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miércoles, 3 de mayo de 2017

Qat en Madagascar


Joven con una rama de qat en la mano. Nosy Be. Madagascar
El qat es una droga blanda que procede de un arbusto semejante al del café.  Se toman las hojas más nuevas frescas y se mastican sin tragar. Se van ingiriendo poco a poco más hojas hasta hacer una bola en el papo. Se acompaña la ingesta de esta droga con agua, ya que produce mucha sed y la lengua se queda rasposa. Según va haciendo efecto sientes como el cerebro se va adormeciendo y con él cualquier problema que tuvieses. Además, desaparece la sensación de hambre.

Se consume diariamente en el occidente de Yemen, lo que antes se denominaba Yemen del norte, y también en el cuerno de África: Somalia, Etiopía y supongo que también en Djibuti, Eritrea y Somaliland. En Yemen es muy fácil ver puestos en los que venden la droga en los mercados, así como hombres  que la compran en bolsitas y se la sujetan al cinto, llevando siempre con ellos un botellín de agua mineral. Todos los días se ve hombres tomándolo, siempre a la tarde, una vez que ya han comido. Ver mujeres consumirlo en público es más extraño, pero yo vi una mujer tomarlo en una family room o apartado de las cafeterías y restaurantes reservado a mujeres, parejas y familias, mientras fumaba una pipa de agua o narguile (a nosotras también nos ofrecieron la pipa). Su consumo no supone que dejen de trabajar, pero el ambiente en los zocos, por ejemplo, es más distendido, y se ven hombres jugando y haciéndose bromas por  doquier. Si por alguna cuestión tienen que ir al sur y no van a poder consumir qat o el que tomen no va a ser tan fresco como desearían, se enfadan sobremanera.

En Etiopía también es habitual su consumo, aunque no tanto como en Yemen y nunca he visto ninguna mujer consumirlo. En el norte vimos como el ayudante de un autobús le compraba qat –allí lo llaman chat- al conductor para que resistiese las 13 o 14 horas de viaje sin parar ni para orinar. No son tan cuidadosos a la hora de elegir las hojas que toman como en Yemen, creo que los etíopes se lo tragan y no sólo lo acompañan con agua como los yemeníes, sino que a veces toman fanta u otro refresco para calmar la sed que produce. Vimos venderlo en el mercado de Bati. En el sur es más frecuente ver a hombres consumiéndolo en público. Allí es donde lo probamos nosotras, porque nos lo ofreció un joven para calmar nuestro enfado porque en el bar donde estábamos tanto él como nosotras nos habían  cobrado un precio exagerado por una cerveza. Aunque consiguió que nos sintiésemos más optimistas y felices, al día siguiente, bueno en realidad ya aquella misma noche, la sensación de decaimiento y depresión se impuso.

Cuento todo esto  porque me ha sorprendido este año que en Madagascar también consuman qat. Nunca había oído que se consumiese fuera de la zona antes mencionada. Había escuchado que en París se puede encontrar en zonas donde habitan emigrantes del cuerno de África, aunque la necesidad de consumirlo fresco hace difícil una exportación exitosa, pero jamás había oído que se estuviese extendiendo por otros países. El caso es que en el viaje de Tana a Diego Suarez, a unos pocos kilómetros de Diego Suarez (como 5 o 6 horas de carretera), vi vender unas hojas en bolsas blancas que me recordaron al qat, ya que es extraño vender unas hierbas y sólo eso.  Mis sospechas se confirmaron cuando un joven dejó por la ventanilla a mi lado una de esas bolsas con ramas de hojas verdes bocabajo para mantenerlas frescas y un botellín de agua. Cuando se subió (accedió al minibús por la ventanilla) me pareció oír que otros viajeros mencionaban la palabra qat y le pregunté si era qat y si se producía en Madagascar. Y efectivamente era qat y lo producen en Madagascar. Tiene su lógica ya que Madagascar tiene amplias extensiones de  tierras altas con buen clima para el qat . El chico se ventiló el qat durante el trayecto en autobús. Se tragó las hojas como hacen los etíopes,  en vez de guardarlas en el papo y luego escupirlas como hacen los yemeníes. Cuando visitamos la montagne d’Ambre, a unos 1300 o 1400 metros de altitud, el guía nos dijo que al ser una zona volcánica es muy fértil y que allí se planta qat.

Nunca a la cama te irás sin saber una cosa más.

viernes, 19 de octubre de 2012

El río Nilo


De los Grandes Lagos al Mediterráneo
 

 



Siesta en el Nilo. Egipto.
No fui consciente de lo que había hecho hasta años después. Estábamos navegando por el río a la altura de Asuán, cuando alguien dijo que según la tradición el que bebía agua del Nilo había de volver irremediablemente a Egipto. No nos debía ir muy mal en el país porque sin dudarlo tomamos una botella de agua, la terminamos de vaciar y la llenamos con agua del río. Nos la pasamos unos a otros como en una liturgia y bebimos todos de ella (menos Rafat claro, que dudo mucho quisiera retar al destino con que le hiciese volver a Egipto quién sabe si para siempre, hay que tener cuidado con lo que se desea).

 





En un bar de Asuán
No fue sino una de esas tonterías que se
En una taberna de El Cairo
hacen para darle un poco de magia a la vida, pero puedo aseguraros que el conjuro funciona y además más allá de lo que uno pueda imaginar. Nueve años después allí estaba yo de nuevo soportando el tremendo calor de Asuán, comiendo kossuri y falafel, aguantando los “do you want faluca?” de todo el que te veía pasear tranquilamente por la orilla del río y jugándome el tipo entre el  tráfico irrespetuoso e incluso homicida de las calles de El Cairo y la agresividad latente de la macrociudad.







Monasterio Narga Selassi.
 Isla Dek. Lago Tana
Muñecas nubias. Asuán


Pero ahí no quedó la cosa, porque  siete años después me dirigí a Etiopía (¿el país de Punt que mencionaban los antiguos egipcios?), donde nace el Nilo Azul. Y resulta que este año he visitado Uganda, donde nace el otro brazo del Nilo, el Nilo Blanco.



 










 
Cataratas Murchison, en el Nilo Victoria
En realidad el nacimiento del Nilo no parece que se pueda situar en un único sitio y es por ello en parte que volvió locos a los exploradores del siglo XIX. Parece ser que la fuente más lejana de la desembocadura se encuentra en Ruanda, en el río Rukarara, afluente del  río Kagera, que a través de Tanzania llega al lago Victoria donde desemboca.  En ese lago pero en la zona ugandesa  nace el Nilo Victoria, el lugar considerado por Speke como las fuentes del Nilo, en la actual Jinja. El Nilo Victoria atraviesa Uganda hasta llegar al lago Alberto. De allí sale el denominado Nilo Alberto que seguirá camino hacia Sudán del Sur. Pero es que a su vez el lago Alberto, como el Eduardo y el Jorge,  se nutre de las aguas provenientes de la llovizna constante que cae sobre las montañas de la Luna o montes Ruwenzori que marcan la frontera entre Uganda y Congo, una de las regiones más lluviosas del planeta. Siempre cubiertas de nubes y con nieve perpetua en sus cumbres, estos montes  aportan  gran parte del caudal del Nilo Blanco y ponen su granito de arena en la configuración de este fascinante río.



Cordillera de los Ruwenzoris



Mastewal navegando
 por el lago Tana




El Nilo Alberto tras atravesar Sudán del Sur llegará a Jartum con el nombre de Nilo Blanco para unirse allí al Nilo Azul que nace en Etiopía, en el lago Tana, como señaló el español Pedro Páez, no tan conocido como Speke  pero igual de meritorio. Y en Jartum Nilo Azul y Blanco se unirán  para juntos dirigirse en un viaje desesperado por el desierto hacia el Mediterráneo, un periplo de unos 6756 km.








Es fascinante pensar mientras uno remoja sus pies en la playa de Tarifa que parte de esa agua que le moja ha hecho un fabuloso viaje desde el interior de África, desde la región de los grandes lagos, la cuna de la humanidad, para acariciar nuestros pies.
 




lunes, 4 de junio de 2012

Africa no es un país








Axum (etiopía)

La gente suele pensar que África es un territorio salvaje, que permanece inamovible en el tiempo, un territorio sin historia. No es de extrañar, ya que es la imagen que tienden a dar del continente los medios de comunicación, y la gente cree a pie juntillas lo que ve en la tele, lee por encima y de pasada en Internet o escucha a alguno de esos periodistas que desde el mejor hotel de cualquier ciudad africana parecen ser capaces de entender en apenas cinco días de idas y venidas en todoterreno, charlas con mandamases y comilonas en el susodicho hotel, la idiosincrasia, sueños y convicciones de las gentes no sólo de ese país, sino del continente entero. Cuando uno viene de un viaje a África y intenta contar lo que ha visto, comprueba con impotencia que hasta aquel que no ha salido nunca de su barrio le refuta todo lo que cuenta con argumentos de peso, como que eso no es así porque lo ha leido aquí o allá, o que lo vió en no sé qué web o programa. Ya nadie espera impaciente que el viajero relate cómo es ese lejano país, qué se come, cómo se comportan sus gentes; no puedes decirles nada que no sepan, ahora todo el mundo lo sabe todo, está en Internet: en África hace calor, hay leones, la gente es negra, bailan al ritmo del tambor, se mueren de hambre y tienen todos el sida, punto.


Biblia etíope, siglo XIV

Sinceramente siento una tremenda pena por esta gente que piensa que ya no se puede descubrir nada, que todo lo tenemos al alcance de un clic, que no pone en duda nada de lo que ve en una pantalla, que no tiene ilusión ni curiosidad por verlo con sus propios ojos, por experimentarlo por sí mismo.

Sin embargo, África es un continente enorme con realidades muy diferentes que te sorprende a cada paso por mucho que hayas leido o te hayas informado antes de dirigirte allí. Es verdad que hace calor en algunos lugares, pero también mucho frío en otros. La gente es mayoritariamente negra, cierto, pero también blanca, india, bereber o árabe; y todos son igual de africanos. Es más, pasa un rato, te pones a pensar y eres incapaz de recordar en algunos países si la persona con la que has hablado hace unas horas era blanca o negra. Algunos, como los senegaleses, se mueven con gracia al ritmo de los tambores, pero los etíopes, por ejemplo, disfrutan con unas melodías muy distintas que les provocan extraños movimientos de hombros. Muchos países de Africa acogen un montón de animales salvajes que nos hacen sentirnos como en un reportasje de la 2, es verdad, pero también nos ofrece pinturas rupestres, o esculturas y tallas que inspiraron a los artistas europeos del siglo XX, iglesias excavadas en la roca y preciosos grabados hechos por los san (bosquimanos) actuales, ilustraciones picassianas de biblias etíopes o bronces nigerianos de los siglos XIV o XV, alfombras casi voladoras y obeliscos de hace casi 2000 años que parecen obra de un autor actual... Es cierto que muchas veces la vida es complicada en África, pero también hay gente con iniciativa y luchadora, mucha gente joven que nos ganan por goleada en sueños, optimismo y ganas de vivir.

Recién licenciados. Addis Abeba
En fin, África es mucho más que lo que se ve en la pantalla de la tele o el monitor del ordenador. África no es un país, sino todo un continente con tanta diversidad o más de la que puede haber en Europa.  África tiene una cultura y una historia, no sólo hay animales salvajes y naturaleza desbordante -que también, y es fantástico- sino que en cualquier rincón encuentras también arte del bueno, arquitectura sorprendente y rincones cargados de historia. En África no sólo hay guerras, hambre y enfermedades, también hay proyectos, ideas y renovación. Creedme, no penseis que lo sabeis todo porque lo habeis visto en una pantalla, no perdais la capacidad de sorprenderos. O, mejor, no me creais, coged la mochila y emprended el camino para verlo con vuestros propios ojos, os traereis de allí un montón de buenos recuerdos, además de experiencias y encuentros imposibles de bajarse de Internet. ¡Buen viaje!

Grabados rupestres bosquimanos en Twyfelfontein (Namibia)


sábado, 18 de febrero de 2012

Escarificaciones y otras decoraciones corporales



  




Mujer rimabei (Burkina)


Que al ser humano le gusta adornarse es de todos sabido. Nos gusta embellecer nuestro cuerpo, lo pintamos, lo agujereamos, lo tatuamos o grabamos sobre él.

Antes de ir a Burkina Faso leí en una guía que hoy en día ya no se
hacen apenas escarificaciones, sin embargo es bien fácil ver este tipo de adorno corporal no sólo en gente de cierta edad sino también en jóvenes y niños. En Burkina y Níger es bastante habitual y también se ve con frecuencia en el sur de Etiopía. En general las escarificaciones consisten en finas lineas grabadas en cualquier parte del cuerpo -aunque las más fácilmente visibles para el viajero son las del rostro, claro- que no parecen haber causado mucho dolor al portador cuando se las hicieron. No resultan excesivamente llamativas e incluso pueden pasar desapercibidas. En Niamey, sin embargo, coincidimos con un taxista que tenía la cara absolutamente llena de rayas en todas direcciones, lo que le daba un aspecto un tanto carcelario. En Níger es habitual un tipo de escarificación que nosotras llamábamos de gato, ya que consiste en unas lineas a ambos lados de la boca a modo de bigotes de gato. Lo vimos en personas de todas las edades. Cuando están serios parecen sonreir, y cuando sonríen adquieren un aspecto un tanto siniestro. Aluciné cuando un par de años después acudí a una exposición de 




Bronce ife con bigotes de gato
arte ife de la antigua Nigeria en la Fundación Botín en Santander (España) y me encontré con que en las terracotas y bronces nigerianos de los siglos XII y posteriores aparecían con frecuencia representados estos bigotes de gato, que según los expertos al parecer aludían al carácter extranjero de la persona que los portaba. Bien, pues todavía se pueden ver en personas de carne y hueso.


No hace falta ir a Africa para ver escarificaciones, entre los africanos que viven con nosotros hay quien tiene estas marcas. Yo se las he visto a un par de chicos, ambos nigerianos.


Mujeres hamer

He leído todo tipo de explicaciones para aclarar el origen de esta costumbre. En cierta ocasión leí que en la época del comercio esclavista hacia América estas marcas les servían a la gente para reconocer a las personas de la misma zona o etnia. Y ultimamente leí en un libro de Naipaul que en Nigeria, cuando en una familia un niño había muerto al poco de nacer, al siguiente niño que nacía se le hacían estas marcas para asustarle y conseguir así que no se atreviese a marcharse como el otro. También he leido que con la edad estas suaves marcas pueden difuminarse y ser apenas perceptibles.

Si bien la mayoría de las escarificaciones que he visto consisten, como he dicho, en finas lineas que no parecen haber producido dolor, en algunas ocasiones se ven auténticos tajazos al lado de los ojos, entre los rimabei de Burkina por ejemplo, o grupos de heridas cicatrizadas en pequeños -o no tan pequeños- bultitos, comunes entre los mursis y otras etnias del sur de Etiopía, que seguro fueron dolorosas.


Mujer Himba

Aparte de las escarificaciones, otra costumbre que puede resultar curiosa es la de embadurnar todo el cuerpo, pelo incluido, con una mezcla de barro o tierra roja y manteca. Este uso es caracteristico de las hamer de Etiopía y de las himba de Namibia y Angola. Otra vez una costumbre idéntica en países muy lejanos. Además, en ambas etnias acostumbran decorar la cabeza con barro. Los hombres hamer se hacen una especie de casquetes de barro que les sirven de peinado, y las mujeres himba recubren su largo pelo con arcilla y para rematar el peinado sujetan supongo que con el mismo barro unos cueros en forma de uve en lo alto de la cabeza, que seguro hacen que el sol no les pegue tan fuerte. En efecto, desde mi punto de vista, en ambos casos, el objetivo primero de estos originales peinados no habría sido sino el de procurarse protección continua contra el sol, en zonas donde éste pega fuerte y en culturas en las que la vida transcurre practicamente integramente en la calle, al testerón del sol todo el día. A esto mismo se debería sin duda el que embadurnen todo su cuerpo con este barro rojizo. Por otra parte los hombres 
Joven hamer con peinado típico
hamer acostumbran pintarse de blanco las pantorrillas o la pierna entera según graciosos diseños, de modo que parece que llevan leotardos. No sé si esto les protegerá contra las picaduras de los mosquitos y el sol o es por pura estética, pero me inclino a pensar que el objetivo primordial no es la belleza. 


En Mali, por ejemplo se ve alguna gente que tiene los dientes afilados, todos en punta, en plan drácula. En teoría es por estética, pero tras dos o tres viajes a esa zona y comprobar que me resultaba tremendamente díficil conseguir desprender del hueso la carne de pollos viejos cocinados con carbón a fuego tan lento que nunca llegaba a reblandecerse, llegué a la conclusión de que tal vez se afilaban los dientes para poder desgarrar la carne con mayor facilidad. Entre las himba también es habitual que se les quiten de pequeñas los dos dientes inferiores centrales. Al parecer cierta enfermedad provocada por la deficiente alimentación hace que se hinche la boca de los niños. Esto hace la ingestión de alimentos muy dificultosa y, por eso, se les quitaba los dientes inferiores, para poder alimentarlos. Hoy en día no creo que esto sea un problema habitual, pero seguramente ya se han acostumbrado a verse así y lo consideran un rasgo cultural, olvidada ya la razón que les llevó a empezar a practicar la extracción de los dientes.


Narcisse con su "abuela"

Otras veces nos da por hacernos agujeros y meter en ellos diferentes objetos. Los mursis de Etiopía se ponen en orificios en las orejas platitos de cerámica o madera. En el caso de las mujeres se abre también un orificio a lo largo del labio inferior, dejando éste colgando cuando no es sujetado por estos platitos. En el país Lobi (Burkina) vimos a una mujer ya añosa
que tenía en el labio inferior y sobre el superior incrustados una especie de pequeños tapones. Narcisse nos comentó que hoy en día este tipo de adorno corporal ya no se utiliza en absoluto.
Joven hamer


Joven himba
La verdad es que los seres humanos somos bastante interesantes.



miércoles, 7 de diciembre de 2011

Relatos etíopes

Mujer nyangaton
RELATOS ETÍOPES



Encorvó su largo cuerpo para poder salir por la pequeña puertecita. Era mediodía y el conjunto de ramas y paja que conformaban la choza apenas dejaban pasar un hilillo de aire, pero al salir se dió cuenta de lo fresco que se estaba en la oscuridad interior de la choza. El polvo que iba levantando al caminar le cegaba las narices y le impedía respirar y pensar con claridad. La joven le precedía con paso altivo. No la vería ya en todo el año. La universidad estaba lejos.

- Déjame al menos tu número de teléfono.- dijo cogiendo del suelo una pequeña espina de acacia.

Sidis-ulet-arat-arat... En cuclillas dibujó con el trocito de espina los números sobre su piel marrón chocolate. Pequeñas rayitas blanquecinas iban marcando su muslo: ulet-and-and-sost-hamis.

Un corto silencio... Bortokali.

Así que ése era su nombre, fruta de color intenso, jugosa, ora dulce, ora amarga, verde como el campo tras la lluvia, naranja, como el sol incandescente que antecede al día caluroso pero que no quema, etimología viajera de tierras lejanas. No necesitaba escribirlo en su piel, había quedado marcado a fuego en su interior, como queda marcada en las reses la seña del dueño, le hervía como hierve la herida de la escarificación aún sin cicatrizar que te liga de por vida a la tribu.

Repitió el número, no quería errores. Ella se lo confirmó alzándo ligeramente la barbilla en un pequeño suspiro al estilo de la gente de Konso, como si le faltase el aire, como hace aquel al que le han dado un pequeño susto.

Los meses pasaron pero el teléfono nunca daba señal. ¡Tenía que haberle pedido el e-mail!. Acudió a la choza del abuelo. El hombre le miró con su apergaminada cara. Nunca se había fijado en él. Parecía una máscara de cuero, la misma textura, el mismo color, la misma mirada vacía e impersonal, la misma sonrisa indescifrable.

- Dime, abuelo, ¿la volveré a ver?

Durante unas milésimas de segundo todo dió vueltas a su alrededor. Las mujeres escupían sobre la seca tierra para a continuación con un gesto mecánico de la mano echar sobre el espumoso líquido un poco de arena. Una pequeña cría de lince se revolvía en las manos de un joven que mostraba orgulloso su presa. Un bebé se agarraba con rabia a la maraña de collares multicolores de su madre y lloraba de sed furioso.

El viejo lanzó las chanclas hacia el cielo. Éstas quedaron una encima de la otra en difícil equilibrio.

- Tomarás el camión, éste eres tú. -dijo señalando la chancla de encima ligeramente suspendida sobre la otra, casi tocando el suelo en la zona del talón.

Salió decidido cerrando la puerta de espinos del recinto, pero pasaron tres días hasta que consiguió que un camión que iba de vacio a Jinka estuviese dispuesto a llevarle por un precio razonable. Aún así, invertió practicamente todos sus ahorros y apenas le quedó algo de dinero para comprar algo de comida y poder dormir en algún sitio seguro a la llegada a la gran ciudad. Se puso su única camisa y cruzó el río marronáceo sentado en el interior del tronco, absorto en las gotas de sudor que recorrían el cuerpo del barquero. En la orilla un grupo de jóvenes y niños lanzaban piedras a una vaca que flotaba sobre el agua para empujarla río abajo y alejar así la enfermedad y la muerte. Abajo, indiferente a todo, un joven todo embadurnado en jabón de los pies a la cabeza se afanaba inútilmente en intentar que el agua penetrase a través de los compactos rizos en su cuero cabelludo. Alguna que otra mujer de torso desnudo caminaba lentamente portando en su cabeza haces de leña. El viento traía los acordes de un waka-waka versioneado con voz ronca por alguna niña revoltosa.

Soltó unos birr al barquero y se dirigió al camión ya repleto de gente. Al subir pisó sin querer a un viejo que le miró con expresión inquietante. Apenas si había sitio para acurrucarse en el suelo del camión con las extremidades en posturas imposibles, en difícil equilibrio, cayendo con cada curva sobre un compañero, golpeándose con cada bache en el mismo moratón. Los gigantes termiteros que jalonaban el camino parecían con su extraña forma burlarse de él. Mirase donde mirase los termiteros como cortes de mangas de pesadilla parecían anticipar un frustrante desenlace a su ansiado sueño.

El camión afrontó cogiendo carrerilla el siguiente wadi. El río seco era profundo. El conductor pisó el acelerador apretando imperceptiblemente los dientes, la arena lo envolvió todo. Hubo un movimiento inesperado, varios cuerpos se enredaron, un niño salió volando, una cabeza se abrió contra el rojo y oxidado metal, se oyeron gritos secos, cuerpos doloridos se arrastraban por la tierra con quejidos apenas audibles, la arena en suspensión confería a la escena un halo de irrealidad. Pero no hay que desesperar cuando se persigue un sueño. Como dijo el gran Gatsby, cuando uno tiene un sueño ha de perseguirlo sean cuales sean las consecuencias. Levantó los ojos y se pasó la mano por la cara en un vano intentó de desprender la arena que se había quedado pegada a pequeñas gotitas de sudor y sangre. Un termitero gigantón le observaba.

- No me intimidas, nada hará que me rinda.

Transporte público en Etiopía. Sur


Mercado de Weyto
TRANSPORTE PUBLICO EN ETIOPIA. SUR.

La ventaja que tienen los autobuses etíopes que circulan por las principales ciudades del norte del país es que no suelen admitir viajeros de pie o en los pasillos. Todo el mundo tiene su asiento. Los autobuses solo excepcionalmente están dispuestos a coger algún viandante que tendrá que ir en cuclillas en el pasillo, y siempre en alguna zona remota con dudosa presencia policial y, por supuesto, después de una ardua negociación. Para la gente que vive montaña arriba en zonas remotas es tremendamente difícil conseguir transporte para cualquier sitio. Se tienen que desplazar a pie por la orilla de puertos endiablados y carreteras sin arcenes rezando para que dos autobuses no se crucen en dirección contraria, lo que podría suponer verse en la tesitura de elegir entre salir despedido al abismo o ser atropellado. Si piensan vender o comprar algo en el mercado al que seguramente se dirigen, habrán de proveerse de borricos o camellos según las zonas para transportar la mercancía. Lo mismo habrán de hacer si su intención es que les den unos sacos de maiz transgénico norteamericano que la ONG de turno reparte en un único punto colocado en una montaña en el culo del mundo no, más arriba. Teniendo en cuenta las dificultades de trensporte de los pobres campesinos, ¿no sería más sencillo ir dejando los sacos por las distintas poblaciones con ayuda de los supertodoterrenos de ONGs varias y la ONU?

Pero, me estoy desviando del tema. A lo que estamos, que la ventaja de los buses del norte es que no se llenan a tope. En el sur, sin embargo, parece estar tolerado coger a tanta gente como quepa, siempre que ante la presencia policial estén dispuestos a bajarse y quedarse colgados unos kilómetros antes de la entrada a la ciudad. A veces se les da algún birr para que paren una furgoneta compartida o un tuk-tuk. La policía suele aceptar más viajeros que asientos, siempre que durante la revista al autobús se sienten si hace falta unos encima de otros y pongan cara de ir supercómodos. Cerca de Yabelo he visto subir a un autobús ya repleto de gente en plan dibujo de cómic, con la gente saliéndose por las ventanillas, unos diez jóvenes musulmanes de unos 17 años bien alimentados de vuelta a casa por el Ramadán. Uno de ellos entró por una de las estrechas ventanas, después de pasar todos los libros, mochilas y bártulos por el mismo sitio. Permanecieron haciendo el chorra en el pasillo, de pie, tumbados unos encima de otros..., no hubo ningún axfisiado por puro churro, porque gritos de socorro si se oyeron. Antes de Yabelo y su control policial de entrada se bajaron carcajeantes. ¡Juventud, divino tesoro!. Puede pasar que el que está esperando en la carretera pueda pagar más que tú, que ya te las prometías felices dentro del bus, y entonces van, te devuelven el dinero, te dicen que hasta luego Lucas y te plantan en la carretera a verlas venir, para hacer hueco a los viajeros más pudientes. ¡Y luego dicen que la vida en Occidente es estresante!

De todas formas, en el sur no todas las carreteras están asfaltadas, aunque están en ello, y por donde no está asfaltado llevar esos autobuses supondría un suicidio y tener que renovar toda la flota en pocos días. Por eso, sólo encontrareis autobuses para ir a las ciudades que están en la carretera principal: Konso, Weyto, Key Afer, Jinka, Yabelo, y la frontera con Kenia. Para moverse por el resto de los pueblos no hay transporte público como tal, digan lo que digan las guías. Los lugareños sondean por aquí y por allá que camión, pick up etc. pasará por allí en la dirección que ellos quieren y más o menos a qué hora y esperarán pacientemente a que pase. Entonces empezará un toma y daca, el camionero intentando conseguir el mayor beneficio posible y los campesinos y ganaderos intentando gastar lo menos posible. Durante la puja unos suben, el camión arranca un trecho dejando a otros en tierra, se vuelve a parar, coge a otros tres, arranca, se para, nueva oferta... hasta que al final montan todos. Supongo que todos no pagan igual, así que dependiendo del dinero que te cueste el pasaje podrás ir en un sitio más o menos cómodo.

Intentar viajar así para un extranjero supone una tarea titánica, casi imposible, y muchísimo tiempo si no se tiene un lugareño que a cambio de un dinerillo esté dispuesto a buscar y negociar los transportes. Con todo, y a pesar de que siempre te van a cobrar más (mucho más) que a un paisano, no hay que esperar privilegios, puedes tener que llegar a esperar horas hasta que alguien esté dispuesto a llevarte y el transporte será tremendamente incómodo casi siempre aunque a ti te dejen la zona del camión más cómoda. Nosotras contratamos en Konso un joven que se prestó a esta labor durante unos 10 días. Le pagamos 20 euros por día, lo que él nos pidió, sin regatear. Otros turistas nos dijeron que les parecía caro pero, sinceramente, desde mi punto de vista no hubo dinero mejor empleado y, además, no me parece una tarifa excesiva por estar a tu disposición durante 24 horas. No es fácil encontrar algún joven que se preste a este trabajo, ya que aunque hay mucho ganapan ocioso en Konso, es más fácil convencer a un turista para que alquile un coche todoterreno con conductor y guía que le lleve a ver los pueblos principales. Esto supone una auténtica pasta gansa para ellos y, además, viajaran comodamente sentados, sin hacer nada, ya que no hay monumentos ni historia que explicar -aunque hubiese no la conocen- y si quieres visitar alguna aldea y entrar en las casas de la gente necesitas un permiso especial del pueblo en cuestión y siempre te asignaran un guía del pueblo que te acompañe o explique las cosas tras un pequeño pago, claro. De todas formas, es esto lo que hacen casi todos los turistas, no sin contratiempos. A unos españoles les dejaron tirados: una mañana se levantaron y habían desaparecido conductor y coche. Estas y otras incidencias, por lo que nos relataron durante el viaje distintos viajeros, no se puede decir que sean raras en Etiopía.

Nosotras convenimos con Dasta pagarle una vez hecho el trabajo. Así íbamos dándole cierta cantidad de birr cada pocos días cuando él nos los pedía y la cantidad que nos pedía y lo apuntábamos en un cuaderno. Por supuesto nosotras siempre controlabamos que más o menos correspondiese con lo que le debíamos por los días que ya había trabajado para nosotras, pero siempre siendo flexibles. Al final del viaje al precio final le restamos lo que ya le habíamos dado y punto. No hubo ningún mal rollo.

Recomiendo encarecidamente esta forma de viajar. Fuimos primero a Weyto en un autobús (está en la carretera principal) sentadas de mala manera en la parte delantera del bus porque para cuando éste llega a Konso ya está lleno. A pesar de estar a pocos kilómetros de Konso la gente cambia totalmente. Es fascinante ver el mercado, hay muy pocos turistas y la indumentaria y aspecto de los compradores y vendedores os encantará. Tras la visita y tras esperar todo el día, al anochecer Dasta nos comunicó que al parecer el camión que tenía que pasar de vuelta a Arboré, que es a donde nos dirigíamos, no pasaría ese día, así que nos tuvimos que quedar allí a dormir en un sencillo hotel, para salir a las cinco de la madrugada en un camión que ya estaba en el pueblo, de hecho estaba aparcado en el mismo chiringuito donde nosotras estabamos esperando y donde luego dormiríamos. Antes habíamos salido a dar una vuelta por la carretera y habíamos visto a muchos de los que estaban a la mañana en el mercado como nosotras esperando que llegase algún camión que les llevase de vuelta a casa. Nos saludaban alegres y un poco achispados -el día de mercado es un día para festejar y alternar y junto a los puestos hay casetas para tomar alubias y cerveza, sobretodo cerveza-, algunos tambaleandose notoriamente. A las cinco de la mañana allí nos juntamos todos en el mismo camión, nosotras y la gente a la que habíamos estado intentando fotografiar curiosas la mañana anterior. Vivir este tipo de pequeñas experiencias con los lugareños no tiene precio y uno se sorprende de lo rápidamente que se adapta a la situación. Cuando un joven que se está bajando del camión nos dice "borkota, borkota", sin darle importancia miramos alrededor nuestro, buscamos el pequeño asiento que los hombres de la zona llevan a todas partes y que se denomina borkota, y se lo acercamos como si nada, como si fuese lo más normal del mundo. Te sientes uno más. Como veis ir al mercado para un etíope del sur es toda una excursión, nunca saben cuándo podrán volver a casa.

Estas dificultades a la hora de moverse de un pueblo a otro es lo que, a mi parecer, ha favorecido el mantenimiento de una gran diversidad de etnias en un espacio muy reducido. En Arboré, pueblo que consiste en un corto camino bordeado de casas de adobe que en sus extrarradios secos tiene dispersos grupos de chozas redondeadas, el aspecto de la gente es muy diferente al de los de Weyto. Allí conocimos a Hora, un pastor que había estado en Guadalajara (España) en un encuentro de pastores. Lo que más le sorprendió fue la gran jarra de leche que les sirvieron durante una comida, ya que en esta zona la leche no debe ser buena y sólo se puede tomar en polvo. El Rey de España le puso un pin que nos mostró. ¿Es de oro? -preguntó Dasta.

Otra vez tuvimos que esperar hasta que al atardecer un hombre en una pick up accedió a llevarnos a Turmi. Otros anteriormente se habían negado o habían pedido precios excesivos. De todas formas, mientras esperamos en un bar, hablamos con los que allí estaban de la homosexualidad, penada en Etiopía con 6 meses de cárcel, y la comparamos con la situación en España. Lo que más les chocó fue el escuchar que hace años en España también estaba penada. Nos enteramos de que un trabajador de la empresa pública gana unos 500 birr (1euro= 16,689 birr en 2010) al mes y, aun siendo un privilegiado, vive a duras penas. A Dasta el alquiler de su pequeña habitación le costaba 8 euros al mes. Otro nos informó sobre su página en Facebook... Quiero decir con esto, que aunque uno tenga que pasar horas de espera, ésta es sin duda fructífera, siempre que uno vaya preparado mentalmente y relajado, y no se ponga metas horarias absurdas. Nuestra manía de buscar lo interesante en el futuro -o en la siguiente población una vez que la primera ya está fotografiada- hace que nos perdamos lo bueno de la situación que estamos viviendo.

En las traseras del pick up, al que se sube mucho más fácilmente que al camión, me sentí más insegura que en el camión, pero tenía la ventaja de que ibas viendo todo el camino en formato panorámico y allí estaban desde unos pocos kilómetros más allá de Arboré, los hamer, con su indumentaria y peinado típicos y sus cuerpos rojizos, andando por la carretera, algunos de ellos camino del mercado del día siguiente en Turmi. Otra vez un cambio radical de gente en apenas unos kilómetros.

Salir de Turmi fue más fácil, ¡y cómodo!, fuimos en la cabina de un camión que llevaba encima de las mercancias a tres trabajadores que dejó en mitad de ninguna parte, en un desierto repleto de enormes termiteros, después de que el conductor preguntase a un hamer solitario que llevaba media calabaza por sombrero dónde andaba la cuadrilla a la que tenían que sumarse los susodichos. Antes estos obreros y nuestro guía tuvieron que bajarse del camión para que éste consiguiese cruzar algún que otro wadi o río seco y estuvimos un rato parados para cambiar una rueda pinchada, pero por lo demás el viaje transcurrió sin percances. Y así llegamos a Kangaté, al otro lado del río Omo, donde viven los nyangaton. Otra vez alucinas con el cambio de rostros, ropajes, etc. Salir de aquí, sin embargo, no es tarea fácil. Las negociaciones fueron muy duras, Dasta nos tuvo que pedir a ver hasta qué tope estabamos dispuestas a pagar por el transporte. El día siguiente era el día de mercado en Key Afer y como destino turístico que es, se servían de esta supuesta premura nuestra por salir (en realidad nos daba igual, ya era imposible alucinar más sin tomar qat) y de que el transporte en la zona seguramente no es muy abundante y tal vez no teníamos más opciones en días. Y cuando ya conseguimos un camión, para pasar a la otra orilla del río a cogerlo los barqueros de barca a motor nos querían pedir el oro y el moro. Nuestro guía intentó rebajar el precio, pero cansado ya de regatear (estuvo toda la mañana en negociciones) y ante la cabezonería del barquero optó por montarnos en un tronco de árbol vaciado, dirigido por un hombre que con ayuda de una vara lo va llevando a la otra orilla en comadreo con las corrientes, no sin grandes sudores. Esta es la forma más barata que tienen de cruzar de un lado al otro del Omo las gentes de aquí y la verdad es que fue una experiencia bonita.

El camión que nos llevó a Key Afer iba cargado de gente de las más diversas etnias, había musulmanes bastante claros de piel, un joven con una cadena dorada que parecía el principe de Bel Air, otro que llevaba una escarificación en el brazo en forma de pequeña cuadrícula... Incómodo de cojones pero guay. Al llegar a Dimeka nosotras y nuestro guía tuvimos que bajarnos porque en la población había un control policial y los blancos no podemos en teoría viajar así si no es sobornando a la poli, así que abajo, ¡cómo si fuese sencillo bajarse de ese camión! ¡para luego volver a subirse! Cruzamos el pueblo andando hacia la otra salida de la aldea. En el caminó nos llamaron de varias casas. Una creo que era un prostíbulo. En otra unos chavales nos invitaron a una calabaza de café, en otra unas chavalinas estuvieron explicándonos por gestos (nos entendíamos perfectamente con ellas) porqué una tenía escarificaciones en el rostro y espalda y la otra no, y qué teniamos que hacer para llevarnos a la hermanita pequeña, que repetía todo lo que decíamos ya fuese en hamer, amariña o español, a América (es con el lugar del mundo que nos identificaban): habíamos de hablar con su madre y concertar un precio y punto, ya nos la podíamos llevar sin problemas, a la pequeña, o a las tres si queríamos. Para mi fue una experiencia maravillosa. Y todo transcurrió en muy poco tiempo, mientras esperabamos el camión, que, por cierto, llegó con mucha más gente que antes. ¡Era un auténtico camión patera! La gente, sin embargo nos había respetado, en la medida de lo posible, nuestros sitios, y se mostraron muy amables ayudándonos a subir al camión y siendo benevolentes cuando sin querer les pisabamos: ¡no había donde poner un pie!. Se hizo de noche, lo que preocupaba a Dasta, ya que indudablemente es bastante peligroso, pero finalmente llegamos a Key Afer.

A Jinka y de vuelta a Konso se puede ir en bus y minibus, frecuentes en día de mercado, así que se acabó la aventura. La recomiendo vívamente, no tiene nada que ver con ir en un 4x4. Conoces a la gente, sufres sus penalidades, eres consciente de lo dura que es su vida pero sobretodo disfrutas mogollón, te olvidas del tiempo y disfrutas con cada segundo del viaje, no solo con hacer fotos en los mercados recomendados por la guía. Por otra parte, la misma gente que en el mercado te chilla para que no les hagas una foto, cuando viajan contigo de vuelta a casa te sonríen mientras cantan a coro una especie de "la tarara sí, la tarara no" y cuando bajan te dan la mano y te desean buen viaje, que ellos ya han llegado. A pesar de que a veces tal vez pagues como si fueses comodamente en un todoterreno por ir como las sardinas en lata, sigo pensando que merece la pena.

Como estuvimos contentas con Dasta lo volvimos a contratar para ir a Yabelo, el cráter de El Soda y los pozos borana. Para ir a Yabelo hay autobús, que sigue hasta la frontera keniana, y en Mega se puede coger un bus a El Soda, pero luego para ir a ver los pozos cogimos camión hasta un cruce de caminos y luego un pick up repleto de mujeres boranas. Esta zona también os sorprenderá: los hombres se suben al autobús con lanzas que se queda el ayudante de conductor o suben a la baca. Las mujeres tienen una vestimenta y aspecto que a mi me recordó a las peul del Africa occidental y un fuerte olor a animales, leche y niños. Al dar su conformidad con alguna opinión pronuncian un largo eeehh como si se dirigiesen a algúna vaca. Los niños tienen el pelo largo, rizado y alborotado, lo que junto con los ropajes de algodón de color indefinidamente marronáceo que por el uso y la suciedad han adquirido una textura como de cuero, les da a algunos un aspecto tremendamente asalvajado.

Transporte público en Etiopía. Norte



Música para acompañar esta lectura:

http://www.youtube.com/watch?v=ZV2DCGnMkGc

Cuando la gente afirma que en el siglo XXI ya no se pueden vivir aventuras demuestra una ignorancia supina. Cualquiera que haya viajado en transporte público por Etiopía convendrá conmigo en que es toda una aventura. Cuando uno va a reservar un asiento en alguno de los antediluvianos autobuses etíopes le dirán que se 
En las montañas cercanas a Gondar
presente en la estación a las 11:00 hora etíope, es decir, a las 5:00 de la mañana. No sin dudas, porque en el billete pone que es válido para cierta fecha del 2001 y estamos en el 2009 -los etíopes no viven en el mismo año que nosotros- el viajero, obediente, acude a la hora indicada, pero cual no es su sorpresa cuando ve que la estación está cerrada. Tras las puertas una multitud se agolpa como si regalaran algo. Es noche cerrada pero alrededor de los viajeros empieza a oirse a algún chaval: "lomi, lomi (limones, limones), biscuits, biscuits". El guardián de la estación despierta con el ruido. Se sacude el sueño, se cuelga el arma al hombro, y acaricia al perro. Entre la multitud el turista esperanzado acierta a ver una puertucha que el guardián de la estación abre de vez en cuando. ¿Quién entra? ¿Tal vez podemos entrar? ¿Quiénes entran, los que tienen billete? El extranjero avispado pronto se dará cuenta de que todavía ningún viajero puede entrar. Los que entran son los chóferes que poco a poco van poniendo en marcha uno a uno los ruidosos motores de los autobuses.

Por una extraña razón que tras dos viajes a Etiopía no he conseguido todavía desentrañar al etíope se le antoja del todo imprescindible que el viajero presencie el despertar del guardián, la llegada de los conductores, la multitud soñolienta apretujándose etc. desde el principio. Es un espectáculo, sin duda, pero en ese caso podían poner unos bancos para que todos lo viesemos más cómodos. Porque, no, en Etiopía las estaciones no tienen sala de espera ni nada parecido, ni un mísero banco para que te sientes a aguardar la apertura de puertas, nada. Tampoco hay una tejavana, qué se yo, un tejadillo que te permita resguardarte de la lluvia mientras esperas. No, ¿Para qué? Si total, en época de lluvias sólo llueve los días de labor y los fines de semana, y no tiene por que ser de 5:00 a 6:00, eso es cierto. El viajero mira esperanzado al suelo por si hubiese algún pequeño trozo de tierra seca donde dejar el equipaje y así aliviar un poco el peso. Inútil, sólo se ven charcos por todas partes.


 

Hacia las seis por fin abren la puerta y los viajeros con billete pueden entrar. Hay que tener cuidado de no morir pisoteado por la masa. Como todavía está oscuro conviene llevar una linterna para buscar en la noche entre la multitud que se mueve como en un videojuego para arriba y para abajo y las nubes de humo que salen de los autobuses el número del autobús que uno tiene que coger. No hay que apurarse, el número viene bien señalado en el billete y mientras esté de noche hay tiempo de sobra, el autobús no saldrá hasta que amanezca y eso si hay suerte.

Por fin, ¡mira, el 4532, es el nuestro! Tras enseñar el ticket subes y buscas un asiento... ¡uy!, no sé si vamos a tener sitio. No preocuparse. En efecto, con el tiempo uno se dará cuenta de que no todo el que está sentado en el autobús va a viajar. Unos han subido para guardar el asiento a alguién que vendrá luego y la mayoría son simplemente familiares que gustan de acompañar al pariente hasta el último minuto. Normal, ¡se han levantado a las 4:00! El caso es que cuando ven que sube gente no hacen ningún gesto que permita saber al viajero quién se queda y quién se va a bajar, impidiendo que uno sepa qué asientos están libres, ocupan los pasillos entorpeciendo enormemente el paso y agobian mogollón. Con las primeras luces del día por fin parece que los pasillos se van despejando e incluso algún que otro autobús empieza a encaminarse hacia la salida. Bien. Nos vamos. Entran todavía unos últimos viajeros que han pujado a la baja por las plazas vacantes, el que no tiene mucho dinero puede esperar a esta especie de subasta en el caso de que hayan quedado plazas libres. Y... nos vamos.


Lalibela

Bueno, ya sólo nos queda pasar sentados en los estrechos asientos del autobús unas 12 horas, la media de un viaje entre dos ciudades de interés turístico en Etiopía, casi sin parar ni para mear, mucho menos para comer. Hay un sólo conductor que se encarga de todo el recorrido, 12 horas conduciendo más las otras dos que ha pasado en la estación. Pasado el mediodía con suerte, si el ayudante ha comprado qat (chat lo llaman los etíopes, una droga no muy fuerte que obtienen de un arbusto semejante al del café, muy popular en Yemen y aquí), masticará unas cuantas hojas que se supone le quitarán el hambre, el sueño y la fatiga y le mantendrán atento. Por el camino se puede disfrutar de espeluznantes puertos sin fin con vistas a terroríficos precipicios. ¡Basta, no sigas, me está dando miedo! Eso no es nada, amigo, tranquilo, el bus va muy lento, el peligro de colisión o de caerse por el precipicio no es muy alto. Cierto que se ve cada pocos kilómetros algún camión que se ha salido de la calzada, pero poco más. Además, cuando llegan a una curva especialmente peligrosa, los etíopes, muy religiosos ellos, echan dinero en una bolsa que el ayudante del conductor se encarga de pasar por todo el autobús. Es su forma de pedir a Dios que sea benévolo con ellos y, lo que resulta más prosaico, animar al conductor para que esté bien atento. La recaudación suele ser alta, lo que evidentemente motiva al conductor sobremanera. También es verdad que en algunas zonas de alta montaña los niños echan tierra y piedras en la carretera que con tanto trabajo han hecho los chinos para que el autobús tenga que parar y puedan pedirles o venderles algo. Yo por esto último, ya ves, me preocuparía más. En lo que a mi respecta llegué sana y salva a todos los sitios, lo que no quiere decir que si se presenta la ocasión esté dispuesta a repetir esa experiencia.

Mercado de Bati

Para evitar el mareo es frecuente que la gente compre algún limón de esos pequeñitos que huelen muy bien y se lo acerquen cada poco a la nariz mientras lo van girando. Son muy poco tolerantes con el que vomita, a pesar de que debido a los endiablados puertos es muy habitual que alguien acabe vomitando tarde o temprano. Ëste recibirá un cosquetón en la cabeza si se descuida. Otra técnica que vimos utilizar a unos chavales de unos 14 años muy de pueblo para no marearse en el bus fue introducirse unas bolas de papel en las narices. No parecía funcionarles del todo, si bien es cierto que no vomitaron.



Como en casi todo el mundo, aquí también se suben a los autobuses vendedores de chucherías varias o de algún medicamento todopoderoso, religiosos con su paraguas abierto para que les echen plata a cambio de una bendición y caraduras que muestran la imagen de alguna persona injustificadamente encarcelada o de algún niño gravemente enfermo para que les den dinero. Estos siempre van bastante mejor vestidos que los viajeros del bus, lo que me hace suponer que casi siempre son estafas.

Esto es todo por lo que respecta a la ruta histórica del norte que suelen hacer la mayoría de los turistas. El sur lo dejo para otro día. Espero no haber asustado a quién tenga la intención de viajar proximamente a Etiopía, el país merece estos pequeños inconvenientes y muchos más. Y desde luego el viaje aburrido no es, da tiempo a hacer amigos y, como sabes que es inútil mirar al reloj y atormentarse con la hora de llegada, aprendes a disfrutar del paisaje y del pasaje.