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martes, 3 de abril de 2012
Con la música a otra parte
A veces cuando estás fuera de tu país oír música en español o música que de una manera u otra está ligada a algún momento de tu vida hace que te sientas a gusto, como en casa.
En Ouagadougou un día fuimos a coger un autobús a la estación de una de las compañías, no recuerdo cuál. El garaje estaba un poco lejos del centro, en un barrio de calles a medio asfaltar todas iguales, y era fácil despistarse y pasarse de largo de la estación. Entonces, si antes no te habías decidido tú a preguntar, alguno de los jóvenes que estaban apostados a la entrada de las tienduchas de la calle que ya te habían visto pasar dos o tres veces por delante te ofrecían ayuda:
-"Bonjour, bonjour (los burkinabes dicen tantos bonjour como personas tengan que saludar), ¿podemos ayudaros en algo?.
Cuando por fin encontramos la estación, ésta no era nada más que un garaje de piso sin asfaltar al aire libre, totalmente enfangado si había llovido recientemente o polvoriento en caso de que el sol ya hubiese secado el agua de lluvia de la noche anterior. En un edificio de adobe se encontraba la taquilla, y para que la gente esperase su autobús había una serie de ocho o nueve filas de bancos corridos con un pasillo en medio de cara a la esplanada en donde se paraban los vehículos. Una tejavana protegía a los viajeros de una posible tormenta intempestiva. Mujeres, hombres y niños rodeados de bultos comían algunos plátanos o cosas por el estilo para hacer la espera más amena. Nos sentamos entre ellos y nos dispusimos a esperar. Y, de repente, por el altavoz de la sala de espera empezamos a escuchar a buen volumen a Luz Casal cantando "Piensa en mí, cuando sufras..."
En el viaje de Ouagadougou a Gaoua el autobús llevaba alegre música de Costa de Marfil a todo volumen, al ritmo de tum-tak taka-tum-tak-tak. Estoy oyendo ahora mismo la canción "On veut du soleil" de Lokua Kanza y usa ese mismo ritmo como sonido base, aunque la canción no es tan discotequera como las que nos pusieron en ese viaje de unas nueve horas del que nuestros tímpanos salieron indemnes no se sabe cómo. En alguna de las canciones el estribillo repetía la palabra "caliente" en un claro castellano.
Por otra parte, en Po, cerca de la frontera con Ghana, nos hospedamos en un campamento bastante básico, regentado por un hombre de hablar bronco y aspecto rudo aunque inofensivo que tenía música de esa que uno no sabe si situar en África o en el Caribe, música garifuna ( www.realworldrecords.com/aurelio ) o rumba congoleña, algo así. Acompañaba muy bien al ambiente general ocioso, tormentoso y campestre del lugar. A mi mente vino una canción que está desde entonces en mí ligada a ese lugar... "Cuando la tarde languidece y renacen las sombras, y en la quietud los cafetales vuelven...". De repente te asalta como una nostalgia de tardes infantiles en países tropicales que nunca has vivido, pero que esta preciosa canción, oída y cantada hasta la saciedad de pequeña, tiene el poder de evocar. Había algo en la música de ambiente de aquel modesto campamento que no me era del todo ajeno. A cinco mil kilómetros de casa, en un país que la mayoría de mis conciudadanos ni siquiera saben que existe, de repente todo me era familiar. No sé si se me entiende.
Cuatro de la madrugada en Niamey. Hemos quedado con un taxista para que nos lleve a la estación para coger un bus a Tahoua. Cuando llegamos todo está oscuro como boca de lobo. Hay una televisión grande retransmitiendo un film de vídeo de esos espantosos repletos de escenas violentas en los que nadie entiende la trama. Ya había algunos viajeros somnolientos como en stand by. Un joven de la compañía se nos aproximó para que le diésemos las mochilas. En Níger te facturan las maletas como si fueses a subir a un avión. Con tiza o con alguna pegatina ponen a donde va cada maleta y el teléfono móvil del dueño (Ahí fue cuando decidimos empezar a llevar el teléfono móvil en nuestros viajes: hacíamos el ridículo más espantoso cuando en Níger, uno de los países más subdesarrollados del mundo, nos pedían el móvil y les decíamos que no teníamos). Tras una hora larga nos subimos al autobús y al poco uno de los currelas nos ofreció una bolsita de leche pasterizada y un bollo: el desayuno. En algunos viajes es costumbre en Níger regalar al viajero con este desayuno que la verdad es que se agradece. Debido a las tempraneras horas en las que estábamos el conductor puso música suave que poco a poco no podías evitar tararear: "Ti amo, ti aamo..." ¿Cómo se llamaba el cantante italiano aquel? ¡Uno a veces sin querer viaja también en el tiempo!
Sin salir de Níger, pero más al sur, en Zinder, cerca de la frontera con Nigeria, estábamos echando la siesta en nuestra habitación del hotel Damagaran creo que se llamaba, escuchando la radio, como siempre. Teníamos sintonizado un programa de radio tipo "los Cuarenta principales". El locutor, muy animoso, presentaba las canciones con gracia, en un tono alegre y dicharachero que contagiaba. En esto que empezamos a escuchar "niña aa....dulce niña aa". Durante toda la canción estuvimos barajando distintos nombres de grupos españoles hasta que el locutor aclaró nuestras dudas: ¡¡¡Los CAÑOS!!!
A veces la música que oyes no es en español pero de una u otra manera está ligada a tu vida. En Mali, por ejemplo, en el minibus que nos llevó de Mopti a Djené nos pusieron una cinta de música egipcia que Aïd, el egipcio que me dio clases de árabe durante una temporada, solía tener puesta en su casa y me había grabado: "li-anti habiba sadiqi...". ¿Alguien se extraña de que vuelva una vez y otra a África? Siempre hay alguna música muy mía que parece decirme: no estás en el extranjero, estás aquí, donde te corresponde.
En otros lugares del mundo también me he sentido un poco así, de todas formas, solo que menos.
En Omán fuimos algún que otro día a la playa y en una de las cafeterías de la playa de Qurm (de una marca muy conocida pero que no quiero publicitar, porque es del estilo tú te lo haces todo y luego nos pagas por un té como si te hubiesemos servido un almuerzo completo y en cubertería de plata), una camarera filipina se dirigió a nosotras al oírnos decir algún número. Al parecer en tagalo los dicen cómo en español. Salió luego a la terraza a hablar un rato con nosotras y después puso música de Compay Segundo: "Caminando voy para ..... el cariño que te tengo, nunca lo podré olvidar"
También en Malaca (Malasia) fuimos a comer a un restaurante del centro y no sé si nos oyeron hablar español o fue casualidad pero el caso es que almorzamos acompañadas por Machín: "Dos gardenias para ti, con ellas quiero decir...".
martes, 3 de enero de 2012
De gastronomía
Hay quien dice que también se viaja a través de la comida, se habla de turismo gastronómico, etc. Es cierto que la forma de cocinar es un aspecto más de la cultura de un país, pero no nos engañemos, algunas de las recetas más habituales de ciertos países depende como tengamos educado el paladar pueden resultarnos vomitivas. Yo no soy de los que sólo come lo que conoce, pero si pruebo algo y no me gusta, desde luego lo intento evitar.
Por ejemplo, el ugali, comida básica de la dieta tanzana, simplemente no sabe a nada, es absolutamente insípido. Se come acompañado de una especie de plátano que resulta que sabe a patata y una salsa no muy atractiva, que supongo es lo que le da el sabor (nosotras no le echamos salsa por su aspecto un tanto desagradable). El mijo, comida básica en Mali y Burkina, es igual de soso que el ugali, lo acompañan de hierbas y/o limón. De todas formas, uno que comí en el país Lobi (Burkina) no estaba malo del todo. En Etiopía la base de la dieta es la injera, un talo de pan fermentado que a veces tiene un color grisáceo nada apetecible y un aspecto esponjoso que le da un aire a balleta scotch brite. En general tiene un sabor demasiado fuerte que anula todos los demás sabores de la comida que se pone sobre ella. Pero confieso que en Weyto comí injera con unos espaguetis bien picantes y me supo rico.
| Puetso de gusanitos en Bobo |
La comida más rara que he visto eran una especie de gordas y negras orugas o ciempies que comían en la zona de Banfora y Bobo Dioulaso (Burkina Faso) en bocata. Los tenían cocidos y cuando alguién les pedía un bocadillo echaban unos poquitos a la sartén con cebolla y aceite, los reogaban un poquito y luego ponían tres o cuatro en un bocadillo grande con tomate. No me atreví a probarlo, cosa que me pena, porque seguramente no estaba malo. Al fin y al cabo nosotros comemos caracoles y la textura al morder no será muy diferente.
| Un pollo dirigiéndose a la disco-restaurant en el Psís Lobi |
La mejor tortilla de patatas también la he comido en África, concretamente en el hotel Hala de Gaoua (Burkina Faso), mejor incluso que la de mi madre. El hotel es de unos libaneses pero no sé si el cocinero es libanés o burkinabe, el caso es que era realmente buena. Allí también comimos unos pinchos morunos excelentes. La tortilla española es un plato fácil de encontrar en el África occidental, pero normalmente no lo hacen con patata, sino con algún otro tubérculo (batata, ñame o yuca) y eso hace que no sea exactamanete igual. Por otra parte, en Marruecos es un plato habitual, pero acostumbran echarle especias y eso hace que el sabor difieran bastante del de la tortilla fetén. En Tanzania, acababamos de llegaral país y todavía estabamos esperando en la cocina-bar que nos diesen habitación en el hotel YMCA, cuando la primera frase que oímos de boca de un tanzano fue: "ponme una tortilla española". En India, en Agra concretamente, aparecía en el menú y nos la pedimos por curiosidad. Los ingredientes los habían apuntado bien, pero creo que no captaron bien cómo se hacía. Era incomible.
Los espaguetis y las pizzas también las hacen muy bien tanto en Mali como en Burkina o Etiopía. Y aunque siempre se le dice al turista que evite las ensaladas, he de decir que las de Mali, Burkina y Níger son muy buenas y que nunca nos dieron problemas. Además es lo que más apetece muchas veces. El capitán (pescado finísimo abundante en el Níger) lo preparen como lo preparen está delicioso. En Niamey (Níger) comimos unas brochetas de capitán exquisitas, sabían a angulas, ya que estaba preparado del mismo modo que hacemos aquí las angulas. En el Pilier (restaurante de un italiano en Niamey) el carpaccio de capitán era excelente. En realidad todos los platos del Pilier estaban muy buenos (confie de pato, pizzas, tajine...). Pero quizás el plato más delicioso que he comido jamás por esos mundos de dios fue una liebre a la mostaza que nos sirvieron en un humilde restaurante de Bobo Dioulaso (Burkina). Cuando lo pedimos pensamos que lo que ponía en el menú sólo eran imaginaciones del jefe y que nos dirían que no tenían. Pero, muy al contrario, los lo sirvieron al cabo de unos pocos minutos y estaba para chuparse los dedos, fantástico.
De Tanzania recuerdo con especial deleite el restaurante del hotel Hilton de Kilwa Masoko (no os engañeis, es un pequeño aunque muy bien regentado hotel a 2 dólares americanos la habitación doble). El chef, Hassani, era realmente bueno y el pescado lo preparaba muy bien. Mientras comías podías ver como le traían algún gran pescado recién capturado.
En Namibia las gambas y los calamares o chopitos a la mantequilla son muy buenos. Abunda la oferta de carpaccios tanto de carne como de pescado, shushis y sashimis. A mi el shushi no me gusta, pero los carpaccios y el sashimi estaban muy buenos. Las sardinas que ellos denominan portuguesas son también una buena elección. La carne también dicen que es muy buena, pero yo cada vez la tolero peor, así que no puedo opinar, no comimos nada más que en los safaris y fue en forma de hamburguesa. Eso sí, estaban ricas.
Sabores inolvidables
Por no alargarme demasiado me he ceñido a África pero en todo el mundo hay sabores que no se olvidan y al volver a comer aquí un producto determinado no puedes evitar compararlo con el que un día degustaste en tierras lejanas. Ahí va mi top ten, bueno en realidad sólo son seis los sabores que suelo recordar frecuentemente.
La mejor granada en Bikaner (India), de tan roja que era era granate. Los mejores higos y la mejor miel en Yemen sin duda, la miel sobretodo es suave, dulce pero sin ser empalagosa, deliciosa. El mejor chocolate caliente en Huehetenango (Guatemala). Los mejores huevos con tomate en un pueblo de la montaña yemení y en Estambul -en Turquía el plato tiene un nombre específico que no recuerdo-. El mejor yogur en Turquía.
viernes, 30 de diciembre de 2011
En pinaza por el río Níger
Mopti-Tombuctú
En las guías ponía que era necesario un permiso de las autoridades para ir a Tombuctú, así que nos dirigimos a la comisaría que está cerca del hotel Campament. Como todavía no había llegado el señor comisario, un policía muy amable nos dijo que nos sentaramos con él a esperarle en un banco de metal en el patio. Nos pidió el pasaporte, más que nada por curiosidad, y cuando vió que eramos españolas, dijo: "yo me sé una canción en español". Y acto seguido se puso a recitar "dime niño de quién eres, todo vestidito de blanco, soy de la virgen María y del espíritu santo, la nochebuena que viene, la nochebuena que va -en ese momento se acompañó de gestos indicando la ida y venida de la nochebuena-... Que canten con alegría los cánticos de mi tierra...". Se la sabía entera. Al parecer de pequeño había tenido un maestro educado en Portugal que le había enseñado canciones en portugués y español. A las nueve en punto llegó el señor comisario cojeando un poco y nos hizo pasar a su oficina. Le dijimos nuestros planes de viaje y preguntamos si era necesario el permiso y dijo "Oui, c'est juste", pero no con mucha convicción. Nos hizo rellenar un papel y nos pidió un par de fotos y unos CFAs, como un par de euros o así. Con el sello que nos puso valía para todo Mali, no teníamos que volver a sellar el pasaporte ni en Tombuctú ni en Gao.
Una vez hecho el trámite, o tal vez fuese el día anterior, fuimos al embarcadero, a ver si encontrabamos dónde comprar un pasaje para una pinaza. Contratamos el viaje hasta Korioumé, el puerto más cercano a Tombuctú, al primer chico que nos salió al encuentro, Sidiki se llamaba. Nos llevó al bar Bozo y allí nos hizo una especie de recibo por el dinero entregado, la mitad del coste total del pasaje. Nos recomendó comprar Nescafé, fruta y pan para el desayuno porque creía que el mijo no sería bueno para nuestros estómagos. La comida durante los tres días que duraba el viaje estaba incluída. Hay dos tipos de pinazas que hacen el viaje, unas exclusivas para turistas y las normales donde van ellos. Nosotras optamos por una pinaza normal, así que la comida tal vez no nos gustase.
- Bonjour -contestamos cortésmente.
- ¿No me conoceis?
- Eh..., pues, no.
- Soy Sidiki...
Uno no puede hacer otra cosa que reirse de sí mismo. El día anterior al pagar la mitad del pasaje, confiamos en que fuese un tipo legal, pero sin descartar la posibilidad de perder el dinero entregado. ¿Cómo ibamos a encontrarle o describirle ante las autoridades, si nos fallaba? ¿De qué valía el papel que nos había hecho? Ni siquiera sabíamos si ese era su verdadero nombre. En realidad no tienes otra opción que fiarte de ellos, y la verdad es que en todo nuestro viaje por Mali, absolutamente nadie nos decepcionó en este sentido, aunque, como se puede ver, oportunidades de salir huyendo con la pasta no les faltaron.
No para en demasiadas localidades, pero cuando lo hace, las jóvenes se acercan a vendernos comida o incluso pastillas no se sabe bien para qué. Tras comer, un chico que va en la pinaza se ha lavado los dientes con agua del río y otro se ha preparado una leche en polvo con el mismo agua. Un gran casette anima la pinaza mientras la gente lee una revista, come, charla o duerme. A nuestro lado hay un viejillo idéntico a los que suelen representar los escultores en madera con una pipa y ropajes desgastados. Los poblados por los que pasamos son de adobe o bancó (adobe pero extraido del fondo del río) con techumbre normalmente de paja, de planta rectangular. Los pescadores se desnudan y toman un baño mientras secan la ropa sobre el remo, se ve gente lavando ropa o lavándose a sí mismos todos embadurnados de jabón.
Una vez hecho el trámite, o tal vez fuese el día anterior, fuimos al embarcadero, a ver si encontrabamos dónde comprar un pasaje para una pinaza. Contratamos el viaje hasta Korioumé, el puerto más cercano a Tombuctú, al primer chico que nos salió al encuentro, Sidiki se llamaba. Nos llevó al bar Bozo y allí nos hizo una especie de recibo por el dinero entregado, la mitad del coste total del pasaje. Nos recomendó comprar Nescafé, fruta y pan para el desayuno porque creía que el mijo no sería bueno para nuestros estómagos. La comida durante los tres días que duraba el viaje estaba incluída. Hay dos tipos de pinazas que hacen el viaje, unas exclusivas para turistas y las normales donde van ellos. Nosotras optamos por una pinaza normal, así que la comida tal vez no nos gustase.
Desgraciadamente no hicimos ni caso a Sidiki y sólo compramos agua, un poco de pan y una única lata de sardinas. Pensamos que la embarcación haría innumerables paradas en donde podríamos comprar más comida. Otra cosa fundamental era comprar un mosquitero, Sidiki paró a un chaval que los vendía en el puerto y señalando uno azul cielo dijo: "Es bonito, ¿no?". La frase nos pareció tan ocurrente que lo compramos aún sabiendo que él se llevaría un pequeño porcentaje.
| Mopti. Esperando a zarpar |
Cuando estabamos desayunando al día siguiente en el Campament se acercó un joven a nuestra mesa y dijo:
- Bonjour. - Bonjour -contestamos cortésmente.
- ¿No me conoceis?
- Eh..., pues, no.
- Soy Sidiki...
Uno no puede hacer otra cosa que reirse de sí mismo. El día anterior al pagar la mitad del pasaje, confiamos en que fuese un tipo legal, pero sin descartar la posibilidad de perder el dinero entregado. ¿Cómo ibamos a encontrarle o describirle ante las autoridades, si nos fallaba? ¿De qué valía el papel que nos había hecho? Ni siquiera sabíamos si ese era su verdadero nombre. En realidad no tienes otra opción que fiarte de ellos, y la verdad es que en todo nuestro viaje por Mali, absolutamente nadie nos decepcionó en este sentido, aunque, como se puede ver, oportunidades de salir huyendo con la pasta no les faltaron.
Aunque parezca increíble la pinaza pública salió a las 12:30, más o menos como nos habían dicho. Ibamos unas 45 personas, unas nueve de ellas turistas. Cada uno se busca una plaza donde puede, lo justo para estar un poco tumbado. Arriba, encima del techo de cañas y rafia también suele ir gente. El día anterior vimos una barca que llevaba otras 20 o 25 personas arriba. Al ir a entrar en la embarcación nos indicaron no con muy buenos modales que nos quitasemos las botas, que lo ibamos a ensuciar todo. Así lo hicimos y los colgamos de la techumbre como vimos que habían hecho los demás. Los bultos pequeños se cuelgan ahí (zapatos, bolsos de mano, bolsas de fruta) y el resto del equipaje va en la proa y la popa de la embarcación, amontonado como se puede. Además de pasajeros la pinaza transporta sacos de mijo o arroz que van en toda la parte inferior y constituyen nuestro lecho. Los turistas colocan esteras sobre los sacos antes de tumbarse. En la barcaza huele a paja húmeda y regaliz.
No para en demasiadas localidades, pero cuando lo hace, las jóvenes se acercan a vendernos comida o incluso pastillas no se sabe bien para qué. Tras comer, un chico que va en la pinaza se ha lavado los dientes con agua del río y otro se ha preparado una leche en polvo con el mismo agua. Un gran casette anima la pinaza mientras la gente lee una revista, come, charla o duerme. A nuestro lado hay un viejillo idéntico a los que suelen representar los escultores en madera con una pipa y ropajes desgastados. Los poblados por los que pasamos son de adobe o bancó (adobe pero extraido del fondo del río) con techumbre normalmente de paja, de planta rectangular. Los pescadores se desnudan y toman un baño mientras secan la ropa sobre el remo, se ve gente lavando ropa o lavándose a sí mismos todos embadurnados de jabón.
El paisaje poco a poco se va haciendo más árido, pero la brisa hace que no haga excesivo calor. Hay un servicio al fondo de la barca pero preferimos esperar a la noche cuando para y puedes hacer tus necesidades en el campo. No es necesario esconderse ya que está muy oscuro. No hemos visto la luna en todo el viaje a Mali. Por otra parte, los viajeros respetan tu intimidad y hacen que no te sientas incómoda. Ellos a veces mean en el propio barco, al lado de ti. Se ponen en cuclillas sobre el borde de la barca (soy de tierra adentro, no sé cómo se le llama), se cubren con los faldones de la chilaba o bubú y orinan sobre el agua. Cuando paramos a la noche sólo se oía el croar de las ranas y algún tantán de las poblaciones vecinas, así como el lloro de algún que otro niño. Al ir a bajar de la embarcación por la pasarela de madera, apagué la linterna para ver cúanto tenía que saltar para llegar a la orilla sin meter los pies en el agua. Salté, pero me quedé corta y se oyó el sonido de mis pies contra el agua. Entonces, Abu, el hijo del capitán, dijo asustado: ¡Tubabu! (Traducción: ¡la blanca, que se nos ha caido al agua!) Al ver que encendía de nuevo la linterna respiró con alivio. La familia de Mamadou, el capitán, vive en la pinaza. La pinaza se llama Air Buctú. Tiene que ser muy dura la vida allí. Abu tenía toda la ropa raída y sucia. Duermen aún peor que nosotros, cosa difícil de superar. La mujer se pasa el día preparando arroz con capitán (sabrosísimo pez abundante en el Níger) para desayunar, para comer y para cenar. Los que guían la barcaza llegan a hacer 14 horas diarias y luego cuando la pinaza se para hay que achicar agua cada cierto tiempo, aunque sea de noche. De todas formas Abu, el niño mayor de unos 12 años, sabe escribir, así que supongo que acudirá a algún colegio de vez en cuando.
Creo que fue antes de la primera noche que vimos en la orilla en lontananza una mezquita de estilo sudanés enorme que me recordó a la Sagrada Familia por sus más de dieciseis o dieciocho torretas picudas.
Hay gente que duerme fuera de la pinaza y otros que se quedan dentro o sobre su techo. Dormir es extremadamente incómodo porque la superficie de sacos de mijo tiene altibajos y es muy dura (la palabra "muy" no gradúa correctamente la dureza de los sacos de los cojones. Yo acabé llena de cardenales). Es como dormir sobre hierro, solo que al no ser una superficie uniforme es imposible coger una posición cómoda, con lo que uno acaba con moratones en rodillas, hombros y caderas. De todas formas a las cuatro de la madrugada ya nos llamaron para que nos depertaramos para partir. Aunque finalmente tuvimos que retrasar la salida porque la tormenta que nos había estado acechando toda la noche nos había alcanzado al fin. Tuvimos que bajar todos los cueros que hay a los lados de la embarcación a modo de estores para protegermos del agua y permanecer a oscuras en un extraño silencio hasta que dejó de llover y los barqueros decidieron que era seguro zarpar. Esto fue a las 6:00 de la mañana. Estabamos a las puertas del lago Debo. El día anterior no entramos porque según Mahmud, un chico que trabaja en el Grand Marché de Tombuctú, es peligroso en época de lluvias por la noche. Puede no llover cuando entras, pero si te pilla la lluvia en el lago la travesía se ve seriamente dificultada. De hecho, ese día al rato de salir, aún siendo de día, al parecer estuvimos un rato perdidos en el lago sin encontrar el rumbo. Por la noche es constante el ruido del achique de agua por parte de los tripulantes, que supongo se turnan en esta tarea. Es un ruido agradable, aunque no sé si tranquilizador.
La comida la preparan con carbón, como en casi todos los sitios en este país, incluso en los restaurantes, lo que hace que hacer un simple té se demore interminablemente. En Mali acostumbran a hacer un té muy potente y amargo en una tetera extremadamente pequeña y lo sirven en un vasito pequeño que a veces se pasan de uno a otro para que beba cada uno un sorbito. Mahmud nos ofreció un sorbo el segundo día y yo casi se lo bebo todo porque se nos había acabado el agua y estabamos ya casi deshidratadas. A pesar de beber muy poco reconforta en extremo y te da energía. De todas formas, a veces no te ofrecen porque piensan que como lo han hecho con agua del río no lo vas a aceptar. La comida incluida en el precio del billete consistía invariablemente en una fuente grande de arroz amarillo grasiento para cada cuatro o cinco personas al desayuno y la cena. Creo recordar que no servían almuerzo , pero si lo servían era también arroz. Nosotras la compartimos sólo con el viejillo, ya que Ana, una chica muy maja de París, no quiso comer. El sabor no es malo pero es desagradable ver como hacen una bola con la mano, la aplastan bien como hacemos nosotros a veces con los polvorones y luego la ingieren. En Yemen aunque también comen el arroz con la mano, éste está más suelto y no lo aplastan una y otra vez, por eso, no me resultó nunca desagradable. El primer día el viejillo respetó nuestro trozo de bandeja, pero el segundo pasó la mano por toda ella y a mí me dieron arcadas. A la tarde Mahmud nos ofreció medio mango y al día siguiente cuando Ana le ofreció fruta al viejillo, éste dijo que nos diese también a nosotras. Los de la pinaza también nos ofrecieron té el último día cuando estuvimos jugando con el niño pequeño. Un bebé que lloraba y se revolvía a rabiar si lo dejaban solo con nosotras, pero que se reía a carcajadas si, estando en brazos de su madre, yo le decía que le iba a coger el trasero. La verdad es que la gente resulta muy amable y agradable. La sensación de seguridad, por otra parte, es total.
Hasta el tercer día la pinaza casi no para para recoger o dejar gente. Pero en una de estas paradas unas chicas vinieron a vendernos galletas y demás. Se acercaron en barca y luego se aproximaron más adentrándose en el río con el agua hasta más arriba de la cintura, sosteniendo en la cabeza las planganas con el producto. La gente se interesó mucho por los pescados secos y alguno que otro compró, aunque tras regatear mucho. A la hora de comerlo, lo compartieron entre todos. El dinero lo llevan escondido en un bolsillo oculto dentro de los pantalones a la altura de sus partes más o menos. Así que cuando quieren sacarlo para pagar se tienen que desabrochar la bragueta y rebuscar por ahí adentro. Cuando duermen dos hombres muy juntos (no hay espacio para que corra el aire) se colocan como las sardinas en lata, la cabeza de uno a la altura de los pies del otro, y viceversa. Uno de los turistas que iban en la barca, creo que era franco-libanés, ha lanzado una camiseta negra sucia y vieja a la pozaleta de una de las chicas que por encima de la cintura sólo llevaba puesto un sujetador (¡supongo que para no mojarse la ropa, como es lógico!). Esta le ha mirado inexpresivamente y ha seguido intentando vender el producto.
La músicas se superponen. Aunque esté puesto el casette de uno de los chicos, los otros encienden sus radios si les apetece escuchar otras cosas sin pedirle al primero que apague el aparato. Esto hace que el guirigay sea tremendo. Mucho del tiempo nos lo pasamos escuchando versos coránicos, aunque estuvieron escuchando una cinta en la que se nombraba a Alá y se mencionaban varias suras coránicas y, sin embargo, se morían de la risa. Debía ser algún humorista. El viejillo que va a nuestro lado tenía unos papeles del Corán y cuando cogió el libro de Ana, se puso a intentar leerlo de derecha a izquierda, como si estuviese en árabe. Este hombre no hace sino probar todo lo que los extranjeros sacamos. Hasta se extendió por el brazo la crema que le vió a la francesa.
A la hora de rezar hay un joven que suele ponerse el pañuelo al modo beduino que apenas si gasta agua para hacer las abluciones. Con unas gotitas se lava los pies y brazos, las orejas... Se esparce el agua con suma suavidad, junta sus manos en una leve inclinación de los dedos para orar y reza con los ojos cerrados. Parece que está representando un teatro, te deja hipnotizada. Después escupe con delicadeza al diablo y da por finalizada la oración.
El segundo día en pinaza vimos un hipopótamo por medio del río. Es lo que tiene Africa. De repente todos empezaron a gritar: "Mali Sadjo, Mali sadjo" (hipopótamo, hipopótamo). Apenas se le veía la cabeza pero pudimos verlo bien con los prismáticos. Mis compañeros de viaje me los pidieron para verlo ellos también, pero el viejillo no acertaba, no sabía mirar por ellos. Cerca de Korioumé también parece que vieron otro, pero yo no lo vi.
La mayoría de la gente que iba en la pinaza se dirigía a los pueblos anteriores pero cercanos ya a Tombuctú. Llevaban colchones y juguetes de plástico para sus críos. En uno de esos pueblos, como una hora antes de llegar a Korioumé, había cantidad de gente vestida al estilo tuareg, con dagas y bandoleras, cubiertos con turbante y bubú. Metían las cabras a la barca, charlaban...Parecía ser día de mercado y había una gran y colorida animación. Las barcas se iban llenando de gente y partían a tope de tuaregs, mujeres de negro, hombres con espadas y la cara cubierta. Fue alucinante, aunque ya habíamos visto algún campamento nómada con camellos más atrás. Los niños intentaron venir a vender con sus pozaletas en la cabeza pero cubría demasiado.
Abu, al llegar a Korioumé, cuando estabamos en la pequeña pinaza que nos llevaría a tierra, me dijo adiós desde encima de la Air Buctú llamándome por mi nombre. No recordaba habérselo dicho, pero él si se acordó, al parecer hay un nombre sonrai que suena parecido al mío. La pinaza que nos llevó a tierra estaba llena de agua y troncos, pero, bueno, llegamos sanas y salvas. Lo malo es que ahora había que tomar una baché, una especie de furgoneta semiabierta con bancos metálicos, que era lo único que le faltaba a mis posaderas. El conductor iba a mil por hora y dió un frenazo que p'a habernos mata'o. El camino a Tombuctú está jalonado de árboles que se vislumbraban en la oscuridad. Estaba absolutamente de noche y no había ni una luz. La entrada a la ciudad fue como de película de Indiana Jones. Los niños perseguían el baché y se subian a él en marcha con peligro de descalabrarse. Algunos consiguieron sentarse. Al llegar al hermoso hotel Buctú con sus puertas de estilo marroquí, fuimos a ver la habitación. El suelo de los pasillos del hotel estaba lleno de pequeñas cucarachas que ibas pisando sin querer y que hacían un ruido asqueroso. Al bajar las escaleras hacia la calle las polillas se estrellaban contra ti sin piedad. En el restaurante vimos a un chaval saliendo de otras habitaciones que había en el lado de la recepción pasándose la mano nerviosamente por el pelo seguramente intentando quitarse de encima algún insecto irreverente. Cenamos una sopa, una botella de agua y té, necesitabamos rehidratarnos con urgencia. Afortunadamente, en la habitación no parecía haber más cucarachas de las soportables.
| Mamadou y Abu con el pequeño |
Creo que fue antes de la primera noche que vimos en la orilla en lontananza una mezquita de estilo sudanés enorme que me recordó a la Sagrada Familia por sus más de dieciseis o dieciocho torretas picudas.
Hay gente que duerme fuera de la pinaza y otros que se quedan dentro o sobre su techo. Dormir es extremadamente incómodo porque la superficie de sacos de mijo tiene altibajos y es muy dura (la palabra "muy" no gradúa correctamente la dureza de los sacos de los cojones. Yo acabé llena de cardenales). Es como dormir sobre hierro, solo que al no ser una superficie uniforme es imposible coger una posición cómoda, con lo que uno acaba con moratones en rodillas, hombros y caderas. De todas formas a las cuatro de la madrugada ya nos llamaron para que nos depertaramos para partir. Aunque finalmente tuvimos que retrasar la salida porque la tormenta que nos había estado acechando toda la noche nos había alcanzado al fin. Tuvimos que bajar todos los cueros que hay a los lados de la embarcación a modo de estores para protegermos del agua y permanecer a oscuras en un extraño silencio hasta que dejó de llover y los barqueros decidieron que era seguro zarpar. Esto fue a las 6:00 de la mañana. Estabamos a las puertas del lago Debo. El día anterior no entramos porque según Mahmud, un chico que trabaja en el Grand Marché de Tombuctú, es peligroso en época de lluvias por la noche. Puede no llover cuando entras, pero si te pilla la lluvia en el lago la travesía se ve seriamente dificultada. De hecho, ese día al rato de salir, aún siendo de día, al parecer estuvimos un rato perdidos en el lago sin encontrar el rumbo. Por la noche es constante el ruido del achique de agua por parte de los tripulantes, que supongo se turnan en esta tarea. Es un ruido agradable, aunque no sé si tranquilizador.
La comida la preparan con carbón, como en casi todos los sitios en este país, incluso en los restaurantes, lo que hace que hacer un simple té se demore interminablemente. En Mali acostumbran a hacer un té muy potente y amargo en una tetera extremadamente pequeña y lo sirven en un vasito pequeño que a veces se pasan de uno a otro para que beba cada uno un sorbito. Mahmud nos ofreció un sorbo el segundo día y yo casi se lo bebo todo porque se nos había acabado el agua y estabamos ya casi deshidratadas. A pesar de beber muy poco reconforta en extremo y te da energía. De todas formas, a veces no te ofrecen porque piensan que como lo han hecho con agua del río no lo vas a aceptar. La comida incluida en el precio del billete consistía invariablemente en una fuente grande de arroz amarillo grasiento para cada cuatro o cinco personas al desayuno y la cena. Creo recordar que no servían almuerzo , pero si lo servían era también arroz. Nosotras la compartimos sólo con el viejillo, ya que Ana, una chica muy maja de París, no quiso comer. El sabor no es malo pero es desagradable ver como hacen una bola con la mano, la aplastan bien como hacemos nosotros a veces con los polvorones y luego la ingieren. En Yemen aunque también comen el arroz con la mano, éste está más suelto y no lo aplastan una y otra vez, por eso, no me resultó nunca desagradable. El primer día el viejillo respetó nuestro trozo de bandeja, pero el segundo pasó la mano por toda ella y a mí me dieron arcadas. A la tarde Mahmud nos ofreció medio mango y al día siguiente cuando Ana le ofreció fruta al viejillo, éste dijo que nos diese también a nosotras. Los de la pinaza también nos ofrecieron té el último día cuando estuvimos jugando con el niño pequeño. Un bebé que lloraba y se revolvía a rabiar si lo dejaban solo con nosotras, pero que se reía a carcajadas si, estando en brazos de su madre, yo le decía que le iba a coger el trasero. La verdad es que la gente resulta muy amable y agradable. La sensación de seguridad, por otra parte, es total.
Hasta el tercer día la pinaza casi no para para recoger o dejar gente. Pero en una de estas paradas unas chicas vinieron a vendernos galletas y demás. Se acercaron en barca y luego se aproximaron más adentrándose en el río con el agua hasta más arriba de la cintura, sosteniendo en la cabeza las planganas con el producto. La gente se interesó mucho por los pescados secos y alguno que otro compró, aunque tras regatear mucho. A la hora de comerlo, lo compartieron entre todos. El dinero lo llevan escondido en un bolsillo oculto dentro de los pantalones a la altura de sus partes más o menos. Así que cuando quieren sacarlo para pagar se tienen que desabrochar la bragueta y rebuscar por ahí adentro. Cuando duermen dos hombres muy juntos (no hay espacio para que corra el aire) se colocan como las sardinas en lata, la cabeza de uno a la altura de los pies del otro, y viceversa. Uno de los turistas que iban en la barca, creo que era franco-libanés, ha lanzado una camiseta negra sucia y vieja a la pozaleta de una de las chicas que por encima de la cintura sólo llevaba puesto un sujetador (¡supongo que para no mojarse la ropa, como es lógico!). Esta le ha mirado inexpresivamente y ha seguido intentando vender el producto.
La músicas se superponen. Aunque esté puesto el casette de uno de los chicos, los otros encienden sus radios si les apetece escuchar otras cosas sin pedirle al primero que apague el aparato. Esto hace que el guirigay sea tremendo. Mucho del tiempo nos lo pasamos escuchando versos coránicos, aunque estuvieron escuchando una cinta en la que se nombraba a Alá y se mencionaban varias suras coránicas y, sin embargo, se morían de la risa. Debía ser algún humorista. El viejillo que va a nuestro lado tenía unos papeles del Corán y cuando cogió el libro de Ana, se puso a intentar leerlo de derecha a izquierda, como si estuviese en árabe. Este hombre no hace sino probar todo lo que los extranjeros sacamos. Hasta se extendió por el brazo la crema que le vió a la francesa.
A la hora de rezar hay un joven que suele ponerse el pañuelo al modo beduino que apenas si gasta agua para hacer las abluciones. Con unas gotitas se lava los pies y brazos, las orejas... Se esparce el agua con suma suavidad, junta sus manos en una leve inclinación de los dedos para orar y reza con los ojos cerrados. Parece que está representando un teatro, te deja hipnotizada. Después escupe con delicadeza al diablo y da por finalizada la oración.
El segundo día en pinaza vimos un hipopótamo por medio del río. Es lo que tiene Africa. De repente todos empezaron a gritar: "Mali Sadjo, Mali sadjo" (hipopótamo, hipopótamo). Apenas se le veía la cabeza pero pudimos verlo bien con los prismáticos. Mis compañeros de viaje me los pidieron para verlo ellos también, pero el viejillo no acertaba, no sabía mirar por ellos. Cerca de Korioumé también parece que vieron otro, pero yo no lo vi.
| Río Níger cerca de Tombuctú |
Abu, al llegar a Korioumé, cuando estabamos en la pequeña pinaza que nos llevaría a tierra, me dijo adiós desde encima de la Air Buctú llamándome por mi nombre. No recordaba habérselo dicho, pero él si se acordó, al parecer hay un nombre sonrai que suena parecido al mío. La pinaza que nos llevó a tierra estaba llena de agua y troncos, pero, bueno, llegamos sanas y salvas. Lo malo es que ahora había que tomar una baché, una especie de furgoneta semiabierta con bancos metálicos, que era lo único que le faltaba a mis posaderas. El conductor iba a mil por hora y dió un frenazo que p'a habernos mata'o. El camino a Tombuctú está jalonado de árboles que se vislumbraban en la oscuridad. Estaba absolutamente de noche y no había ni una luz. La entrada a la ciudad fue como de película de Indiana Jones. Los niños perseguían el baché y se subian a él en marcha con peligro de descalabrarse. Algunos consiguieron sentarse. Al llegar al hermoso hotel Buctú con sus puertas de estilo marroquí, fuimos a ver la habitación. El suelo de los pasillos del hotel estaba lleno de pequeñas cucarachas que ibas pisando sin querer y que hacían un ruido asqueroso. Al bajar las escaleras hacia la calle las polillas se estrellaban contra ti sin piedad. En el restaurante vimos a un chaval saliendo de otras habitaciones que había en el lado de la recepción pasándose la mano nerviosamente por el pelo seguramente intentando quitarse de encima algún insecto irreverente. Cenamos una sopa, una botella de agua y té, necesitabamos rehidratarnos con urgencia. Afortunadamente, en la habitación no parecía haber más cucarachas de las soportables.
Tombuctú
Tombuctú dicen que decepciona, pero a mí no me decepcionó en absoluto. Primero la entrada en la ciudad al estilo Indiana Jones como he dicho: el baché a toda velocidad haciendo que todos diesemos saltos en nuestros asientos, los niños persiguiendo el vehículo e intentando subirse a él en medio de la oscuridad más total, las cucarachas que cubrían de negro (no es exageración) el suelo del pasillo del hotel crujiendo bajo nuestras botas y las polillas que se chocaban con las paredes en un vuelo enloquecido y tenías que ir quitándotelas de delante como podías... Y, al día siguiente, más de lo mismo, la escena surrealista continuaba. Al ir a ducharnos al baño compartido nos saludó un jóven targui (singular de tuareg) que estaba en el pasillo barriendo con inusitada parsimonia una ingente cantidad de pequeñas cucarachas que habían pasado a mejor vida por efecto de algún insecticida. No os podeis hacer idea de la cantidad de ellas que había. Lo mejor de todo es la naturalidad con que uno saluda "bonjour, bonjour" como si nada, como si esa escena fuese absolutamente corriente en cualquier hotel. Después, al salir de nuestro edificio para ir a desayunar a una especie de terraza con vistas a las dunas en el otro edificio del hotel, nos saludó un targui cubierto con un turbante que dejaba ver únicamente sus ojos que estaba sentado en el suelo a la puerta del hotel. Cuando te acostumbras no le das importancia, pero las primeras personas que se dirigen a ti con el rostro cubierto te transportan inevitablemente a un mundo de aventura cinematográfica que te hace sentir... ¿feliz?. El caso es que no puedes evitar que una sonrisa asome a tus labios.
Por lo demás, la ciudad es una villa polvorienta en medio del desierto con casas de adobe y tres mezquitas de estilo sudanés de gran belleza. La de Djingareiber creo que fue diseñada por un arquitecto de origen granadino. El legado hispano-marroquí está por todas partes, en las mezquitas y sus puertas tachonadas con metal, en la biblioteca de Ahmed Baba que contiene además de manuscritos de la época marroquí que guardan datos sobre el comercio de sal, oro y esclavos con Libia, el imperio Songhai y Taoudemi, una biblioteca moderna donde se pueden ver libros sobre la relación de la España morisca con esta zona y los descendientes que tenemos por ahí.
A las afueras se ven algunas caravanas pequeñas de camellos, pero por la ciudad muchos jóvenes afirman acabar de llegar de Marruecos con un cargamento de sal, o de Zagora concretamente (si habeis estado allí recordareis el cartel que dice "A Tombuctú 40 días"), a donde han ido a comprar telas porque allí están más baratas. Luego te intentan vender alguna baratija (cruces del sur, collares y flechitas para cazar gacelas), aunque a veces te invitan a tomar un té (tres) en su jaima. Las jaimas son grandes y circulares, uno puede estar dentro de pie, están muy limpias y son muy agradables y luminosas, con puertas de rafia que se enrollan y desenrollan para cerrar o abrir (creo que era así, pero no lo recuerdo bien). En la que estuvimos nosotras había una hermosa cama y esteras`por todo el suelo. Una mujer Bella (los antiguos esclavos de los tuareg) entró a amamantar al niño a la tienda. Estas jaimas se pueden ver en varias zonas de la ciudad y posteriormente las vimos en Gao (Mali) y también en Agadés (Níger) y en la zona de Gorom-Gorom (Burkina Faso). En este último caso las usaban los peul nómadas, también estuvimos en una de ellas y aunque era más pequeña que la de Tombuctú, tenía también cama, recipientes varios colgados y estaba muy limpia. Un día hubo una tormenta terrible de viento y algo de lluvia. Daba miedo pensar que uno estuviese en una tienda.
Aparte de lo meramente turístico, a mi me gustó mucho uno de los bancos de la ciudad. Era una sala diáfana con unos sofás y una mesita baja en la que había revistas y periódicos. En una esquina había un frigorífico y la gente, hombres con vestimenta tuareg o similar, entraba, abría en frigo y tomaba un poco de agua con toda naturalidad. Un ventilador situado sobre la mesa hacía la espera más agradable. Para cambiar dinero, primero tienes que dar en ventanilla el pasaporte, luego te llaman y dices cuánto quieres cambiar, vuelves a esperar y finalmente te llaman para darte el dinero.
Más de uno nos preguntó si eramos las chicas que enviaba tal o cual persona, pero el remate ha sido cuando un jóven nos ha dicho que si eramos las amigas españolas de Issa de Mopti. Según dice, es su hermano (léase colega). La verdad es que conocimos un Issa en Mopti, sabía que nos dirigíamos a Tombuctú y tenía la misma pinta de macarrilla que su "hermano". Ya había oido que las noticias en el desierto vuelan, pero no sabía que en el río Niger pasaba igual. El segundo día en la ciudad fuimos a desayunar a un pequeño restaurante enfrente de nuestro hotel y un jóven que salía me dijo: "Gonsales, ça va?" "¿No me conoces?". Yo me quedé deconcertada pensando en a quién conocía yo tan íntimamente como para que supiese mi apellido en aquella ciudad a la que acababa de llegar. Del hotel no era. Al cabo de un rato me dí cuenta de que sería el chico del banco. Cuando cambié dinero un hombre que estaba en la ventanilla al oir mi apellido dijo: "Tienes un buen nombre". Creo que se refería a que tenía el mismo apellido que Raúl González, el exjugador del Real Madrid.
Disfruté mucho de Tombuctú, su calor axfisiante y su gente de rostros ocultos, de exóticos mestizajes (negros fetén, bereberes estilo saharaui, bereberes negros, negros con cara de bereber, mujeres con ropajes saharauis de piel muy blanca...) y, sobretodo, disfruté de un programa nocturno de Radio Buctú Irratia (os juro que decía eso) que ponía música árabe estilo egipcio, bueno, en realidad, disfruté de su presentador. Por la forma de hablar parecía que estaba presentando los 40 principales y acompañaba las canciones cantando él también, cosa que no hacía nada mal. No podía evitar imaginármelo vestido con los ropajes que llevan allí los hombres y el rostro cubierto en la emisora que estaba en el centro de la ciudad tarareando las canciones. Y disfruté también con una cosa tan sencilla como ver a un chaval comerse un mango. ¡Lo estaba disfrutando tanto! Han pasado 8 años, pero lo recuerdo con total claridad, puedo ver al chaval.
Hoy, debido a los secuestros, el gobierno español recomienda no ir a Tombuctú, pero informaos bien y si la situación mejora, no dudeis en ir, no os arrepentireis.
Por lo demás, la ciudad es una villa polvorienta en medio del desierto con casas de adobe y tres mezquitas de estilo sudanés de gran belleza. La de Djingareiber creo que fue diseñada por un arquitecto de origen granadino. El legado hispano-marroquí está por todas partes, en las mezquitas y sus puertas tachonadas con metal, en la biblioteca de Ahmed Baba que contiene además de manuscritos de la época marroquí que guardan datos sobre el comercio de sal, oro y esclavos con Libia, el imperio Songhai y Taoudemi, una biblioteca moderna donde se pueden ver libros sobre la relación de la España morisca con esta zona y los descendientes que tenemos por ahí.
A las afueras se ven algunas caravanas pequeñas de camellos, pero por la ciudad muchos jóvenes afirman acabar de llegar de Marruecos con un cargamento de sal, o de Zagora concretamente (si habeis estado allí recordareis el cartel que dice "A Tombuctú 40 días"), a donde han ido a comprar telas porque allí están más baratas. Luego te intentan vender alguna baratija (cruces del sur, collares y flechitas para cazar gacelas), aunque a veces te invitan a tomar un té (tres) en su jaima. Las jaimas son grandes y circulares, uno puede estar dentro de pie, están muy limpias y son muy agradables y luminosas, con puertas de rafia que se enrollan y desenrollan para cerrar o abrir (creo que era así, pero no lo recuerdo bien). En la que estuvimos nosotras había una hermosa cama y esteras`por todo el suelo. Una mujer Bella (los antiguos esclavos de los tuareg) entró a amamantar al niño a la tienda. Estas jaimas se pueden ver en varias zonas de la ciudad y posteriormente las vimos en Gao (Mali) y también en Agadés (Níger) y en la zona de Gorom-Gorom (Burkina Faso). En este último caso las usaban los peul nómadas, también estuvimos en una de ellas y aunque era más pequeña que la de Tombuctú, tenía también cama, recipientes varios colgados y estaba muy limpia. Un día hubo una tormenta terrible de viento y algo de lluvia. Daba miedo pensar que uno estuviese en una tienda.
Aparte de lo meramente turístico, a mi me gustó mucho uno de los bancos de la ciudad. Era una sala diáfana con unos sofás y una mesita baja en la que había revistas y periódicos. En una esquina había un frigorífico y la gente, hombres con vestimenta tuareg o similar, entraba, abría en frigo y tomaba un poco de agua con toda naturalidad. Un ventilador situado sobre la mesa hacía la espera más agradable. Para cambiar dinero, primero tienes que dar en ventanilla el pasaporte, luego te llaman y dices cuánto quieres cambiar, vuelves a esperar y finalmente te llaman para darte el dinero.
Más de uno nos preguntó si eramos las chicas que enviaba tal o cual persona, pero el remate ha sido cuando un jóven nos ha dicho que si eramos las amigas españolas de Issa de Mopti. Según dice, es su hermano (léase colega). La verdad es que conocimos un Issa en Mopti, sabía que nos dirigíamos a Tombuctú y tenía la misma pinta de macarrilla que su "hermano". Ya había oido que las noticias en el desierto vuelan, pero no sabía que en el río Niger pasaba igual. El segundo día en la ciudad fuimos a desayunar a un pequeño restaurante enfrente de nuestro hotel y un jóven que salía me dijo: "Gonsales, ça va?" "¿No me conoces?". Yo me quedé deconcertada pensando en a quién conocía yo tan íntimamente como para que supiese mi apellido en aquella ciudad a la que acababa de llegar. Del hotel no era. Al cabo de un rato me dí cuenta de que sería el chico del banco. Cuando cambié dinero un hombre que estaba en la ventanilla al oir mi apellido dijo: "Tienes un buen nombre". Creo que se refería a que tenía el mismo apellido que Raúl González, el exjugador del Real Madrid.
Disfruté mucho de Tombuctú, su calor axfisiante y su gente de rostros ocultos, de exóticos mestizajes (negros fetén, bereberes estilo saharaui, bereberes negros, negros con cara de bereber, mujeres con ropajes saharauis de piel muy blanca...) y, sobretodo, disfruté de un programa nocturno de Radio Buctú Irratia (os juro que decía eso) que ponía música árabe estilo egipcio, bueno, en realidad, disfruté de su presentador. Por la forma de hablar parecía que estaba presentando los 40 principales y acompañaba las canciones cantando él también, cosa que no hacía nada mal. No podía evitar imaginármelo vestido con los ropajes que llevan allí los hombres y el rostro cubierto en la emisora que estaba en el centro de la ciudad tarareando las canciones. Y disfruté también con una cosa tan sencilla como ver a un chaval comerse un mango. ¡Lo estaba disfrutando tanto! Han pasado 8 años, pero lo recuerdo con total claridad, puedo ver al chaval.
Hoy, debido a los secuestros, el gobierno español recomienda no ir a Tombuctú, pero informaos bien y si la situación mejora, no dudeis en ir, no os arrepentireis.
jueves, 29 de diciembre de 2011
De Mopti a Gao. Cuento.
Incertidumbre
Me fui a desayunar a la pastelería Dogón. Pedí un café con leche y un bollo y me senté en una mesa desde la que se entreveía la calle. Dí un sorbo al café y volví a sacar la carta del bolsillo del pantalón para releerla. No podía contárselo a mis padres, si era verdad lo que se decía sería demasiado duro para ellos. Habían invertido lo poco que tenían en el sueño europeo de mi hermano y ahora esto.
| Pinazas en el puerto de Mopti |
Cogí el cuaderno de apuntes, le pagué a Sidiki y en vez de ir a la estación de autobuses me dirigí al puerto. Había dicho a mi madre que tenía un exámen en Bamako, que ya les llamaría. Pero mis planes eran otros, tenía que saber si era cierto lo de mi hermano. Me dirigía a Tombuctú.
El barco ya estaba en el puerto pero todavía tardaría en salir, así que compré unos cacahuetes, un poco de pescado seco y fruta para el viaje a unas mujeres que estaban parloteando acuclilladas en el suelo mientras lavaban unos pimientos y los colocaban sobre la esterilla. Había llovido esa mañana y se les había mojado todo el género. Cuando llegué a la pinaza ya todos los viajeros habían ocupado su sitio. Al disponerme a subir me indicaron un tanto bruscamente que me quitase las zapatillas y no llenase de barro lo que iba a ser durante tres días su lecho. Colgué las zapatillas y las bolsas del techo de la embarcación y me busqué un hueco al lado de un viejo de larga barba cana sobre los sacos de arroz.
Tardamos aún una hora larga en salir. El embarcadero tenía mucha animación. Unos se afanaban en cargar sacos, barriles y demás en las pinazas. Algún que otro joven se acercaba hasta los barcos que ya pronto iban a salir e intentaba vender alguna de las telas de algodón de llamativos colores que portaba en la cabeza dobladas en perfecto orden. Una niña nadaba divertida a apenas dos metros de la pinaza y cerca dos jóvenes lavaban a su cabra en el río. La tenían toda enjabonada de arriba a abajo y la empujaban y le echaban agua por encima para que se le fuese yendo el jabón. ¡Cuantas veces no habíamos hecho eso mismo mi hermano y yo!
La brisa que provocaba el lento movimiento de la pinaza me despertó de mis pensamientos. Ya zarpábamos. Eran las doce del mediodía. Los viajeros estaban tumbados aquí y allá, uno puso un casette con chistes que hicieron que todos estallaramos en risas, otro recogió agua para preparar unos tés. Un hombre con cara de caricatura y risa de dibujo animado llevaba un martillo de plástico que golpeaba de vez en cuando contra el suelo haciendo un ruidito como de chiflo y sonreía imaginándose la cara de felicidad que iban a poner sus pequeños allá en el pueblo. Otro llevaba un colchón. Al poco nos pusieron una enorme bandeja de arroz para cada cuatro o cinco viajeros de la que dimos buena cuenta en pocos segundos. Ya no se veía Mopti, y el río cada vez era más ancho.
El primer día no hicimos apenas paradas hasta la noche. Al atardecer un jóven me despertó para que hiciese la oración del magreb. Me incorporé en un brusco movimiento como si al sentir que me tocaban hubiese saltado en mí algún resorte. Miré somnoliento hacía el río. Lejos, hacia el sudoeste, ibamos dejando atrás una enome mezquita de adobe en la que ya apenas si se vislumbraban los salientes de madera de las vigas tan característicos de nuestras mezquitas. Los huevos de avestruz que remataban cada torreta, en cambio, todavía eran bien visibles contra el fondo del cielo azul oscuro. Mi hermano siempre ha sido un buen musulmán, abandonarnos así... Metí la mano en el agua y tomé apenas unas gotas que luego distribuí con cuidado y parsimonia por brazos, pies, piernas y manos para hacer las abluciones. Cogí un poco más para limpiarme las orejas y la cabeza. Cerré los ojos y pedí a Dios que no fuese cierto. Con un gesto apenas perceptible escupí al diablo y dí por terminada la oración. En cuanto anocheció paramos y aproveché para bajar por la pasarela de madera a tierra y estirar las piernas. El cielo estaba radiante, la quietud y el silencio le daban una grandiosidad que no tenía en Mopti. No había luna.
No dormí apenas en toda la noche. Los sacos de arroz y mijo eran más duros que el propio suelo de madera y mis huesos se dolorían cada vez que me daba la vuelta. Hice un movimiento rápido con la mano para espantar una enorme cucaracha que se estaba aproximando a mi cara. Todos parecían dormir. Sólo se oía al patrón achicar agua constantemente. Era un sonido tranquilizador que adormilaba pero conmigo no surtió efecto. ¡2 millones de euros! No podía ser verdad...
El segundo día casi nos perdemos en el lago Debo. El río se hace tan ancho que parece un mar y hasta el patrón más experimentado puede perder el rumbo. Paramos en alguna de sus islas y unas chicas se acercaron con el agua hasta la cintura para venir a vendernos rosquillas y demás. Les compré un poco de pescado seco que preparamos y comimos luego entre todos. Esta vez no esperaron a que anocheciese para parar, era demasiado peligroso seguir al anochecer por el lago Debo y más con la tormenta que parecía acercarse. Tampoco dormí. No creo que esta noche durmiese nadie aunque, por lo poco que dejaban ver los rayos que rompían la total oscuridad, todos permanecian inmöviles sobre el suelo. Tuvimos que bajar las esterillas para que no entrase el agua de lluvia. Los truenos me infundían un miedo infantil, creo que noté como se me erizaba el vello de los brazos. Otra vez me vinieron a la cabeza imágenes de mi hermano.
| Río Niger cerca de Tombuctú |
Por la mañana la tormenta seguía y nos dió tiempo de desayunar la bandeja de arroz antes de poder ponernos en marcha. El viejo que compartía conmigo la comida tanteo con la mano todo el contenido del recipiente antes de elegir un poco de arroz grasiento, hacer una bola con él e introducirla con habilidad en su boca. El gesto y el llevar ya dos días a arroz para desayunar, comer y cenar me provocó arcadas y no pude comer nada. Aunque me sentía débil este último tramo de la travesía hacia Tombuctú se me hizo mucho más animado. Paramos en varios lugares y en todos ellos había mucho color, movimiento y algarabía. Ropa de colores tendida al sol de la tarde, tuaregs con sus turbantes y espadas comprando y vendiendo, burros y camellos cargados hasta los topes. Me parecía que estaba en otro país. No había estado nunca en Tombuctú, y la ciudad mítica ya se intuía.
| Río Niger cerca de Tombuctú |
Al atardecer llegamos a Korioumé. Varias pequeñas pinazas nos transportaron hasta la orilla. Ayudé a un chico con el colchón para que no se le mojara, ya que varios centímetros de agua anegaban la embarcación. Una vez en tierra varios de nosotros negociamos con un pick up para que nos acercase hasta la ciudad. Todavía quedaban unos 18 kilómetros y ya caía la noche. Acordado el precio nos pusimos en marcha a gran velocidad por una carretera a medio asfaltar. Varios niños nos seguían corriendo cada vez que el coche paraba un segundo para dejar algún viajero y algunos se subieron en marcha. ¡Esta gente está loca!, pensé. Al ver por fin las luces de Tombuctú no pude más que dar gracias a Alá por haber llegado sano y salvo.
| Tombuctú |
- No puedo creer que sea mi hermano, no hemos tenido noticias de él, pero.... nos habría llamado rápidamente. ¿Con quién iba a compartir algo así sino con nosotros?
- Lo sé, Issa, a mi también me cuesta creerlo pero todo apunta a él. Aunque reconozco que cuando supe por David que no sabíais nada empecé a dudar.
- Hace un par de meses que no nos llama, pero hemos recibido los 40 euros que nos manda todos los meses, ni más ni menos, no ha habido ninguna variación; así que...
- Oímos en la televisión española que un senegalés había ganado un premio de 2 millones de euros en la lotería en el pueblo en el que estabamos trabajando. Allí todos compramos algún boleto casi todas las semanas, es una costumbre muy normal en España.
- Nosotros pensabamos que mi hermano estaba en Francia.
- Así era hasta hace unos meses. Como te decía la tele dijo que era senegalés, así que pensamos que se habían equivocado de pueblo porque en aquellos días no había ningún senegalés trabajando con nosotros. Sin embargo, al día siguiente durante el almuerzo un compañero vino con el periódico y nos dijo "mira, aquí pone que es maliense, seguro que eres tú -me dijo- que te callas para no compartir tu suerte con tus compañeros" y se echó a reir, pero entonces nos miramos y dijimos los dos a la vez: ¿Dónde está Mamadou? Tu hermano no había venido a trabajar desde el día anterior. Los siguientes días tampoco apareció y nadie lo había visto por el pueblo. Era muy raro. Quedaban apenas unos días para cobrar, no tiene sentido irse de un trabajo sin cobrar después de haber trabajado ya tres semanas. Por eso todos pensamos que era él el afortunado. Pero cuando supe que no sabiais nada.... No sé qué pensar. Algunos empezaron a decir que era un sinvergüenza, que con ese dinero podría habernos ayudado a todos y todavía tendría para vivir toda su vida sin trabajar, que había olvidado hasta a su familia.
- No puedo creer que nos haya abandonado. Huir así, sabiendo lo que nos cuesta salir adelante aún con su ayuda de 40 euros y todo.
- Es mucho dinero, Issa. Nadie sabemos cómo actuaríamos en un caso así. ¿Que sé yo? O tal vez estemos juzgándole mal, quizás pensó que si os lo decía, pronto lo sabría todo Mopti y empezarían a haceros la vida imposible para recibir algo.
- No sé. No. Seguro que es a otro al que le ha tocado. Seguro que es todo una confusa coincidencia. Me estoy volviendo loco. Por una parte quiero que sea él y por otra deseo que no sea, él no puede ser capaz de hacer eso a sus padres. Y, si no es él, ¿porqué ha desaparecido?
| Mezquita Djingereiber (Tombuctú) |
-De todas formas, me decidí a escribite porque me enteré de que Salim ha venido de vacaciones a Gao y él seguro que sabe algo. Si no, no te hubiese dicho nada, pero él tal vez... Es el mejor amigo de tu hermano en España, fue él quién le animó a salir de Francia e ir a Lleida y siempre que han tenido trabajo en el mismo pueblo han compartido habitación. Le ayudó mucho en Francia y después en España. Cuando pasó todo esto Salim no estaba con nosotros, unos meses antes encontró trabajo en una fábrica en Barcelona. Pero seguro que han estado en contacto y que, si realmente tu hermano ha recibido ese premio, se lo ha contado a él. A alguién se lo habrá tenido que contar, no se puede uno guardar eso así tan fácil. No tengo su teléfono, pero Gao está a sólo un día de aquí.
- ¿Cuándo podemos ir a Gao?- Creo que ya hay un grupo interesado en ir, pero, ya sabes, no sé cuánto tendremos que esperar hasta que se llene el pick up...
Esa misma noche nos dirigimos al Gran Marché para solicitar información sobre el viaje a Gao. El jefe no estaba y su ayudante nos acompañó hasta su casa, al parecer tal vez podríamos salir al día siguiente. Así nos lo confirmó el jefe de los vehículos que hacían la ruta y pagamos el billete. Nos pasarían a buscar el día siguiente al mediodía.
Dormí extrañamente bien, sin pesadillas ni recuerdos de antiguos rencores que sin yo saberlo guardaba hacia mi hermano. Pero al día siguiente, eran las seis de la tarde y nadie había venido a buscarnos. Volvimos a la estación y nos dijeron que fuesemos al día siguiente a la mañana.
Nada más desayunar nos dirigimos hacia allí. A las once un Toyota conducido por un joven mauritano nos hizo montarnos y nos llevó a una casa a las afueras de la ciudad. Allí esperaríamos al resto de viajeros. Nos hicieron entrar através de un patio a una casa de barro. Dentro de la habitación había dos mujeres tumbadas viendo fotos y collares que tenían en un pequeño cofre. Eramos los primeros viajeros en llegar. Ya no estaba acostumbrado a estas esperas para viajar. En Mopti todo era eficiente, si te decían a las siete, salías a las siete. Pero aquí se ve que no es lo mismo y esa espera sin hora límite me estaba poniendo muy nervioso.
Gracias a Dios, los viajeros poco a poco empezaron a llegar y para la hora de la comida ya estabamos casi todos. Con algunos tenía que hablar en francés porque no hablaban bambara, ni yo tamazeg ni songhai. Había algún militar, uno de ellos armado, dos mujeres, una de ellas una hermosa y rolliza targui con el cutis azulado por las telas que usan para cubrirse y un par de niños. Nos pusieron un plato de arroz para comer y hacia las tres salimos. Aún dimos una vuelta por el pueblo para recoger algún viajero más. A uno casi lo sacamos de casa forcejeando, parece que no había terminado de comer. Justo le dió tiempo de coger una caja alargada con un lazo que no sé qué tipo de regalo sería y el largo llavero de cuero tuareg con la llave de casa. Ibamos todos en la parte de atrás, sobre los equipajes. El militar armado estuvo con el kalashnikov cargado hasta salir de Tombuctú, según mi primo suele haber bandidos que atacan los coches. Pero al rato quitó el cargador al arma y lo dejó en la cabina. En la cabina iban los dos conductores mauritanos.
Bien, ya sólo me quedaban 500 kilómetros de espera, después sabría si mi hermano era quién yo pensaba o un sinvergüenza que no merecía mi respeto ni el de mis padres. El primer tramo del trayecto era muy duro para los condutores, tenían que ir analizando el tipo de arena y su dureza para ver si se podía pasar o no sin quedarse hundido en ella. Había que dar constantes golpes al volante para que no derrapase el coche. Alguna vez tuvimos que bajarnos todos menos los niños y mujeres y los que sabían -yo aquí soy un completo ignorante- le indicaban al conductor por dónde pasar. Los conductores se iban turnando cada pocos kilómetros.
Desde que se sale de Tombuctú todo alrededor es arena blanca y acacias y arbustos espinosos y según se va uno acercando a Gao aparecen las primeras grandes dunas y los arbustos se hacen más espaciosos, excepto en el tramo final. Al anochecer la arena se iba volviendo primero más amarillenta y luego rosácea mientras el cielo iba tornando del rosa al morado lentamente. Paramos a rezar y emprendimos de nuevo la marcha, haciendo volar a las perdices, correr a las cabras y sorprendiendo a una liebre. Una niña con un vestido plateado apareció como una especie de alucinación divina, un djin tal vez, a la hora del magreb. Todos los habitantes del desierto parecían salir a saludarnos. Me pareció un buen augurio, Dios dice que hay que hacer caso a las señales. Pero al poco una tormenta empezó a revolver toda la arena, casi no se veía nada y finalmente la lluvia no nos dejó proseguir. Nos paramos en un campamento y aprovechamos para abastecernos de agua en el pozo.
Allí permanecimos varias horas, primero por la lluvia y, después, porque no se les ocurrió otra cosa que ponerse a cenar. ¿No podían haberlo hecho antes, mientras llovía? Me exasperaban estas gentes del desierto. Mi primo me miraba y se tronchaba de la risa. "La impaciencia no te va a hacer llegar antes, créeme. Estos mauritanos saben lo que se hacen." Fuimos con los otros hombres a una jaima y allí cenamos. Las mujeres y los niños lo hicieron en otra con las mujeres del campamento.
Hacia las 12:00 de la noche emprendimos de nuevo la marcha. Recuerdo cada hora porque el nerviosismo me hacía mirar el reloj que me había regalado Mamadou cada poco. Sólo de vez en cuando atravesavamos algún poblado de jaimas redondeadas y gente tuareg armada. Vimos algún camello de pelaje negro y algún burro. Pero a estos beduinos no hay quién los entienda y a las 2:00 pararon otra vez. Dormimos, bueno, durmieron, en medio de ninguna parte hasta las 5:00 que empezaron a desperezarse. Vale, otra vez en marcha. Pero al poco Mohammed, el conductor mayor, señaló una pareja de viejitos que estaban haciendo el té frente a su casa en un pequeño poblado y gritó: "Restaurant", señalando con el dedo hacia allí. Allí perdimos otra estupenda hora de frescor y buenas condiciones para conducir. Como había llovido cuando por fin recuperamos la marcha, todo eran charcos, más o menos grandes que a veces sorteabamos y otras pasabamos vadeando.
- ¿Cuánto falta, Maki?
- Dios ama a los pacientes, tranquilo. Llegaremos pronto in sa' Allah.
Nada más entrar a Bourem un coche de la policía nos ha parado y ha pedido los papeles al conductor. Estaba claro que el conductor más jóven, que era el que en ese momento conducía, no los tenía, seguro que no tenía permiso de conducir. Se le ha notado tremendamente. El policía le ha dicho que vaya a comisaría. ¡Lo que nos faltaba! ¡Encima han intentado engañar al policía intercambiándose la ropa! Solo hace falta que se cabreen, los detenga y tengamos que esperar aquí tres días. He cogido una espinita de la acacia y me he sentado en el suelo a la escasa sombra que hace el alero de la comisaría para quitarme las niguas de los pies.
Media hora les ha costado negociar con el policía pero ahí no ha acabado todo. Después en mitad del desierto al parecer nos hemos quedado sin gasolina en uno de los depósitos y hemos tenido que mover entre todos el coche para que la gasolina pasase de un depósito al otro. Lo que no tenemos ya es agua, ni una gota. He tenido que agacharme y beber de un charco de lluvia. Espero que esta aventura que cada vez me parece más absurda no me lleve a enfermar.
Todavía hemos tenido que parar otra vez para recoger a un camionero al que se le había estropeado el camión. Estaba tan feliz en la mínima sombra que hacía el camión haciéndose tranquilamente un té. Definitivamente, si tengo que vivir durante mucho tiempo entre estos beduinos, me vuelvo tan loco como ellos. Mi primo se rie.
| Mezquita de los Askias |
Parecía que Gao no aparecería nunca. ¡Para hacer 400 o 500 kilómetros 24 horas!. Ya dudaba de su existencia, de la existencia de la ciudad, de la de mi hermano y de la de esta historia de millones y suerte. En este país de resignación y paciencia es imposible tener suerte.
Pero por fin llegamos. Paramos en el patio de una casa. Algunos viajeros seguirían mañana hacia Kidal. Bajamos del Toyota y pedí a la mujer de la casa una calabaza con agua. Trás despedirnos de todos, fuimos directamente a ver a Salim, que vivía en una casa cercana a la mezquita de los Askias. Nos recibió su mujer que nos dijo que Salim no volvería hasta la noche. Que lo podríamos encontrar hacia las siete de la tarde en un restaurante del centro.
El día se me hizo muy largo. ¿Y si Salim no me aclaraba nada? Apartamos con cuidado y no poco asco las cortinas de la puerta del restaurante que estaban llenas de cucarachas. Salim vino a nuestro encuentro según nos vió.
- ¡Enhorabuena, Issa!. ¿Lo sabes, no? ¿Ya te ha llamado Mamadou?¿Estás iniciando tu nueva vida visitando a los amigos? ¡Me parece genial!
Salim me explicó que mi hermano se había ido de Lleida para poder pensar las cosas con claridad y no hacer tonterías. Había ido a buscarle a Barcelona. Allí el banco le ha dicho cómo organizarse para poder vivir sin trabajar, ayudar a los suyos y no buscarse problemas. Todavía tenía que hacer algunos trámites pero en pocos días vendría a Mali y podría abtrazar a mi hermano. Una nueva vida empezaba. Una nueva vida. Una sensación de alegría inmensa y miedo sin sentido pugnaban en mi interior.
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