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martes, 3 de abril de 2012
Con la música a otra parte
A veces cuando estás fuera de tu país oír música en español o música que de una manera u otra está ligada a algún momento de tu vida hace que te sientas a gusto, como en casa.
En Ouagadougou un día fuimos a coger un autobús a la estación de una de las compañías, no recuerdo cuál. El garaje estaba un poco lejos del centro, en un barrio de calles a medio asfaltar todas iguales, y era fácil despistarse y pasarse de largo de la estación. Entonces, si antes no te habías decidido tú a preguntar, alguno de los jóvenes que estaban apostados a la entrada de las tienduchas de la calle que ya te habían visto pasar dos o tres veces por delante te ofrecían ayuda:
-"Bonjour, bonjour (los burkinabes dicen tantos bonjour como personas tengan que saludar), ¿podemos ayudaros en algo?.
Cuando por fin encontramos la estación, ésta no era nada más que un garaje de piso sin asfaltar al aire libre, totalmente enfangado si había llovido recientemente o polvoriento en caso de que el sol ya hubiese secado el agua de lluvia de la noche anterior. En un edificio de adobe se encontraba la taquilla, y para que la gente esperase su autobús había una serie de ocho o nueve filas de bancos corridos con un pasillo en medio de cara a la esplanada en donde se paraban los vehículos. Una tejavana protegía a los viajeros de una posible tormenta intempestiva. Mujeres, hombres y niños rodeados de bultos comían algunos plátanos o cosas por el estilo para hacer la espera más amena. Nos sentamos entre ellos y nos dispusimos a esperar. Y, de repente, por el altavoz de la sala de espera empezamos a escuchar a buen volumen a Luz Casal cantando "Piensa en mí, cuando sufras..."
En el viaje de Ouagadougou a Gaoua el autobús llevaba alegre música de Costa de Marfil a todo volumen, al ritmo de tum-tak taka-tum-tak-tak. Estoy oyendo ahora mismo la canción "On veut du soleil" de Lokua Kanza y usa ese mismo ritmo como sonido base, aunque la canción no es tan discotequera como las que nos pusieron en ese viaje de unas nueve horas del que nuestros tímpanos salieron indemnes no se sabe cómo. En alguna de las canciones el estribillo repetía la palabra "caliente" en un claro castellano.
Por otra parte, en Po, cerca de la frontera con Ghana, nos hospedamos en un campamento bastante básico, regentado por un hombre de hablar bronco y aspecto rudo aunque inofensivo que tenía música de esa que uno no sabe si situar en África o en el Caribe, música garifuna ( www.realworldrecords.com/aurelio ) o rumba congoleña, algo así. Acompañaba muy bien al ambiente general ocioso, tormentoso y campestre del lugar. A mi mente vino una canción que está desde entonces en mí ligada a ese lugar... "Cuando la tarde languidece y renacen las sombras, y en la quietud los cafetales vuelven...". De repente te asalta como una nostalgia de tardes infantiles en países tropicales que nunca has vivido, pero que esta preciosa canción, oída y cantada hasta la saciedad de pequeña, tiene el poder de evocar. Había algo en la música de ambiente de aquel modesto campamento que no me era del todo ajeno. A cinco mil kilómetros de casa, en un país que la mayoría de mis conciudadanos ni siquiera saben que existe, de repente todo me era familiar. No sé si se me entiende.
Cuatro de la madrugada en Niamey. Hemos quedado con un taxista para que nos lleve a la estación para coger un bus a Tahoua. Cuando llegamos todo está oscuro como boca de lobo. Hay una televisión grande retransmitiendo un film de vídeo de esos espantosos repletos de escenas violentas en los que nadie entiende la trama. Ya había algunos viajeros somnolientos como en stand by. Un joven de la compañía se nos aproximó para que le diésemos las mochilas. En Níger te facturan las maletas como si fueses a subir a un avión. Con tiza o con alguna pegatina ponen a donde va cada maleta y el teléfono móvil del dueño (Ahí fue cuando decidimos empezar a llevar el teléfono móvil en nuestros viajes: hacíamos el ridículo más espantoso cuando en Níger, uno de los países más subdesarrollados del mundo, nos pedían el móvil y les decíamos que no teníamos). Tras una hora larga nos subimos al autobús y al poco uno de los currelas nos ofreció una bolsita de leche pasterizada y un bollo: el desayuno. En algunos viajes es costumbre en Níger regalar al viajero con este desayuno que la verdad es que se agradece. Debido a las tempraneras horas en las que estábamos el conductor puso música suave que poco a poco no podías evitar tararear: "Ti amo, ti aamo..." ¿Cómo se llamaba el cantante italiano aquel? ¡Uno a veces sin querer viaja también en el tiempo!
Sin salir de Níger, pero más al sur, en Zinder, cerca de la frontera con Nigeria, estábamos echando la siesta en nuestra habitación del hotel Damagaran creo que se llamaba, escuchando la radio, como siempre. Teníamos sintonizado un programa de radio tipo "los Cuarenta principales". El locutor, muy animoso, presentaba las canciones con gracia, en un tono alegre y dicharachero que contagiaba. En esto que empezamos a escuchar "niña aa....dulce niña aa". Durante toda la canción estuvimos barajando distintos nombres de grupos españoles hasta que el locutor aclaró nuestras dudas: ¡¡¡Los CAÑOS!!!
A veces la música que oyes no es en español pero de una u otra manera está ligada a tu vida. En Mali, por ejemplo, en el minibus que nos llevó de Mopti a Djené nos pusieron una cinta de música egipcia que Aïd, el egipcio que me dio clases de árabe durante una temporada, solía tener puesta en su casa y me había grabado: "li-anti habiba sadiqi...". ¿Alguien se extraña de que vuelva una vez y otra a África? Siempre hay alguna música muy mía que parece decirme: no estás en el extranjero, estás aquí, donde te corresponde.
En otros lugares del mundo también me he sentido un poco así, de todas formas, solo que menos.
En Omán fuimos algún que otro día a la playa y en una de las cafeterías de la playa de Qurm (de una marca muy conocida pero que no quiero publicitar, porque es del estilo tú te lo haces todo y luego nos pagas por un té como si te hubiesemos servido un almuerzo completo y en cubertería de plata), una camarera filipina se dirigió a nosotras al oírnos decir algún número. Al parecer en tagalo los dicen cómo en español. Salió luego a la terraza a hablar un rato con nosotras y después puso música de Compay Segundo: "Caminando voy para ..... el cariño que te tengo, nunca lo podré olvidar"
También en Malaca (Malasia) fuimos a comer a un restaurante del centro y no sé si nos oyeron hablar español o fue casualidad pero el caso es que almorzamos acompañadas por Machín: "Dos gardenias para ti, con ellas quiero decir...".
sábado, 18 de febrero de 2012
Escarificaciones y otras decoraciones corporales
Que al ser humano le gusta adornarse es de todos sabido. Nos gusta embellecer nuestro cuerpo, lo pintamos, lo agujereamos, lo tatuamos o grabamos sobre él.
Antes de ir a Burkina Faso leí en una guía que hoy en día ya no se hacen apenas escarificaciones, sin embargo es bien fácil ver este tipo de adorno corporal no sólo en gente de cierta edad sino también en jóvenes y niños. En Burkina y Níger es bastante habitual y también se ve con frecuencia en el sur de Etiopía. En general las escarificaciones consisten en finas lineas grabadas en cualquier parte del cuerpo -aunque las más fácilmente visibles para el viajero son las del rostro, claro- que no parecen haber causado mucho dolor al portador cuando se las hicieron. No resultan excesivamente llamativas e incluso pueden pasar desapercibidas. En Niamey, sin embargo, coincidimos con un taxista que tenía la cara absolutamente llena de rayas en todas direcciones, lo que le daba un aspecto un tanto carcelario. En Níger es habitual un tipo de escarificación que nosotras llamábamos de gato, ya que consiste en unas lineas a ambos lados de la boca a modo de bigotes de gato. Lo vimos en personas de todas las edades. Cuando están serios parecen sonreir, y cuando sonríen adquieren un aspecto un tanto siniestro. Aluciné cuando un par de años después acudí a una exposición de
arte ife de la antigua Nigeria en la Fundación Botín en Santander (España) y me encontré con que en las terracotas y bronces nigerianos de los siglos XII y posteriores aparecían con frecuencia representados estos bigotes de gato, que según los expertos al parecer aludían al carácter extranjero de la persona que los portaba. Bien, pues todavía se pueden ver en personas de carne y hueso.
No hace falta ir a Africa para ver escarificaciones, entre los africanos que viven con nosotros hay quien tiene estas marcas. Yo se las he visto a un par de chicos, ambos nigerianos.
He leído todo tipo de explicaciones para aclarar el origen de esta costumbre. En cierta ocasión leí que en la época del comercio esclavista hacia América estas marcas les servían a la gente para reconocer a las personas de la misma zona o etnia. Y ultimamente leí en un libro de Naipaul que en Nigeria, cuando en una familia un niño había muerto al poco de nacer, al siguiente niño que nacía se le hacían estas marcas para asustarle y conseguir así que no se atreviese a marcharse como el otro. También he leido que con la edad estas suaves marcas pueden difuminarse y ser apenas perceptibles.
Si bien la mayoría de las escarificaciones que he visto consisten, como he dicho, en finas lineas que no parecen haber producido dolor, en algunas ocasiones se ven auténticos tajazos al lado de los ojos, entre los rimabei de Burkina por ejemplo, o grupos de heridas cicatrizadas en pequeños -o no tan pequeños- bultitos, comunes entre los mursis y otras etnias del sur de Etiopía, que seguro fueron dolorosas.
Aparte de las escarificaciones, otra costumbre que puede resultar curiosa es la de embadurnar todo el cuerpo, pelo incluido, con una mezcla de barro o tierra roja y manteca. Este uso es caracteristico de las hamer de Etiopía y de las himba de Namibia y Angola. Otra vez una costumbre idéntica en países muy lejanos. Además, en ambas etnias acostumbran decorar la cabeza con barro. Los hombres hamer se hacen una especie de casquetes de barro que les sirven de peinado, y las mujeres himba recubren su largo pelo con arcilla y para rematar el peinado sujetan supongo que con el mismo barro unos cueros en forma de uve en lo alto de la cabeza, que seguro hacen que el sol no les pegue tan fuerte. En efecto, desde mi punto de vista, en ambos casos, el objetivo primero de estos originales peinados no habría sido sino el de procurarse protección continua contra el sol, en zonas donde éste pega fuerte y en culturas en las que la vida transcurre practicamente integramente en la calle, al testerón del sol todo el día. A esto mismo se debería sin duda el que embadurnen todo su cuerpo con este barro rojizo. Por otra parte los hombres
hamer acostumbran pintarse de blanco las pantorrillas o la pierna entera según graciosos diseños, de modo que parece que llevan leotardos. No sé si esto les protegerá contra las picaduras de los mosquitos y el sol o es por pura estética, pero me inclino a pensar que el objetivo primordial no es la belleza.
En Mali, por ejemplo se ve alguna gente que tiene los dientes afilados, todos en punta, en plan drácula. En teoría es por estética, pero tras dos o tres viajes a esa zona y comprobar que me resultaba tremendamente díficil conseguir desprender del hueso la carne de pollos viejos cocinados con carbón a fuego tan lento que nunca llegaba a reblandecerse, llegué a la conclusión de que tal vez se afilaban los dientes para poder desgarrar la carne con mayor facilidad. Entre las himba también es habitual que se les quiten de pequeñas los dos dientes inferiores centrales. Al parecer cierta enfermedad provocada por la deficiente alimentación hace que se hinche la boca de los niños. Esto hace la ingestión de alimentos muy dificultosa y, por eso, se les quitaba los dientes inferiores, para poder alimentarlos. Hoy en día no creo que esto sea un problema habitual, pero seguramente ya se han acostumbrado a verse así y lo consideran un rasgo cultural, olvidada ya la razón que les llevó a empezar a practicar la extracción de los dientes.
Otras veces nos da por hacernos agujeros y meter en ellos diferentes objetos. Los mursis de Etiopía se ponen en orificios en las orejas platitos de cerámica o madera. En el caso de las mujeres se abre también un orificio a lo largo del labio inferior, dejando éste colgando cuando no es sujetado por estos platitos. En el país Lobi (Burkina) vimos a una mujer ya añosa que tenía en el labio inferior y sobre el superior incrustados una especie de pequeños tapones. Narcisse nos comentó que hoy en día este tipo de adorno corporal ya no se utiliza en absoluto.
La verdad es que los seres humanos somos bastante interesantes.
| Mujer rimabei (Burkina) |
Que al ser humano le gusta adornarse es de todos sabido. Nos gusta embellecer nuestro cuerpo, lo pintamos, lo agujereamos, lo tatuamos o grabamos sobre él.
Antes de ir a Burkina Faso leí en una guía que hoy en día ya no se hacen apenas escarificaciones, sin embargo es bien fácil ver este tipo de adorno corporal no sólo en gente de cierta edad sino también en jóvenes y niños. En Burkina y Níger es bastante habitual y también se ve con frecuencia en el sur de Etiopía. En general las escarificaciones consisten en finas lineas grabadas en cualquier parte del cuerpo -aunque las más fácilmente visibles para el viajero son las del rostro, claro- que no parecen haber causado mucho dolor al portador cuando se las hicieron. No resultan excesivamente llamativas e incluso pueden pasar desapercibidas. En Niamey, sin embargo, coincidimos con un taxista que tenía la cara absolutamente llena de rayas en todas direcciones, lo que le daba un aspecto un tanto carcelario. En Níger es habitual un tipo de escarificación que nosotras llamábamos de gato, ya que consiste en unas lineas a ambos lados de la boca a modo de bigotes de gato. Lo vimos en personas de todas las edades. Cuando están serios parecen sonreir, y cuando sonríen adquieren un aspecto un tanto siniestro. Aluciné cuando un par de años después acudí a una exposición de
| Bronce ife con bigotes de gato |
No hace falta ir a Africa para ver escarificaciones, entre los africanos que viven con nosotros hay quien tiene estas marcas. Yo se las he visto a un par de chicos, ambos nigerianos.
| Mujeres hamer |
He leído todo tipo de explicaciones para aclarar el origen de esta costumbre. En cierta ocasión leí que en la época del comercio esclavista hacia América estas marcas les servían a la gente para reconocer a las personas de la misma zona o etnia. Y ultimamente leí en un libro de Naipaul que en Nigeria, cuando en una familia un niño había muerto al poco de nacer, al siguiente niño que nacía se le hacían estas marcas para asustarle y conseguir así que no se atreviese a marcharse como el otro. También he leido que con la edad estas suaves marcas pueden difuminarse y ser apenas perceptibles.
Si bien la mayoría de las escarificaciones que he visto consisten, como he dicho, en finas lineas que no parecen haber producido dolor, en algunas ocasiones se ven auténticos tajazos al lado de los ojos, entre los rimabei de Burkina por ejemplo, o grupos de heridas cicatrizadas en pequeños -o no tan pequeños- bultitos, comunes entre los mursis y otras etnias del sur de Etiopía, que seguro fueron dolorosas.
| Mujer Himba |
Aparte de las escarificaciones, otra costumbre que puede resultar curiosa es la de embadurnar todo el cuerpo, pelo incluido, con una mezcla de barro o tierra roja y manteca. Este uso es caracteristico de las hamer de Etiopía y de las himba de Namibia y Angola. Otra vez una costumbre idéntica en países muy lejanos. Además, en ambas etnias acostumbran decorar la cabeza con barro. Los hombres hamer se hacen una especie de casquetes de barro que les sirven de peinado, y las mujeres himba recubren su largo pelo con arcilla y para rematar el peinado sujetan supongo que con el mismo barro unos cueros en forma de uve en lo alto de la cabeza, que seguro hacen que el sol no les pegue tan fuerte. En efecto, desde mi punto de vista, en ambos casos, el objetivo primero de estos originales peinados no habría sido sino el de procurarse protección continua contra el sol, en zonas donde éste pega fuerte y en culturas en las que la vida transcurre practicamente integramente en la calle, al testerón del sol todo el día. A esto mismo se debería sin duda el que embadurnen todo su cuerpo con este barro rojizo. Por otra parte los hombres
| Joven hamer con peinado típico |
En Mali, por ejemplo se ve alguna gente que tiene los dientes afilados, todos en punta, en plan drácula. En teoría es por estética, pero tras dos o tres viajes a esa zona y comprobar que me resultaba tremendamente díficil conseguir desprender del hueso la carne de pollos viejos cocinados con carbón a fuego tan lento que nunca llegaba a reblandecerse, llegué a la conclusión de que tal vez se afilaban los dientes para poder desgarrar la carne con mayor facilidad. Entre las himba también es habitual que se les quiten de pequeñas los dos dientes inferiores centrales. Al parecer cierta enfermedad provocada por la deficiente alimentación hace que se hinche la boca de los niños. Esto hace la ingestión de alimentos muy dificultosa y, por eso, se les quitaba los dientes inferiores, para poder alimentarlos. Hoy en día no creo que esto sea un problema habitual, pero seguramente ya se han acostumbrado a verse así y lo consideran un rasgo cultural, olvidada ya la razón que les llevó a empezar a practicar la extracción de los dientes.
| Narcisse con su "abuela" |
Otras veces nos da por hacernos agujeros y meter en ellos diferentes objetos. Los mursis de Etiopía se ponen en orificios en las orejas platitos de cerámica o madera. En el caso de las mujeres se abre también un orificio a lo largo del labio inferior, dejando éste colgando cuando no es sujetado por estos platitos. En el país Lobi (Burkina) vimos a una mujer ya añosa que tenía en el labio inferior y sobre el superior incrustados una especie de pequeños tapones. Narcisse nos comentó que hoy en día este tipo de adorno corporal ya no se utiliza en absoluto.
| Joven hamer |
| Joven himba |
sábado, 4 de febrero de 2012
Arquitectura burkinabe
Uno de los motivos que me llevó a viajar por primera vez al África
subsahariana fue la arquitectura, la arquitectura de estilo sudanés. Desde no recuerdo cuándo soñaba con ver algun día las mezquitas de Djenné, Bobo Dioulasso, Agadez o Tombuctú. Y no me decepcionaron. Parece mentira que construidas en barro hayan podido pervivir tanto tiempo, algunas durante siglos, tan hermosas, tan actuales. Parecen la obra de algún moderno arquitecto, de un Gaudí malí o burkinabe. Tienen una sencillez que abruma y emociona. Cuando llueve, el barro cae a chorros por las paredes y uno teme que como una tarta de chocolate bajo el sol la mezquita vaya derritiéndose y acabe convirtiéndose en un montón de tierra informe más oscura que el suelo y nada más, uno parece estar ante un ser vivo.
Pero una vez que conseguí viajar a África descubrí otras maravillas arquitectónicas insospechadas. Por ejemplo, las sukalas burkinabes del País Lobi. Son casas de barro sin ventanas al exterior al modo que las entendemos nosotros, sólo tienen una pequeña puerta por la que hay que entrar agachado y una serie de orificios en el techo, como chimeneas que permiten al que esté dentro de la casa salir a la terraza de encima del edificio. El hueco es lo suficientemente grande como para que uno esté de pie sin ser visto desde la terraza -lo que viene muy bien para cambiarse de ropa-. Un capuchón grande de paja o cerámica como una especie de gran cesta cónica, permite que en caso de lluvia se pueda tapar el agujero. Uno de los días que nosotras dormimos en una de estas sukalas llovió y la verdad es que no pasó practicamente nada de agua. El interior de la casa es oscuro y suele estar lleno de humo para protegerse de los mosquitos y la malaria que en esta zona es muy frecuente. Dentro se duerme
compartiendo cama (suelo) con gallinas y cabritillos pero la vida se hace en el patio exterior, donde también se cocina, o en la terraza. Para subir a ésta no es necesario entrar en la casa, sino que una escalera tallada en el tronco o rama gruesa de un árbol -exactamente igual que las escalera del pais dogón- apoyada en la pared nos permite acceder sin problemas. El motivo de estas extrañas construcciones era al parecer defenderse de los animales salvajes, antiguamente abundantes, y de otros posibles enemigos.
También con esta función defensiva están construidas las casas del País Kasena (Burkina y Ghana). También de barro, tienen una minúscula puerta mucho más pequeña que la de las sukalas y, además, nada más entrar tienes que superar un pequeño altillo de barro, no muy alto, pero incómodo, ya que no hay apenas espacio y estás encorvada, y luego girar a la izquierda para, tras sortear otro altillo de barro, pasar por otra pequeña abertura a la estancia principal de la casa. Si algún animal quería entrar lo tenía seriamente dificil y si era otro el incómodo visitante, los ocupantes de la casa tenían tiempo para coger las armas e intentar defenderse. El enemigo no tenía otro remedio que agachar su cabeza y encorvar todo su cuerpo para entrar, con lo que la ventaja era para los ocupantes legítimos de la casa. Estas edificaciones tampoco tienen ventanas y duermen en el suelo o en camas de obra hechas con el mismo barro. En el País Kasena además tienen la costumbre de pintar las fachadas de sus casas con dibujos geométricos en tonos ocres, rojizos o negros. Se suelen agrupar varias casas supongo que de familiares formando un conjunto atractivo. A las gallinas las tienen en pequeñas construcciones de barro a ras de suelo con dos agujeros para que salgan y entren a su antojo.
Un motivo más para acercarse a Burkina Faso, uno de los países más acogedores que he conocido.
| Mezquita de Bobo Dioulasso |
subsahariana fue la arquitectura, la arquitectura de estilo sudanés. Desde no recuerdo cuándo soñaba con ver algun día las mezquitas de Djenné, Bobo Dioulasso, Agadez o Tombuctú. Y no me decepcionaron. Parece mentira que construidas en barro hayan podido pervivir tanto tiempo, algunas durante siglos, tan hermosas, tan actuales. Parecen la obra de algún moderno arquitecto, de un Gaudí malí o burkinabe. Tienen una sencillez que abruma y emociona. Cuando llueve, el barro cae a chorros por las paredes y uno teme que como una tarta de chocolate bajo el sol la mezquita vaya derritiéndose y acabe convirtiéndose en un montón de tierra informe más oscura que el suelo y nada más, uno parece estar ante un ser vivo.
| Orificio por el que se accede desde la terraza a la casa |
Pero una vez que conseguí viajar a África descubrí otras maravillas arquitectónicas insospechadas. Por ejemplo, las sukalas burkinabes del País Lobi. Son casas de barro sin ventanas al exterior al modo que las entendemos nosotros, sólo tienen una pequeña puerta por la que hay que entrar agachado y una serie de orificios en el techo, como chimeneas que permiten al que esté dentro de la casa salir a la terraza de encima del edificio. El hueco es lo suficientemente grande como para que uno esté de pie sin ser visto desde la terraza -lo que viene muy bien para cambiarse de ropa-. Un capuchón grande de paja o cerámica como una especie de gran cesta cónica, permite que en caso de lluvia se pueda tapar el agujero. Uno de los días que nosotras dormimos en una de estas sukalas llovió y la verdad es que no pasó practicamente nada de agua. El interior de la casa es oscuro y suele estar lleno de humo para protegerse de los mosquitos y la malaria que en esta zona es muy frecuente. Dentro se duerme
| Interior de una Sukala |
| Casa típica del País Kasena |
También con esta función defensiva están construidas las casas del País Kasena (Burkina y Ghana). También de barro, tienen una minúscula puerta mucho más pequeña que la de las sukalas y, además, nada más entrar tienes que superar un pequeño altillo de barro, no muy alto, pero incómodo, ya que no hay apenas espacio y estás encorvada, y luego girar a la izquierda para, tras sortear otro altillo de barro, pasar por otra pequeña abertura a la estancia principal de la casa. Si algún animal quería entrar lo tenía seriamente dificil y si era otro el incómodo visitante, los ocupantes de la casa tenían tiempo para coger las armas e intentar defenderse. El enemigo no tenía otro remedio que agachar su cabeza y encorvar todo su cuerpo para entrar, con lo que la ventaja era para los ocupantes legítimos de la casa. Estas edificaciones tampoco tienen ventanas y duermen en el suelo o en camas de obra hechas con el mismo barro. En el País Kasena además tienen la costumbre de pintar las fachadas de sus casas con dibujos geométricos en tonos ocres, rojizos o negros. Se suelen agrupar varias casas supongo que de familiares formando un conjunto atractivo. A las gallinas las tienen en pequeñas construcciones de barro a ras de suelo con dos agujeros para que salgan y entren a su antojo.
Un motivo más para acercarse a Burkina Faso, uno de los países más acogedores que he conocido.
sábado, 7 de enero de 2012
De cine
De cine
Viajar es
algo más que ver monumentos de corrido e ir tachando los lugares de interés que
pone en las guías. Tan gratificante o más que eso resulta sumergirse en un
mercado, intentar comprar unos huevos cocidos en el idioma local, dejarse
invitar a beber un té o… ir al cine.
En India
la experiencia de ir un día al cine merece la pena. Fuimos en Jaipur al cine
Raj Mandir que sólo por su arquitectura interior merece la pena visitar, pero
sin duda lo mejor fue observar a la gente y la película en sí. Ésta era un film
de Bollywood de tres horas de duración con un intermedio en medio. Pero como en
las películas los indios acostumbran hacer números de baile y demás no resulta
aburrido. En ese cine hay varias salas: esmeralda, rubí, diamante y perla.
Nosotras fuimos a la mayor, la sala esmeralda, que creo tenía cabida para unas
900 personas y era donde se juntaban principalmente las familias. Otras salas
son más íntimas, pero en India teniendo en cuenta lo sobones que son los
hombres consideramos más acertado ir a la sala familiar. Van las familias
enteras con niños incluso de tres años que cuando lloran son atendidos
normalmente por los hombres. La gente que está en el cine parece tener un nivel
económico superior a la gran mayoría de los indios, aunque están tan delgados
que cuando pasan con sus niños por delante de la pantalla ni molestan, sólo se
ven unas rayas andantes con anillo brillante. Para coger los tickets para la
sala esmeralda hay dos ventanillas, una para mujeres y otra para hombres. La
entrada es bastante cara para ellos.
La
película era una parábola de la relación entre India y Pakistán, perfectamente
comprensible aunque no supieses hindi. Dos hermanos gemelos se ven separados
durante un bombardeo en la antigua guerra entre ambos países. Uno de ellos se
pierde y es recogido y educado por una familia pakistaní. Ambos hermanos,
luchan sin saberlo cada uno en un bando. Finalmente al descubrir que son
hermanos acaban ayudándose, el indio ayuda a evitar el complot para atentar
contra el avión del presidente de Pakistán y el pakistaní hace algo similar. Al
final de la película se abren las fronteras y grupos de pakistaníes se abrazan
con sus hermanos hindustaníes al son de una canción patriótica. En ese momento,
así como cuando el pakistaní llama bhai (hermano) al hindustaní, la gente que
estaba viendo el film aplaudió a rabiar. Dejando a un lado el argumento
principal, el film era una mezcla de historia de amor, violencia en plan
gracioso, gags tipo coche fantástico, canciones y bailes. La salida del cine
fue espectacular con tanta gente negociando a la vez el precio de un rickshaw.
Ese día
que fuimos al cine en Jaipur era domingo por la mañana y estaba a tope. En
Burkina Faso, sin embargo, fuimos el sábado a la sesión de las 20:30 y el cine
también se llenó. En Burkina, como en India, el cine es toda una institución,
allí se celebra cada dos años uno de los festivales más importantes de África.
Fuimos al cine Burkina de Ouagadougou a ver “El amor
todavía es posible”, de un director burkinabe. La gente va con sus mejores galas, bien vestidos, peinados y perfumados, aunque hay de todo, claro. La película ha empezado a la hora prevista y se han reído tanto que a veces saltaban de sus asientos. El tema era universal y se entendía muy bien aunque la película era en francés: viejo de buen nivel económico se lía con jovencita que ha dejado de creer en el amor y busca solo dinero. Algunos espectadores se anticipaban a la conversación que iban a tener los actores:
| Mirando la cartelera en un cine de Gorom Gorom |
todavía es posible”, de un director burkinabe. La gente va con sus mejores galas, bien vestidos, peinados y perfumados, aunque hay de todo, claro. La película ha empezado a la hora prevista y se han reído tanto que a veces saltaban de sus asientos. El tema era universal y se entendía muy bien aunque la película era en francés: viejo de buen nivel económico se lía con jovencita que ha dejado de creer en el amor y busca solo dinero. Algunos espectadores se anticipaban a la conversación que iban a tener los actores:
-¿Dónde has estado? - le preguntaba la actriz al actor sospechando que su
marido tenía un lio.
-En la oficina. -contestaban anticipándose al actor varios de los
espectadores, que sin duda se habían visto en el mismo brete más de una vez.
Finalmente
el viejo vuelve con su mujer a la que quería mucho y la joven encuentra el
amor. La mujer va más de una vez donde el marabú para que le dé pociones, le
tire los cauris o le recite unos salmos coránicos que le ayuden a recuperar a
su marido. La gente se ríe mucho cuando el marabú recita unos salmos coránicos
en plan gracioso. Las jóvenes aplaudieron mucho al final de la película cuando
el consejero musulmán les dice a los hombres que hay que respetar a la mujer,
que es quien nos da la vida y tal y cual. Las chicas de la sala aplaudieron y
gritaron bravo.
Fuimos a
ver la película al final del viaje a Burkina y resultó muy curioso ver mucho de
lo que has ido viviendo durante un mes reflejado en la pantalla: los autobuses
de la Sogebaf, el saludo de los jóvenes al estilo negro americano, que tras
darse la mano suavemente, chascan los dedos para después chocar los puños, el
saludo más serio de los musulmanes que se llevan la mano al corazón, el de los
que cruzan los brazos delante de la tripa y agachan la cabeza (este lo vimos
sólo un par de veces, suponemos que es más típico de las zonas rurales o de
determinada etnia), el hotel Ran, los taxis verdes, los maquis café, el mercado
de frutas y verduras, las motos, etc.
En Omán
también nos decidimos un día a ir al cine. un d En cartelera había diversas opciones tanto en inglés como en
lenguas del subcontinente indio. Nos decidimos por una peli india. Cuando
fuimos a comprar la entrada todos nos decían que había films en inglés, que
fuésemos a ver una peli en inglés, pero, desgraciadamente no les hicimos caso.
La película era en alguna lengua del sur de la india, bengalí o así, pero no
había porqué preocuparse ya que estaba subtitulada en árabe y urdu o algún otro
idioma indio. A pesar de que la peli era sumamente violenta, en la sala, que no
se llenó, había niños menores de 12 años. Creo que todos los espectadores eran
indios o pakistaníes. Al principio dije: a vale, ya sé de qué va, un hombre ha
matado a su mujer en presencia de su hijo de unos 7 años, así que éste, claro,
ahora ingresa en una especie de escuela de artes marciales para aprender a
luchar y luego vengar la muerte de su madre. Eso parecía pero a partir de ahí
estuve perdida las tres horas que duró la peli, no tengo ni idea de lo que
pasaba. Eran como unas mafias que luchaban unas contra otras con gran
violencia, poco más puedo decir. Los hombres iban vestidos con unas
faldas-pareo largas que de vez en cuando se recogían ayudándose del pie por
detrás para empujar la falda hasta la altura de la mano y finalmente con ésta
sujetarse un extremo de la falda en la cintura, de forma que, al quedar las
piernas al aire, tuviesen más facilidad de movimientos. Si me hubiesen
preguntado al final de la peli de qué iba sólo hubiese podido contestarles eso.
Otra vez en mi ciudad me pasó algo semejante con un film maliense. A pesar de
tener una sinopsis de la peli no me enteré de nada, sólo recuerdo una pareja de
jóvenes muy guapos y que no sé qué ostias pasaba con un huevo de avestruz.
Ir al cine
cuando estas de viaje en el extranjero es otra manera de conocer el país que
uno no debería perderse, sobre todo en aquellos países en los que la gente es
muy aficionada al séptimo arte.
martes, 3 de enero de 2012
De gastronomía
Hay quien dice que también se viaja a través de la comida, se habla de turismo gastronómico, etc. Es cierto que la forma de cocinar es un aspecto más de la cultura de un país, pero no nos engañemos, algunas de las recetas más habituales de ciertos países depende como tengamos educado el paladar pueden resultarnos vomitivas. Yo no soy de los que sólo come lo que conoce, pero si pruebo algo y no me gusta, desde luego lo intento evitar.
Por ejemplo, el ugali, comida básica de la dieta tanzana, simplemente no sabe a nada, es absolutamente insípido. Se come acompañado de una especie de plátano que resulta que sabe a patata y una salsa no muy atractiva, que supongo es lo que le da el sabor (nosotras no le echamos salsa por su aspecto un tanto desagradable). El mijo, comida básica en Mali y Burkina, es igual de soso que el ugali, lo acompañan de hierbas y/o limón. De todas formas, uno que comí en el país Lobi (Burkina) no estaba malo del todo. En Etiopía la base de la dieta es la injera, un talo de pan fermentado que a veces tiene un color grisáceo nada apetecible y un aspecto esponjoso que le da un aire a balleta scotch brite. En general tiene un sabor demasiado fuerte que anula todos los demás sabores de la comida que se pone sobre ella. Pero confieso que en Weyto comí injera con unos espaguetis bien picantes y me supo rico.
| Puetso de gusanitos en Bobo |
La comida más rara que he visto eran una especie de gordas y negras orugas o ciempies que comían en la zona de Banfora y Bobo Dioulaso (Burkina Faso) en bocata. Los tenían cocidos y cuando alguién les pedía un bocadillo echaban unos poquitos a la sartén con cebolla y aceite, los reogaban un poquito y luego ponían tres o cuatro en un bocadillo grande con tomate. No me atreví a probarlo, cosa que me pena, porque seguramente no estaba malo. Al fin y al cabo nosotros comemos caracoles y la textura al morder no será muy diferente.
| Un pollo dirigiéndose a la disco-restaurant en el Psís Lobi |
La mejor tortilla de patatas también la he comido en África, concretamente en el hotel Hala de Gaoua (Burkina Faso), mejor incluso que la de mi madre. El hotel es de unos libaneses pero no sé si el cocinero es libanés o burkinabe, el caso es que era realmente buena. Allí también comimos unos pinchos morunos excelentes. La tortilla española es un plato fácil de encontrar en el África occidental, pero normalmente no lo hacen con patata, sino con algún otro tubérculo (batata, ñame o yuca) y eso hace que no sea exactamanete igual. Por otra parte, en Marruecos es un plato habitual, pero acostumbran echarle especias y eso hace que el sabor difieran bastante del de la tortilla fetén. En Tanzania, acababamos de llegaral país y todavía estabamos esperando en la cocina-bar que nos diesen habitación en el hotel YMCA, cuando la primera frase que oímos de boca de un tanzano fue: "ponme una tortilla española". En India, en Agra concretamente, aparecía en el menú y nos la pedimos por curiosidad. Los ingredientes los habían apuntado bien, pero creo que no captaron bien cómo se hacía. Era incomible.
Los espaguetis y las pizzas también las hacen muy bien tanto en Mali como en Burkina o Etiopía. Y aunque siempre se le dice al turista que evite las ensaladas, he de decir que las de Mali, Burkina y Níger son muy buenas y que nunca nos dieron problemas. Además es lo que más apetece muchas veces. El capitán (pescado finísimo abundante en el Níger) lo preparen como lo preparen está delicioso. En Niamey (Níger) comimos unas brochetas de capitán exquisitas, sabían a angulas, ya que estaba preparado del mismo modo que hacemos aquí las angulas. En el Pilier (restaurante de un italiano en Niamey) el carpaccio de capitán era excelente. En realidad todos los platos del Pilier estaban muy buenos (confie de pato, pizzas, tajine...). Pero quizás el plato más delicioso que he comido jamás por esos mundos de dios fue una liebre a la mostaza que nos sirvieron en un humilde restaurante de Bobo Dioulaso (Burkina). Cuando lo pedimos pensamos que lo que ponía en el menú sólo eran imaginaciones del jefe y que nos dirían que no tenían. Pero, muy al contrario, los lo sirvieron al cabo de unos pocos minutos y estaba para chuparse los dedos, fantástico.
De Tanzania recuerdo con especial deleite el restaurante del hotel Hilton de Kilwa Masoko (no os engañeis, es un pequeño aunque muy bien regentado hotel a 2 dólares americanos la habitación doble). El chef, Hassani, era realmente bueno y el pescado lo preparaba muy bien. Mientras comías podías ver como le traían algún gran pescado recién capturado.
En Namibia las gambas y los calamares o chopitos a la mantequilla son muy buenos. Abunda la oferta de carpaccios tanto de carne como de pescado, shushis y sashimis. A mi el shushi no me gusta, pero los carpaccios y el sashimi estaban muy buenos. Las sardinas que ellos denominan portuguesas son también una buena elección. La carne también dicen que es muy buena, pero yo cada vez la tolero peor, así que no puedo opinar, no comimos nada más que en los safaris y fue en forma de hamburguesa. Eso sí, estaban ricas.
Sabores inolvidables
Por no alargarme demasiado me he ceñido a África pero en todo el mundo hay sabores que no se olvidan y al volver a comer aquí un producto determinado no puedes evitar compararlo con el que un día degustaste en tierras lejanas. Ahí va mi top ten, bueno en realidad sólo son seis los sabores que suelo recordar frecuentemente.
La mejor granada en Bikaner (India), de tan roja que era era granate. Los mejores higos y la mejor miel en Yemen sin duda, la miel sobretodo es suave, dulce pero sin ser empalagosa, deliciosa. El mejor chocolate caliente en Huehetenango (Guatemala). Los mejores huevos con tomate en un pueblo de la montaña yemení y en Estambul -en Turquía el plato tiene un nombre específico que no recuerdo-. El mejor yogur en Turquía.
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