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miércoles, 10 de mayo de 2017

Navegar por las islas Quirimbas.


Siempre hacia el norte.
Llegando a la isla de Goa

Uno de los mayores alicientes de viajar al noreste de Mozambique
es moverse de un lugar a otro en los típicos barcos a vela árabes denominados dhows o daos. Es fantástico deslizarse por las aguas turquesas, sin ruidos de motor, sólo el frufrú de las velas, el sutil quejido de la madera y la charla de los marineros. Eso sí, si vais en julio o agosto, planificad el viaje de sur a norte e intentad no hacer travesías de ida y vuelta. La vuelta hacia el sur, con el viento en contra puede durar tres veces más que la ida, podéis acabar empapados e incluso pasar un poco de miedo. Es justo entonces cuando te percatas de lo joven que es el capitán, y no digamos ya sus ayudantes. Eso nos sucedió a nosotras al volver desde Cabeceira pequena a Ilha de Moçambique. A duras penas conseguimos montar a bordo, antes de ponernos en marcha perdimos en el agua una de las pértigas de las que se ayudan para salir de la playa o atracar, ya en mar abierto al cambiar de orientación la vela se les mojó, con lo que aumentó considerablemente su peso y exigió de nuestra colaboración para poder volver a arriarla. Acabamos empapadas. 

Playa de Wimbi. Pemba
Pero, si nos cuidamos de ir siempre hacia el norte, disfrutaremos mogollón. 
Desde Ilha de Moçambique se pueden hacer diversas excursiones en dhow: a la isla de Goa, denominada así porque antiguamente los portugueses la utilizaban como escala en sus viajes a la India; a la ilha dos sete paus, a Cabeceira pequena, donde podéis disfrutar de bonitas playas, lagos donde bucear y centenarios baobabs, o a Chocas, con su enorme playa donde asoman los cangrejos en masa al atardecer como una especie de invasión.



La playa de Chocas al atardecer


Ir de Ilha a Pemba en barco ya es otro tema. Nuestro capitán en Ilha, Raimundo, nos dijo que él no se atrevía, como mucho hasta Nacala y con miedo. Incluso cuando nos llevó a Chocas, después del cague que habíamos pasado dos días antes, evitó el acercamiento por mar a la playa, y dejando el barco y a sus dos ayudantes a las puertas del manglar, nos guió por éste a pie, con el agua a veces por las pantorrillas hasta el camping y de allí a la playa.
 De Chocas, ya en el continente, se puede ir en 
Chocas

chapa machibombo a Pemba. Sale del mercado hacia las 3:00 de la madrugada, pero os dirán que vayáis a las 2:00 para que veáis cómo despiertan el conductor y los ayudantes, cómo se dan media vuelta tirados en el asiento que ocupan tras comprobar que todavía pueden remolonear cinco minutos, cómo se ponen soñolientos a comprobar el estado del vehículo.... Hay que hacer transbordo en Namialo, pero no os preocupéis, los chavales del machibombo se encargan de todo, paran alguna chapa que vaya para allá y te mandan subir. Nosotras no tuvimos que esperar ni un segundo en Namialo. 



Murrebué

Pemba en sí no es nada del otro mundo, aunque el barrio viejo no está mal, pero para comer y disfrutar un poco de la playa hay que ir hasta Wimbi, a 5 kilómetros. Se puede ir andando bien bordeando el mar bien siguiendo la 25 de setiembre, o coger un taxi. La playa a veces esta muy sucia, pero en el Golfinho se come muy bien (langosta, cangrejo parecido al centollo, sepia, ¡chorizo!..), el bar de al lado, Solymar o algo así, está muy bien para tomarse unas cervezas y observar a pescadores intentando vender sus capturas de colores tropicales a familias indias con chacha, niños y jóvenes tirándose agua, embadurnándose de arena o haciendo deporte... Cuando estuvimos nosotras había un festival deportivo de jóvenes de todo el país y la playa estaba animadísima. Pero si queréis playa limpia mejor id al Pemba Beach, a un par de kilómetros, o a las playas que siguen en dirección a la ciudad, donde no hay turistas, ni bares, pero si se puede pasear en marea baja y ver a los niños pescando o divirtiéndose. O aún mejor, coged un taxi y decidle que os lleve a Murrebué, playa fantástica, desértica excepto en fin de semana, pero inolvidable. Cuando baja la marea, el mar se aleja casi hasta las Comoras, de mar a desierto. Las aguas son cristalinas, las aves acompañan a los pescadores, unos y otros andando sobre las aguas del mar como en aquella estampa bíblica, los niños se entretienen buscando nialis (gusanos). Los dueños del hotel Ulala lodge no os darán de comer si no estáis alojados allí (son de habla francesa) y el otro hotel, el  Upepani, sólo abre los findes. Tenedlo en cuenta, si queréis pasar allí todo el día. Para tomaros una cerveza no hay problema. Nosotras contratamos un taxista para todo el día, pero puede que haya otras opciones. De todas formas, merece la pena.
Murrebué
De Pemba podemos coger un camión que sale de madrugada (hacia las cuatro) hacia Tandanhangue y allí tomar el dhow a Ibo. Hacia las cuatro esperáis en la calle 25 de setiembre, donde suelen parar todos los buses y por allí pasará un camión pick up abierto por detrás gritando “Quissanga praia, Quisanga praia...” Hay que sentarse en el suelo, mejor contra la cabina del camión, para evitar el viento y poder descansar la espalda, ya que le cuesta unas cinco horas llegar a Tandanhangue, y aunque las primeras horas no se sube mucha gente -por lo menos en nuestro caso así fue- y puedes estirar las piernas y cambiar de posición, según te vas acercando a Tandanhangue cada vez son más los viajeros que se montan con diversas pertenencias y bultos, o incluso una cama entera, y la falta de espacio hace que algún bolso increíblemente pesado (qué coño lleva la señora en el bolso no me lo puedo imaginar) acabe apachurrándote el pie, por ejemplo. 
Playa de Tandanhangue. Dhow a Ibo.
Una vez en la pequeña playa sólo hay que esperar un rato -en nuestro caso no fue muy largo, una hora tal vez- a la sombra de un baobab centenario hasta la llegada de varios barcos que llevan gente y bultos a Ibo. Nosotras fuimos cinco personas y una carga de piezas de uralita. Como los dhows no se pueden acercar hasta la orilla, algunos barqueros se ofrecen a llevarte hasta el barco por 50 céntimos. Los dhows tienen motor que utilizan para salir de la playa y para hacer los últimos metros antes de atracar en Ibo.
La isla tiene a parte de un conjunto arquitectónico de interés, agradables restaurantes.
Llegando a la isla de Quirimba
De allí se puede hacer una excursión a la isla de Quirimba. Una vez al mes, cuando la luna lo permite, se puede acceder andando por los manglares, rapidito para que la subida de la marea no te pille, ya que hay que atravesar algún que otro río y si sube el nivel del agua puede ser infranqueable o peligroso. Si no llegamos en el momento oportuno, se puede ir andando por el manglar hasta una pequeña playa donde un dhow a motor te acerca a la isla, siempre que el guía no se pierda, como nos sucedió a nosotras. Enseguida consiguió encontrar la playa buena, pero yo lo pasé muy mal: la marea subía con decisión llegándonos con cada ola el agua un poco más arriba, hasta casi la cadera. Yo ya estaba mirando hacia los árboles de mangle, a ver a cuál podría subirme, aunque con el agua a la cintura y el fondo arenoso lleno de los nuevos brotes de mangle que como puñales se clavan a las chanclas (se quedaron con la suela de una de las mías y tuve que comprarme unas Ipenema en la tienda del pueblo) iba a ser una ardua tarea. Pero la excursión merece la pena. La llegada fue muy swahili: unos árabes con sus ropajes blancos esperaban en la playa mirando en lontananza a ver si venía su barco.
Árabes esperando un dhow en la isla de Quirimba



De Ibo se puede ir en barco a Matemo. Nosotras acordamos precio
Matemo
con una lancha a motor. Lo mejor es preguntar en el hotel en que estéis. Se llega en poco tiempo, una hora o dos, y sin percances. Matemo es un lugar paradisíaco de playas vacías, donde se convive y comparte pesca con las aves. Tienes toda la playa para ti y los barcos a vela de los pescadores amenizan las vistas de un mar de aguas cristalinas. Por la mañana con la marea baja  las mujeres van a mariscar casi hasta la desierta isla de Rolas, fantástica también, y los pescadores salen a la mar. Al mediodía se puede ver alguna mujer golpeando algún pulpo en la playa, con la cara embadurnada con musiro.
Hacia Pangane
De Matemo salimos otra vez en dhow a Pangane. Por el camino visitamos la desierta y preciosa isla de Rolas. El viaje fue fantástico, el tiempo era excelente, la mar estaba super tranquila, las aguas eran de un azul turquesa, algunos barcos andaban a la pesca de langosta,...
Pero, como he dicho al principio,  es importante ir siempre hacia el norte. Cuando llegamos a Pangane, un hombre que estaba en el hotel Panganar donde nos íbamos a alojar nos dijo: “¿vienen de Matemo? Ah! Con viento a favor bien, pero como haya ventanilha (a si llaman en Mozambique al viento en contra) el viaje es un puro baño”.
Llegando a Pangane
Pangane es una lengua de tierra a arenosa llena de palmeras y casas de makuti bien cuidadas. La actividad principal del pueblo es secar pescado y por todas partes hay terrazas con pescado puesto a secar.  La lengua de tierra sería paradisíaca si no fuese porque las playas y el mar están muy sucios, debido a la fuerte actividad pesquera y a que queman las basuras en la orilla.


Pangane
Se acabaron los viajes en dao. Volvimos a Pemba en chapa, pasando primero por Macomia. En el hotel Panganar os pueden reservar una plaza en la chapa que sale hacia las dos o tres de la madrugada (ellos mismos os despiertan). Mejor en cabina, ya que si no hay que ir en el remolque sobre los sacos de pescado seco. Si así lo deseáis en Macomia enseguida os meterán en otra chapa a Pemba.
Rolas

miércoles, 23 de septiembre de 2015

De Nampula a Ilha de Moçambique en chapa… ¿en chapa?

Controles policiales en el norte de Mozambique
Haciendo los deberes en Ilha de Moçambique

Segundo día en el país, justo habíamos llegado a Nampula el día anterior por la tarde. A ver cómo lo cuento.

Estatua a Camoes en Ilha de Moçambique.
Camoes escribió parte de Os Lusíadas
 en esta isla
Salimos del Ruby backpackers  tras desayunar dispuestas a tener que esperar un buen rato en la estación hasta que se llenase una chapa para ir a Ilha de Moçambique. Sin embargo, nada más llegar a la parada y preguntar por nuestro destino nos señalaron una furgoneta que ya estaba prácticamente llena. ¡Qué suerte!  Pero…  ahí  se acabó nuestra buena estrella. Cuando el conductor ya estaba presto a salir, se le acercaban hombres que parecían  advertirle no sé de qué mientras plantaban su dedo índice ante su cara. Otros conductores también le señalaban y con un gesto de la mano parecían indicarle que se anduviese con cuidado. Los pasajeros empezaron a hablar entre ellos. Nosotras sólo entendíamos control, multa, problema de tránsito… El conductor, mientras, juraba en portugués  y se daba golpes en la cabeza. “Tal vez tengáis  que hacer autoestop” nos dijo. ¿Cómo? ¿Aún no hemos salido y nos manda a la calle? Nosotras no entendíamos nada. Le preguntábamos y la respuesta era que había un problema de tránsito.

Jugando a las canicas en Ilha de Moçambique
Finalmente, la furgoneta se puso en marcha, pero todas las chapas, machibombos o camiones con los  que nos cruzábamos le hacían las mismas señales de advertencia y él se cagaba en lo más barrido. Creo que aún no habíamos terminado de salir de Nampula, apenas habíamos recorrido 7 u 8 km, cuando se desvió de la carretera y aparcó la furgoneta entre un grupo de  casas, tal vez de una misma familia, no se puede decir que fuese una aldea, eran apenas cinco o seis casas. La gente se bajó. El conductor, los ayudantes y algunos viajeros desde el arcén miraban carretera adelante hacia donde se supone que estaba el control policial. De vez en cuando decían, “éste ha pasado”, “éste no ha pasado”. En el control parecían irse amontonando chapas, coches y camiones. El conductor paraba una moto y se acercaba hacia el control, volvía… De repente, se sentó en el vehículo y escondió aún más la chapa entre unas casas algo más alejadas de la carretera.  No entendíamos nada. ¿Llevábamos demasiada carga? ¿Íbamos demasiada gente y podían multarle? El ayudante del conductor le decía que metiese parte de la carga dentro, reorganizaron los bultos, pero seguíamos sin movernos. Alguna gente empezó a coger sus cosas y salió a la carretera a buscar alguien que le llevase en moto. Mientras, otras chapas, tres, fueron entrando en el recinto y se iban escondiendo igual que la nuestra. Un vecino de una de esas casas nos sacó un banco para que nos sentásemos.  Parecían acostumbrados a este tipo de visitas. Con nosotras viajaba un mujer embarazada que además tenía un niño de apenas un año con ella. Otras dos viajeras empezaron a hablarle de la necesidad de esperar por lo menos dos años antes de quedarse otra vez embarazada, de las ventajas de usar el DIU… Al poco, ellas también decidieron marcharse. Quedábamos poca gente y aquello no tenía visos de solución. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Dos horas, dos horas y media? No lo sé, cuando viajo a África acostumbro prescindir de medir el tiempo, es inútil. Por fin llegó de nuevo el conductor y se subió a la chapa. Mientras esperaba el momento de salir a la carretera dijo: “Yo me vuelvo a Nampula, hoje não quero problemas” ¿Cómo? Ni hablar.  “No, no, voy a ir por otro camino a ver si puedo evitar el control”  Cruzó la carretera y la vía del tren paralela y se metió por un camino por entre casas hasta que llegamos a un punto de no retorno en donde había otras chapas con sus correspondientes viajeros escondidas entre las casas.

Mezquita verde de Ilha de Moçambique.
Eso nos decidió. Salimos del vehículo, le pedimos al conductor nuestras mochilas y nos dispusimos a hacer autostop. El conductor nos dio las maletas de mala gana y nos pidió 100 meticais por habernos traído desde Nampula hasta un punto indefinido de la carretera en medio de ninguna parte (el precio hasta Ilha es de 400 meticais).  La verdad es que fue una decisión bastante loca, ya que eran pocos los vehículos que pasaban por la carretera y la mayoría de ellos chapas que tenían el mismo problema que la nuestra. Además, el transporte público en Mozambique sale siempre pronto por la mañana, y ya eran las 11:30 o así, por lo que ya ni siquiera chapas aparecerían por allí. Sin pueblos de importancia hasta Namialo y sin agua era una decisión un poco suicida. Sin embargo, animosas (Otro viajero se nos acercó y nos dijo: “yo también voy a coger mi maleta y voy a hacer autoestop”. Eso nos dio ánimos.) nos pusimos en la carretera en plan Pekín Express intentando parar algún coche. El tercero que pasó se paró, pero como somos unas autoestopistas novatas no nos enteramos y unas mujeres que estaban en el arcén nos hicieron señas: “¡Id, id, que os ha parado!”. Bien, a ver si nos puede acercar unos kilómetros, aunque sea hasta pasar el control. Corrimos hacia el coche y un hombre que por la vestimenta deducimos que era musulmán nos abrió las puertas. ¡Iba hasta Ilha! Llevaba dos meses fuera de casa y ya tenía saudade de su isla, “é pequenina, mas bonita”, decía. Había estado dos meses en Malawi y llevaba dos días sin parar conduciendo. Así que supongo que nos paró buscando un poco de conversación que lo mantuviese despierto, ya que según dijo estaba muy cansado y con ganas de darse una ducha y dormir.

Jugando al fútbol con una pelota hecha con bolsas de plástico.
Playa de Wimbi. Pemba.
Por la carretera había bastantes puestos de venta de castañas de cajú. En algunos salía un hombre ofreciendo la mercancía, pero en otros habían puesto un muñeco de tamaño humano, para no tener que levantarse cada vez que aparecía un coche. “Ese es un muñeco”, decía nuestro conductor, cuando divisaba uno desde lejos. Llevaba el coche (un Toyota 4x4) lleno de boniatos, plátanos… y otras cosas que había ido comprando en la carretera aquí y allá, donde más barato es cada mercancía. El repollo por ejemplo lo compró a 20 meticais y en Ilha cuesta 60 según nos dijo. En Namialo paró en el mercado y compró un balón para su hijo: quería darle una sorpresa (En el norte de  Mozambique se ven muy pocos balones de plástico, todavía muchos niños y jóvenes juegan al fútbol con balones hechos con bolsas de plástico enrolladas hasta formar una pelota). No supo decirnos qué pasaba en la carretera, por qué había tantas chapas paradas, pero dijo que para ir de Nampula a Ilha es mejor ir en carro, que las chapas son un problema,  no nos especificó más.  Un hermano suyo vive en Lisboa y estaba allí de visita. A su hermano no lo conocimos, pero sí a  su sobrino, un chico de unos 20 años que llevaba dos clavos decorativos bajo el labio inferior. ¡Vaya pinta de portugués!


Ilha de Moçambique
Nuestro taxista ocasional tuvo la amabilidad de, tras dejar las cosas que había comprado en su casa  y darle la sorpresa a su hijo, acompañarnos en el coche con dos de sus hijos hasta el hotel (estaba cerca de su casa). Le preguntamos cómo podíamos agradecérselo y aunque en principio levantó los hombros  como diciendo “vosotras veréis”, le dimos una cantidad generosa de dinero porque nos libró de una buena. Por el camino casi no vimos chapas, el calor era excesivo ya a esas horas y  no pasaron muchos más coches. Además, no hay pueblos de importancia, ni lugar donde comprar agua, excepto Monapo y Namialo, a por lo menos 80 kilómetros de donde abandonamos la chapa.

Estatua a Vasco de Gama
 en Ilha de Moçambique

Más tarde, en Ibo, conocimos a un brasileño, Diego, que nos dijo que él tuvo que pegar (coger) siete chapas para llegar de Nampula a Ilha, unos 170 km. Por lo visto, no es una ruta sencilla para hacer en chapa, a pesar de que la carretera es buena. Unos catalanes que conocimos también en Ibo, sin embargo, creo recordar que dijeron que no tuvieron problemas. Cuando volvíamos a Nampula desde Pemba, la policía en el control de entrada a Nampula hizo bajarse de la chapa a un joven de aspecto somalí  al que ya en un control anterior habían hecho descender de la furgoneta, aunque finalmente le habían dejado continuar la marcha. En esta ocasión le hicieron quedarse en el control y nosotros seguimos hasta la estación, que ya estaba cerca. Los controles en el norte de Mozambique son mucho peores que en el sur. Además de ser más frecuentes y reunir un nutrido grupo de cuerpos policiales -hay uniformes de todo tipo, unos van armados y otros no-, acostumbran pedir mordidas con todo descaro. Cuando íbamos a Pemba en chapa, el ayudante del conductor nos pidió a los viajeros billetes de 20 meticais  (al parecer no tenía nada suelto) en un par de controles para soltarles a los policías. Dos viajeros le proporcionaron los billetes que luego al llegar a Pemba el ayudante del conductor les devolvió. Aún así un joven policía de gafas oscuras no parecía conformarse y le pedía 60 meticais.  En el sur nos pidieron alguna vez el pasaporte pero nos lo devolvían sin más. Aquí, nos lo han pedido muchas veces (hay muchos controles seguidos sobre todo a la salida y entrada de las ciudades), y algunas veces se lo han llevado diciendo que tenían que hacer alguna comprobación, lo que indudablemente te pone de los nervios. No hemos dado dinero, que es lo que quieren, pero conseguían poner nerviosos a todos los viajeros y no sabemos si el conductor o el ayudante soltaron más dinero debido a nuestra presencia. Alguna vez sí nos preguntaron en las chapas antes de llegar al control si teníamos los pasaportes. Los catalanes que he citado antes sí tuvieron un rifi-rafe con la policía porque al parecer la chica en  la foto del pasaporte tenía pendientes que ahora no llevaba puestos y esto les daba una razón a los polis para intentar sacar una mordida.  Sin comentarios. La página web del gobierno español dice que en caso de que la policía te diga que has de pagar una multa por la razón que sea, uno no se enfrente a ellos y acepte pagarla pero les diga que desea hacerlo en comisaría. Decirlo es fácil, pero no sé si en la práctica será tan fácil insistir en que te lleven a comisaría a pagar. 

Reminiscencias indias en Ilha.
Aunque no sé la razón de porqué el conductor de la chapa de Nampula a Ilha no se atrevió a seguir hasta el control, supongo que ese día alguno de los policías que había en el control era especialmente cabrón, o que ese día los policías tenían orden de llevar a cabo el control más a rajatabla de lo habitual. El caso es que como bautismo en chapa en el norte de Mozambique la experiencia no estuvo mal. Como decía Dieguinho, “así tenéis algo que contar”.


Dhow al atardecer en Ilha de Moçambique








martes, 21 de enero de 2014

EL DOHW DEL SEÑOR JOÃO




Bahía de Inhambane






El dhow del señor João


A menudo olvidamos hasta qué punto dependemos de las fuerzas de la naturaleza y no somos conscientes de que somos nosotros quienes estamos a sus órdenes y no al contrario. En Inhambane decidimos dar una vuelta por la bahía en uno de los clásicos barcos a vela árabes que surcan el Índico desde Somalia a Mozambique. Estábamos charlando con una mozambiqueña de origen portugués que regenta una cafetería- restaurante en la estación de machibombos, nos comentaba que tenía una prima en Galicia y que había estado un año de vacaciones en Isla Cristina, cuando se nos ocurrió comentarle que tal vez sabría a quién podíamos acudir para que nos diese una vuelta en dhow por la bahía. Nos dijo que preguntásemos en el  puerto a cualquier pescador, pero que era más seguro pasear en barco en Tofo o Vilankulo, que ella había pasado más de un mal trago en esos barcos, que se llenan de agua…



Desde el barco del señor João

 Como si nos hubiesen leído el pensamiento al volver después de comer hacia nuestro hotel  y pasar por la marginal de Inhambane, un joven se ofreció a darnos una vuelta por la bahía en dhow. Aceptamos gustosas y todo fue de perlas, la mar estaba en calma, hacía un día espléndido y nos dejamos mecer por el vaivén del agua, acompañadas por  grupos de flamencos aquí y allí y por dhows de atareados pescadores. Como nos gustó la experiencia, nada de ruidos de motores, sólo el sonido del achicar agua y el viento, decidimos quedar otra vez con el capitán João y su ayudante para el domingo acercarnos a las islas dos porcos y de las ratas.
 

 
DHow de pescadores haciendo un descanso

 

Pero esta vez la cosa no fue tan bien. Debido a la marea baja, el  agua no acababa de llegar al barco por lo que el inicio de la excursión se iba posponiendo minutos y más minutos. Cuando por fin la marea empezó a subir y llegó al nivel de flotación del barco, hubo que esperar a izar la vela a estar fuera de la bahía y para llegar hasta ese punto se vieron obligados a mover el barco mediante la fuerza bruta, empujando una larga vara de bambú contra el fondo del mar. La mar estaba mucho más revuelta que el día anterior, y una vez desplegada la vela el barco se desplazaba
Flamencos en la bahía de Inhambane
veloz azuzado por olas que amenazaban empaparnos. Los flamencos sólo de vez en cuando abandonaban el agua y desplegaban sus alas con elegancia para volar en grupo un poco más allá. Posados en el agua sus cuellos semejaban interrogaciones, tal vez se preguntaran extrañados qué hacíamos un día como aquel  de paseo.








El viaje hasta las islas fue rápido, el viento soplaba a favor. Los
La costa de babor a la que nos llevaba el barco
problemas vinieron cuando emprendimos el camino de vuelta hacia las 14:30, ahí empezó el calvario. Una y otra vez con una tozudez desesperante, según llegábamos a Maxixe el viento volvía a empujarnos a babor. Cuando ya parecía que Inhambane estaba cerca, cuando casi se podía tocar con los dedos, nos estrellábamos contra un muro invisible de aire que nos empujaba otra vez hacia atrás. Íbamos en zig-zag de un lado a otro de la bahía. Cerca de Maxixe, el ayudante echaba el ancla y se servía  de la cuerda a la que va atada para, tirando de ella, intentar cambiar la dirección del barco. Bien, volvíamos hacia Inhambane. Pero al poco el barco se volvía a desviar hacia la costa de babor y otra vez a intentar direccionar bien el barco, en una ocasión bajando uno de ellos a tierra para intentar cambiar el rumbo. No conté cuántas veces lo intentó el señor João, muchas.

Siempre a babor
Ya pensaba que íbamos a pasar la noche  a la deriva en la bahía, que moriríamos de hipotermia. A veces el barco, a su rollo, se dirigía seguro a Maxixe. Inhambane estaba ahí, muy cerquita, pero inalcanzable. Parecía que João había decidido llevarnos a Maxixe. Bueno, ya cogeríamos allí el ferry, el último era a las 17:30. Pero no era eso lo que João tenía en mente. Nos pidió a todos que nos sentásemos en la proa y en tres o cuatro ocasiones cuando llegábamos a la corriente buena que nos llevaría a nuestro destino, esperaban la ráfaga de viento adecuada  y el  ayudante del capitán corría al mástil y tensaba la vela todo lo que podía, con el fin de encaminar el barco correctamente por fin. Incluso había momentos en que parecía que lo había conseguido y que el barco se rendía, bajaba las orejas y nos llevaba manso a Inhambane. Pero sólo era una ilusión, cuando más cerca parecía que estaba ya el puerto, el barco burlón viraba de improviso haciendo que nuestro cuerpo
Maxixe
temblara otra vez de frío, que una mueca de disgusto apareciese en nuestro rostro. Debido al fuerte oleaje, cuando mantenían el barco quieto en busca de la ráfaga buena, la embarcación se llenaba de agua que luego había que achicar con rapidez. Ni un momento de descanso. Apenas hablábamos. Ellos sílabas sueltas, nosotras ni eso.






Ya ha salido lal luna
Se hizo de noche y la marea volvió a bajar. Era esto lo que el señor  João estaba esperando, al parecer, como última posibilidad de desembarcar en Inhambane. Por eso, no nos había dejado en Maxixe, desde donde podríamos haber cogido el ferry. Según nos acercamos a Maxixe, volvieron a tensar la vela para dirigirnos lo más certeramente posible hacia el puerto y antes de llegar al punto en que el barco se había empeñado en virar a babor desbaratando nuestros deseos, tomaron la vara de bambú y vieron si podían tocar fondo. Con gran esfuerzo, João y su ayudante empezaron a acercar el barco a la ensenada  empujando con fuerza el bambú contra el  limo del fondo, recogiendo antes parte de la vela para amainar la fuerza del viento. Las olas eran fuertes y el barco a veces se viraba  a un lado peligrosamente. La luna llena hacía tiempo que había salido, estábamos entumecidas. Cada vez que uno de ellos se paraba un poco para descansar, el barco se les desviaba. Nosotras conteníamos el aliento. No sabíamos cómo ayudar, cómo hacernos más livianas.


Amanecer en la bahía de Inhambane


 Al final pudimos llegar a las traseras de la Casa del Capitaõ,  dejaron el dhow cerca del barco hundido y fuimos andando con el agua casi hasta las rodillas bordeando el  mencionado hotel  y el restaurante Comodoro hasta el embarcadero de al lado del Machibombo Bay,  nuestro hotel. Llegamos sanos y salvos, pero João y el ayudante entre el frío y el sudor se cogieron un catarro de aúpa. Había “ventanilha”, nos dijeron.








La marea no termina de subir. Imposible salir.


Sin duda, la “gallega” tenía razón. El mar no es para tomárselo a broma. ¿Qué malos tragos no pasarían antiguamente los marinos que surcaban estas aguas, en mar abierto, a veces realizando largas travesías, con la única ayuda de la vela, sin un motor que les ayudase en momentos como los que vivimos nosotras? Afortunadamente, en Vilankulo los dhows que te acercan a las islas del archipiélago de Bazaruto, todos tienen motor, que utilizan para que la travesía a la isla de Bazaruto no se haga pesada (hay como dos horas ulilizando en buena parte del trayecto el motor, si no lo utilizasen dependiendo del estado de la mar el viaje podría eternizarse), y que en caso de mala mar, sin duda garantiza que el viaje termine bien.

sábado, 7 de diciembre de 2013

YA TIENES TAREA PARA MAÑANA



Ejercicio de agudeza: ¿En qué ciudad sucede la trama? La respuesta al final.

Era perfectamente consciente de que estaba soñando.
Estaba acostada de lado en una posición normal, con las piernas ligeramente flexionadas, pero una pierna y parte del tronco parecían ir por libre, como si un hilo invisible tirara de ellos hacia arriba, flotaban en el aire y por muchos esfuerzos que hacía no conseguía que bajasen, parecían querer hacerme volar, aspirarme hacia arriba. No era agradable. El cerebro daba órdenes a la pierna para que bajase pero ésta no atendía a razones. Intentaba en sueños darme la vuelta para que esa pierna rebelde se viese obligada a reposar sobre el colchón. Inútil. Cuando por fin conseguí despertar me quede inmóvil durante largos minutos, tenía una sensación extraña, incluso llegué a tocarme suavemente la pierna para cerciorarme de que seguía intacta, de que no me pasaba nada. Por fin, me tranquilicé, sería uno de tantos posibles efectos nocivos del Lariam, los malos sueños.


 

Me desperecé y me dirigí al baño. Sentada en el retrete observé con impaciencia el Buda sedente que, rodeado de una composición de piedras en plan jardín zen, tenía mi casera sobre un armarito bajo a un lado de la bañera, justo frente a mí. No creo que Buda fuese así de gordo, pensé. “Ya tienes tarea para mañana: inspira, expira, inspira, expira”, fue lo que, al parecer, le dijo Buda a un discípulo ansioso de sus enseñanzas.  ¿Será esa filosofía de vida la que lo mantiene así de gordo?

Ganesh
No me duché. Me vestí descuidadamente y salí de la habitación. Pasé por el comedor sin ni siquiera mirar las madalenitas que Vera había dispuesto con cuidado sobre la mesa. Me dieron ganas de  tocar la campana con la figura del menino Ganesh que colgaba en la pared, al lado de uno de los cuartos. Tin-tin, tin-tin, me largo, hoy tengo algo que hacer: inspirar, expirar, inspirar, expirar.  Sonreí con desgana. 






 Abrí el primer candado con la  diminuta llave, y cuando iba a abrir el de fuera, el joven guardián, que venía corriendo no sé de dónde, se me adelantó y me abrió la puerta con un risueño  bon día. Apenas di dos pasos el perrito de los vecinos, como siempre, se acercó a todo meter ladrando como un descosido, y se empotró violentamente en la manta que sus dueños habían colocado alrededor del pequeño boquete de la alambrada, para que el chucho no se hiciese daño en uno de esos arranques en los que sin duda quería demostrar a sus dueños que como perro guardián valía tanto o más que esos perrotes peligrosos que tenían las otras casas de la manzana.  Con medio cuerpo fuera, ladraba y ladraba como un loco. Estoy segura de que no tenía nada contra mí, era sólo una forma de no perder su sustento. Tal vez él, como yo, también sentía como un desasosiego que le hacía dormir mal.
 

 






Calle Mao Tse Tung
Me dirigí a la Mao Tse Tung con alegría simulada, pensando en el pequeño perrito. Crucé con cuidado de no ser atropellada por algún automovilista somnoliento y torcí por la Vladimir Lenin. No era un día especialmente claro, parecía que iba a llover. Lamenté haber salido con tanta prisa, sin pensar ni en la temperatura que haría. En mi habitación sin ventana siempre acostumbraba a asomar el morro antes de terminar de vestirme, para decidir si llevar algo más de ropa o no. Descendí un rato por la Olof Palme y luego dirigí mis pasos hacia la Karl Marx. Mis pies parecían llevarme hacia el Museo de Arte, y llegué a doblar por la Ho Chi Min, pero enseguida me di cuenta que no tenía mucho sentido ir allí, eran sólo las nueve y hasta las once no abrían. Seguí entonces por la Ho Chi Min pero en sentido contrario al museo y descendí después por la Samora Machel hasta el Continental. Compré el periódico al joven que los vendía al lado de la puerta y me dispuse a tomarme un zumo, un café con leche y un buen pastel de nata. No era mala manera de intentar matar esa especie de pánico que no me abandonaba los últimos meses.

 

 

 
Calle Vladimir Lenin

El periódico decía que no se firmaría la cachimba de la paz, el partido en el gobierno y la oposición no se ponían de acuerdo, ya había habido varios civiles muertos. Los vecinos de Matola habían respondido a las pintadas tipo “estad preparados porque mañana vendremos con navajas y nos tendréis que dar todo lo que tenéis” de los violentos ladrones  que acostumbraban asediar el barrio un día sí y otro también, con carteles en los que decían esperarles con gasolina, neumáticos, y fuego. Cerré el periódico: lo mismo de siempre. No estaba triste exactamente; como más de una vez en estos últimos meses, tenía un día rojo. “Difícil encontrar una tienda como Tiffany’s en esta ciudad para ver si en mí también tienen un efecto tranquilizador”, pensé. Decidí probar con el museo de la moneda. Ni corta ni perezosa allí me dirigí sin pensarlo dos veces.

Museo de arte





 “¿Nacional o extranjera?”, me preguntó el recepcionista del museo. Me quedé anonadada, no por la pregunta, soy blanca pero sin duda no me diferencio en nada del tipo físico portugués, sino por el traje que llevaba el joven: pantalón blanco inmaculado,  camisa blanca impoluta con decoraciones estilo Elvis Presley, zapatos relucientes. Tal vez había acertado con mi Tiffany’s particular: un buen portero para poner en la antesala de un día en el que buscaba sino felicidad, por lo menos serenidad.


Billete de 50 trillones de dólares de Zimbabue
Me dirigí directamente a la sala que me interesaba. No tardé mucho en verlo: cincuenta trillones de dólares. En un único billete. Me dio la risa. Pobre gente de Zimbabue, un billete de cincuenta trillones de dólares que ayer valía para comprar una moto, hoy unos zapatos, mañana como mucho para comprar el pan y pasado mañana tal vez ni para limpiarse el culo. Ese sencillo billete de repente me hizo relativizar mis angustias.  ¿Qué más daba si perdía el trabajo? ¿Qué me daban a cambio de mis esfuerzos y desvelos? ¿Cuatro papeles impresos que guardaba como una hormiguita en un banco para cuando tuviese tiempo de disfrutarlo? Porque ahora tiempo, lo que es tiempo no tenía. ¿Cifras impresas en una cartilla de la que en cuanto quisieran los gobernantes me harían una quita? Una quita absolutamente legal, eso sí. ¡Que les den! Tengo que olvidarme del tema, si me quedo en el paro dios, Buda, Ganesh o la RGI proveerán. Salí del museo con ánimo renovado. Me voy a dar un homenaje, hoy iré a comer a Río o alguno de los restaurantes de la calle Julius Nyerere: queso del Alentejo, unas almejas, unas aceitunitas, paté de atún… Voy a disfrutar por fin de mis vacaciones. Tenía razón Buda, he de aprender a distinguir lo fundamental de la vida de lo superfluo. A partir de ahora el trabajo, los convencionalismos sociales, los deberes que la clase dominante me impone para favorecer sus propios intereses en vez de los míos… los voy a dejar en un segundo plano y voy a darme toda la prioridad, voy a ocuparme de mí misma, de vivir. Voy a sacar a mi hijo del comedor escolar, comeré con él todos los días,  tal vez aprenda a pintar acuarelas, voy a bajar del camarote aquella guitarra que hace no sé cuanto que no toco, pienso desayunar a diario en una cafetería, siempre con un bollo, como he hecho hoy, hasta que se me acaben todos los ahorros. Y voy a volver a ser consciente de mi misma y de toda la belleza que me rodea, de los
Día de boda. Maputo.
días grises, y de los azules luminosos, de los vuelos bajos de los gorriones y del canto vespertino del ruiseñor, de la luna en cuarto menguante y de un cielo estrellado, de una noche de tormenta y de un paseo cubierto de hojas de otoñales colores… Dejaré de mirar el pronóstico del tiempo en la pantalla del móvil y volveré a aprender a observar el cielo: inspirar, expirar, inspirar, expirar.


Respuesta: otupaM







 
 

 



jueves, 7 de noviembre de 2013

Viaje en chapa



Ilha de Magaruque, el mejor sitio para caerse en azul.



O machibombo


Vilankulo
Lunes, siete de la mañana,
música disco a todo volumen,
hip-hop,
gafas oscuras esconden los ojos
del joven cobrador.
 

Hombros arriba y abajo,
imposible no seguir el ritmo,
baila, baila en la playa,
los panes en las rodillas, el chiquillo.



Atrás queda ya Inhambane.
Y hay más paradas, más viajeros,
Isla de Bazaruto
¿dónde los meteremos?



Posturas imposibles
de piernas y brazos confusión,
protestas por lo bajinis,
ni en un circo tal contorsión.



Le zumba el perrengue,
refunfuña alguien,
aquí nos ponen a todos los grandes,
estrecha a bunda, a ver si cabes.


Curvados como podemos,
de mingaladera,
unos encima de otros,
si no te da una sirimba, contenta.

 

Tofo (Mozambique)
Pon en mis rodillas tu bolso,
-quién dice bolso, motosierra-.
Trae, yo te ayudo con el niño.
Solidaridad viajera.
(La mujer grávida, mientras,
hecha un ocho,
permanece impávida,
ni una queja.)



Impertérritos también os meninos,
de aquí para allá maleados,
Chavales de Inhambane
como si nada,
sin mudar el semblante,
¡cobradore, paragem!

Ya ni un hueco dentro queda
-dice el cobrador, ¡ve afuera!
Engánchate a la puerta
como puedas.
Blancas de los dedos las yemas.

La gente los mira sorprendida.
É arriscar a sua vida!
Vuelven la cara hacia atrás.
¿Seguirá ahí? ¿Caído habrá?

No me lo negarán,
es divertido.
Así  se viaja
en Mozambique, amigo.