfano y que estaba ahorrando para largar de Argelia –esa fue la tónica durante nuestro viaje a Argelia, todos tenían francos ahorrados que no dudaban en mostrarnos y el sueño de huir a Europa-.  Cuando llegamos a casa, Linda y Tayeb nos dijeron que habían estado a punto de llamar a la policía y que a ver qué había bebido Nourdin; al parecer había tenido problemas con el alcohol. A Saîd no le dejaron acercarse a nosotras en todos los días que permanecimos allí.

Por fin, llegó el día en que los bancos abrían y Linda y Tayeb y
Casco viejo de Ghardaïa
creo que algún otro vecino nos acompañaron al centro a cambiar dinero y comprar el billete de autobús a Ghardaïa. Nuestro plan inicial era ir a Argel, pero como nos habíamos entretenido mucho en Orán, decidimos ir directamente al desierto. El día que salíamos Linda nos preparó una bolsa llena de comida, según ellos el desierto era muy caro y no les parecía que hubiésemos cambiado suficiente dinero. Nosotras creímos en ese momento que el comportamiento de estas gentes era una afortunada excepción, pero durante el viaje por el país nos dimos cuenta que en Argelia la hospitalidad desinteresada era la norma: sólo conseguimos dormir en hotel cuatro o cinco días durante el mes que pasamos allí.