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viernes, 2 de noviembre de 2012

Pasaje a la India

Rajastán 1999



 
Asomándose a la puerta en Udaipur
Han pasado 13 años desde que viajé a la India, en concreto a Rajastán, Delhi y Agra, pero un libro de Aravind Adiga, Tigre Blanco, me ha hecho recordar el viaje. No voy a contároslo desde la perspectiva actual, sin embargo; prefiero copiar algunas de las impresiones que plasmé en un cuaderno cuando estuve allí. Creo que será más preciso y fiel a lo que sentí en aquellos momentos: con el tiempo el ser humano tiende a olvidar el sufrimiento y quedarse sólo con la belleza.



Udaipur. Julio del 1999.






Palacio de Udaipur
Cierro los ojos y no veo palacios, miniaturas, ni bellos paisajes y elefantes andando por las calles. Sólo veo suciedad, una contaminación tremenda, carteles que abarrotan las calles y cansan los ojos; no veo sonrisas, sólo caras serias, miradas obscenas... y ojos enrojecidos y tristes. La salida de Udaipur es impresionante. Tengo la vista cansada y siento jaqueca ante la cantidad de imágenes insoportables que se ven. Las cuevas en donde vive la gente que trabaja en las canteras de mármol, los cuervos devorando una vaca muerta en carne viva, los cerdos peludos y sucios disputándose con los perros sarnosos la comida. Es demasiado, el hedor y la contaminación exceden lo imaginable. Pasadas las afueras y las canteras, el paisaje de arrozales y búfalos, los lagos y charcos que se han ido formando con las últimas lluvias del monzón, y los trajes amarillos, rosa fucsia, naranja... dispersos en el verde limón de la hierba, son esplendorosos; pero no puedo cerrar los ojos y seguir viendo esos paisajes, aparecen rebelándose los niños trabajando desnudos sobre el barro, la niña de pelo revuelto que pide y se arrasca una cabeza plagada de piojos, las mujeres cargando enormes cubos sobre la cabeza preparadas para hacer algún trabajo de albañilería digno de cuerpos más fornidos... Los pueblos de la carretera no son pueblos, son barracones o a
Elefante paseando por Udaipur
veces tiendas de campaña que sirven de casa y lugar de trabajo. La 
basura se almacena fuera, y chanchos, perros y vacas son los amos. Entrar en Ajmer ya se torna insoportable. Ha llovido y el barro reboza la mierda y la basura de las calles y las gentes que transitan por ellas. Un niño desnudo se cruza delante de nuestro rickshaw. Siento, sentimos, ganas de gritar. "Corre", le decimos al rickshawala. "No te pares". Jóvenes ciclo-rickshawalas luchan por subir la cuesta con el gordo que llevan encima. Hacemos noche en un hotelucho infecto, adecuado para nuestro estado de ánimo. Sólo dan ganas de huir. Al día siguiente, sin ver Ajmer ni su famoso fuerte nos dirigimos a Puskhar.


Ranakpur. Julio de 1999.

Según te vas acercando a Ranakpur el paisaje se va haciendo verde y exuberante. Al llegar sientes estar ante un templo de alguna película de Indiana Jones o con Moogly en El libro de la Selva. El bosque que lo rodea y su arquitectura de columnas de mármol 
Entrada del templo de Karni Mata
talladas que sostienen un techo con orificios que dejan pasar la luz y la incesante lluvia te dejan helado. Recuerda a los templos mayas en alguna de sus decoraciones geométricas y figuras de animales esculpidas. Pero antes de llegar allí has de cerrar los ojos para evitar ver la realidad de cientos de personas que, tullidas en mayor o menor medida, con ropas más o menos dignas, hombres, mujeres y niños, se desparraman por la estación de tren de Jodhpur a primera hora de la mañana tumbados aquí y allá. No podría acostumbrarme a ser taladrada por sus miradas. ¡Cómo olvidar la mirada de aquel niño! Después, el rickshaw que nos lleva desde allí a la estación de autobús de Jodhpur al amanecer, con la ciudad aún medio dormida, deja ver la miseria de todos esos millones de personas que nacen, comen, trabajan, tienen hijos y mueren en dos metros cuadrados de calle mugrienta, sin ningún tipo de intimidad. Ahora están desperezándose, toda la avenida está llena de personas que han dormido en la calle.



Jaipur. Julio del 1999.


Rickshawala intentando subir el puente.
Si decides dirigirte a pie al Palacio de los Vientos puedes observar la crudeza de la India en toda su dimensión. Los rickshawalas de bici-taxis, una de las atracciones turísticas del Rajastán, así como la gente que andando tira de carros con cargas imposibles de transportar ni por una mula, muestran caras de esfuerzo y agotamiento difíciles de describir. No hay aceras. Comparten la calle con motos, coches... Han de soportar los palos de los policías de tráfico que les dicen que vayan más rápido, que se muevan, que entorpecen el tráfico. Sus ojos inyectados en sangre te traspasan brillando por lo que quiera que se hayan metido para poder superar un día más de sus vidas. Panales de miel en sacos por la que ésta se derrama y a la que acuden ávidas las moscas. Cucarachas en un número inimaginable que campan a sus anchas donde paran los autobuses en la calle principal de la ciudad vieja (ciudad rosa, la llaman). Ya casi llegamos. Antes hay que pasar bajo una calle elevada por un túnel hogar de decenas de personas. Tanto el túnel como la gente que lo habita están negros como el carbón por la polución. A apenas unos metros el Hawa Mahal, el hermoso palacio de los vientos.


Hawa Mahal. Jaipur.

En casa. Agosto del 1999.


Ratas del templo de Karni Mata en Deshnok.
Ya está, se acabó, el juego de realidad virtual ha finalizado y no pienso buscar monedas para jugar otra partida. Es un juego en donde las piezas sufren demasiado como para querer tener otra vida en él.





 


El Taj Mahal es realmente hermoso, pero se me antepone a él en primer plano la imagen del niño que vimos en la estación de tren al salir de Agra. Sus pies deformes como botas de payaso que le impedían andar con normalidad -padece una enfermedad
denominada elefantiasis que provoca una hipertrofia cutánea y subcutánea causada por un gusano parásito de hombres y animales- y su mirada penetrante pidiendo ayuda hacen saltar el corazón aún a 8000 km de allá. Ahora ya en España el viaje a la India sólo parece un sueño, un mal sueño, una pesadilla a olvidar, pues en la
Taj Mahal. Agra.
realidad no puede, no debería poder existir un lugar tan alejado del bienestar y la limpieza. Mi mente parece inconscientemente querer apartar las imágenes de la India como una defensa. Si hay un infierno, creo que ya lo he conocido. Apesar de los esfuerzos de mi mente, aún se me aparecen al cerrar los ojos las imágenes de la gente durmiendo bajo el puente de Delhi, la entrada a Ajmer, el niño de la estación de Agra o la mujer sin nariz de Puskhar, o aquella que siempre pedía con una sonrisa. Pensar en sus ídolos (ya me pueden perdonar, pero no los considero dioses) me produce mal fario.


Espero que si algún día vuelvo a la India pueda conocer esa otra India que fascina a Iru, Toño, Idoia o Belén porque ahora, después de 
Detalle del templo de Karni Mata
haber visitado el norte de la India, al ver un sari no lo veo de seda 
sobre el torso de una joven bella y delgada, sino sobre la mujer de vientre hinchado que tenía un gran bulto y caminaba mostrándolo por Puskhar. Si pienso en la India no me viene el olor a sándalo de los puestecillos de fruta, sino el olor a basura y putrefacción de sus calles, a los pises de los váteres públicos, a los tubos de escape de las motos. Si oigo mencionar los colores de la India en mi mente sólo aparece el negro, el negro de la contaminación INSUFRIBLE, de las manchas rojizas de betel por todas las esquinas, de la suciedad de los dioses garabateados y pintorrojeados con sprays de colores chillones; ni rastro de coloridos saris y turbantes, de los bonitos pendientes de rubíes y zafiros en forma de flor que llevan los hombres ni de la brillante laca de sus uñas. Todo eso queda difuminado en un segundo plano. 
Monos sobre chabola de Pushkar
Si me hablan de espiritualidad veo las enormes cajas de metal a la entrada de los ghats que sin ningún disimulo te piden dinero con grandes letras DONATION BOX, las ratas enfermas -algunas muertas- del templo de Karni Mata de Deshnok, los niños siguiéndonos por la mezquita intentando vendernos algo sin ningún respeto por el recinto sagrado. Cuando me hablan del Taj Mahal veo al niño con elefantiasis de la estación de Agra, siempre ese niño, o al raquítico niño de torso desnudo, que descalzo, un trapo más-sucio-imposible en la mano, agachado, humillado, perdida toda dignidad humana, limpiaba el suelo del vagón de tren Agra-Delhi por entre las piernas de los viajeros a cambio de alguna rupia. No oigo el sitar ni la alegre música de Bollywood, sino el ruido infernal, la TORTURA, de los generadores, que se suma al ruido de las bocinas y los ventiladores, y la monótona salmodia hindú, un único verso repetido hasta la nausea, toda la tarde, toda la noche. Ocultos quedan por las jaurías de peligrosos perros famélicos y sarnosos, los llamativos elefantes, monos y camellos de ciudad y los graciosos pavos reales que 
Butanero de Bikaner
vuelan bajo maullando por el campo. ¿Que permanece en mi memoria de las preciosas havelis, los edificios jainitas y palacios de Jaisalmer? ¿Qué hay del bonito fuerte de Bikaner? ¿De los preciosos palacios de Udaipur? No puedo separar su imagen de la pobreza (falta total de dignidad humana) que los rodea y engulle. Sólo me relaja pensar en Ranakpur.



En un autobús





sábado, 3 de marzo de 2012

Animalia










Harta de conversaciones sobre tiroteos y muerte en Homs y crisis sin fin, y de esa sensación de que todo nuestro sistema de derechos, bienestar y falsa seguridad se desmorona, me he propuesto dejar a un lado al hombre y desviar la mirada hacia los animales. La naturaleza siempre ha tenido la capacidad de relajarme y hacerme olvidar los problemas e, incluso en los momentos de mayor bajón, el observar a un pequeño perrillo me produce un indescriptible placer. Así que hoy la cosa va de animales.

A veces, sin embargo, ¡se parecen tanto a nosotros!. En Delhi un día había un hombre vendiendo en un pequeño puesto cerca de Conaught Place patatas cocidas creo recordar o algo semejante. De repente un mono se puso erguido ante él y agrupando sus dedos en forma de lágrima se los llevó a la boca, para después bajarlos hacia su tripa y girar la mano abierta en círculos. Repitió esos gestos varias veces y el hombre sin apenas dirigirle la mirada le lanzó una patata, que el mono se llevó raudo y veloz a un árbol. No tardó, sin embargo, ni dos segundos, en volver y, en este caso olvidando absolutamente cualquier cortesía y acompañado de otro rufián, le robó al pobre vendedor otra patata y saltó-casi-voló a otro árbol.

También en India, en Bikaner en concreto, fuimos testigos de una actitud materno-filial muy ¿humana?. Estábamos en una granja de camellos, aburridas ya que no parecía una excursión de gran interés, cuando empezaron a llegar los camellos que habían estado pastando fuera. De repente, un camello se paró en seco y miró hacia los lados con preocupación, se volvió por el camino que había venido y se perdió de nuestra vista. Al cabo de un segundo volvió con un pequeño camello al que golpeaba en el lomo con el morro suavemente pero con firmeza mientras refunfuñaba regañándole pero con cariño al mismo tiempo:"venga pa'lante, como te vuelva a perder de mi vista, cobras". De veras que no es una percepción nuestra, no es una lectura humana de un comportamiento que vete a saber qué significaba, no, las dos muestras de sentimiento fueron perfectamente claras.

Este año en Namibia, en el parque de Etosha, también hemos podido comprobar cómo los animales tienen personalidad propia. Quiero decir que todos los elefantes, por ejemplo, no son iguales, cada uno tienen sus manías. En una charca en la que había varios elefantes y springboks bebiendo y bañándose, por ejemplo, había un elefante joven que simplemente no soportaba a los springboks, le superaban, y se acercaba a ellos a echarles agua para que se fuesen o les barritaba si pasaban corriendo cerca de él con inconfundible enfado, le enervaban. Al resto de los elefantes, en cambio, ya fuesen jóvenes o viejos, les traía sin cuidado que las gacelillas anduviesen por allá.

Es fantástico poder ver a los animales en su entorno. Por la noche ver a unas girafas protegiendo a la más pequeña de ellas mientras bebía, dejando rápidamente la difícil posición que tienen que adoptar para beber al menor ruido, y ver luego como se acerca un rinoceronte y más allá cómo viene un elefante, todo en silencio... Mientras estaba observándoles pensé que de un momento a otro aparecerían ante mí las palabras THE END, era difícil creer que realmente yo podía tener el inmenso privilegio de presenciar esa escena. Algo parecido me pasó en Tortuguero (Costa Rica) cuando fuimos con Chico a ver a las tortugas desovar en una playa llena de troncos que había que ir evitando con cuidado de no caerse, a la escasa luz azul de una diminuta linterna, los rayos de una lejana tormenta al otro lado del mar, en silencio total. Al día siguiente fuimos de nuevo con este mismo excepcional guía en barca de remos a dar una vuelta por el parque natural, los monos saltando de árbol en árbol por encima de tu cabeza, en alguna rama una serpiente amarilla o diminutas ranas de colores, dejándonos arrastrar por el agua, con el único ruido del roce de ésta con la barca. Fue fantástico.

Esta excursión me ha hecho recordar un perro que vivía en un bar-muelle camino de Tortuguero. Las barcas que llevaban a los turistas de Limón a Tortuguero paraban allí para tomar algo o repostar -o como decía un chico de Bilbao, para darles tiempo a los guías de ir colocando los animales del resto del recorrido, mientras los turistas tomábamos algo distraidamente-. El caso es que además de un perro había un mono, supongo que atado, aunque la verdad es que no lo recuerdo. Pero lo que sí recuerdo es que todos los turistas iban a hacerle monadas (nunca mejor dicho) al mono y pasaban totalmente del perro. Así que éste cogía carrerilla para llamar la atención y se tiraba con gracia y sin casi frenar boca arriba jadeante y sin dejar de mover la cola, esperando que algún turista se dignara a hacerle unas caricias en la tripa.

No quiero terminar sin comentar lo que me sorprendió la primera vez que vi girafas, elefantes, guepardos y otros grandes mamíferos -esto fue en Tanzania-, lo silenciosos que son, estás observándoles y lo único que oyes es a los pájaros que hay por alrededor, sólo muy de vez en cuando se oye algún rugido o algún barritar que hace que algún pequeño babuino se de la vuelta completa sobre el lomo de su madre para ver qué demonios pasa.

sábado, 7 de enero de 2012

De cine


De cine

Viajar es algo más que ver monumentos de corrido e ir tachando los lugares de interés que pone en las guías. Tan gratificante o más que eso resulta sumergirse en un mercado, intentar comprar unos huevos cocidos en el idioma local, dejarse invitar a beber un té o… ir al cine.

En India la experiencia de ir un día al cine merece la pena. Fuimos en Jaipur al cine Raj Mandir que sólo por su arquitectura interior merece la pena visitar, pero sin duda lo mejor fue observar a la gente y la película en sí. Ésta era un film de Bollywood de tres horas de duración con un intermedio en medio. Pero como en las películas los indios acostumbran hacer números de baile y demás no resulta aburrido. En ese cine hay varias salas: esmeralda, rubí, diamante y perla. Nosotras fuimos a la mayor, la sala esmeralda, que creo tenía cabida para unas 900 personas y era donde se juntaban principalmente las familias. Otras salas son más íntimas, pero en India teniendo en cuenta lo sobones que son los hombres consideramos más acertado ir a la sala familiar. Van las familias enteras con niños incluso de tres años que cuando lloran son atendidos normalmente por los hombres. La gente que está en el cine parece tener un nivel económico superior a la gran mayoría de los indios, aunque están tan delgados que cuando pasan con sus niños por delante de la pantalla ni molestan, sólo se ven unas rayas andantes con anillo brillante. Para coger los tickets para la sala esmeralda hay dos ventanillas, una para mujeres y otra para hombres. La entrada es bastante cara para ellos.

La película era una parábola de la relación entre India y Pakistán, perfectamente comprensible aunque no supieses hindi. Dos hermanos gemelos se ven separados durante un bombardeo en la antigua guerra entre ambos países. Uno de ellos se pierde y es recogido y educado por una familia pakistaní. Ambos hermanos, luchan sin saberlo cada uno en un bando. Finalmente al descubrir que son hermanos acaban ayudándose, el indio ayuda a evitar el complot para atentar contra el avión del presidente de Pakistán y el pakistaní hace algo similar. Al final de la película se abren las fronteras y grupos de pakistaníes se abrazan con sus hermanos hindustaníes al son de una canción patriótica. En ese momento, así como cuando el pakistaní llama bhai (hermano) al hindustaní, la gente que estaba viendo el film aplaudió a rabiar. Dejando a un lado el argumento principal, el film era una mezcla de historia de amor, violencia en plan gracioso, gags tipo coche fantástico, canciones y bailes. La salida del cine fue espectacular con tanta gente negociando a la vez el precio de un rickshaw.

Ese día que fuimos al cine en Jaipur era domingo por la mañana y estaba a tope. En Burkina Faso, sin embargo, fuimos el sábado a la sesión de las 20:30 y el cine también se llenó. En Burkina, como en India, el cine es toda una institución, allí se celebra cada dos años uno de los festivales más importantes de África.


Mirando la cartelera en un cine de Gorom Gorom
Fuimos al cine Burkina de Ouagadougou a ver “El amor 
todavía es posible”, de un director burkinabe. La gente va con sus mejores galas, bien vestidos, peinados y perfumados, aunque hay de todo, claro. La película ha empezado a la hora prevista y se han reído tanto que a veces saltaban de sus asientos. El tema era universal y se entendía muy bien aunque la película era en francés: viejo de buen nivel económico se lía con jovencita que ha dejado de creer en el amor y busca solo dinero. Algunos espectadores se anticipaban a la conversación que iban a tener los actores:

-¿Dónde has estado? - le preguntaba la actriz al actor sospechando que su marido tenía un lio.

-En la oficina. -contestaban anticipándose al actor varios de los espectadores, que sin duda se habían visto en el mismo brete más de una vez.

Finalmente el viejo vuelve con su mujer a la que quería mucho y la joven encuentra el amor. La mujer va más de una vez donde el marabú para que le dé pociones, le tire los cauris o le recite unos salmos coránicos que le ayuden a recuperar a su marido. La gente se ríe mucho cuando el marabú recita unos salmos coránicos en plan gracioso. Las jóvenes aplaudieron mucho al final de la película cuando el consejero musulmán les dice a los hombres que hay que respetar a la mujer, que es quien nos da la vida y tal y cual. Las chicas de la sala aplaudieron y gritaron bravo.

Fuimos a ver la película al final del viaje a Burkina y resultó muy curioso ver mucho de lo que has ido viviendo durante un mes reflejado en la pantalla: los autobuses de la Sogebaf, el saludo de los jóvenes al estilo negro americano, que tras darse la mano suavemente, chascan los dedos para después chocar los puños, el saludo más serio de los musulmanes que se llevan la mano al corazón, el de los que cruzan los brazos delante de la tripa y agachan la cabeza (este lo vimos sólo un par de veces, suponemos que es más típico de las zonas rurales o de determinada etnia), el hotel Ran, los taxis verdes, los maquis café, el mercado de frutas y verduras, las motos, etc.

En Omán también nos decidimos un día a ir al cine. un d En cartelera había diversas opciones tanto en inglés como en lenguas del subcontinente indio. Nos decidimos por una peli india. Cuando fuimos a comprar la entrada todos nos decían que había films en inglés, que fuésemos a ver una peli en inglés, pero, desgraciadamente no les hicimos caso. La película era en alguna lengua del sur de la india, bengalí o así, pero no había porqué preocuparse ya que estaba subtitulada en árabe y urdu o algún otro idioma indio. A pesar de que la peli era sumamente violenta, en la sala, que no se llenó, había niños menores de 12 años. Creo que todos los espectadores eran indios o pakistaníes. Al principio dije: a vale, ya sé de qué va, un hombre ha matado a su mujer en presencia de su hijo de unos 7 años, así que éste, claro, ahora ingresa en una especie de escuela de artes marciales para aprender a luchar y luego vengar la muerte de su madre. Eso parecía pero a partir de ahí estuve perdida las tres horas que duró la peli, no tengo ni idea de lo que pasaba. Eran como unas mafias que luchaban unas contra otras con gran violencia, poco más puedo decir. Los hombres iban vestidos con unas faldas-pareo largas que de vez en cuando se recogían ayudándose del pie por detrás para empujar la falda hasta la altura de la mano y finalmente con ésta sujetarse un extremo de la falda en la cintura, de forma que, al quedar las piernas al aire, tuviesen más facilidad de movimientos. Si me hubiesen preguntado al final de la peli de qué iba sólo hubiese podido contestarles eso. Otra vez en mi ciudad me pasó algo semejante con un film maliense. A pesar de tener una sinopsis de la peli no me enteré de nada, sólo recuerdo una pareja de jóvenes muy guapos y que no sé qué ostias pasaba con un huevo de avestruz.

Ir al cine cuando estas de viaje en el extranjero es otra manera de conocer el país que uno no debería perderse, sobre todo en aquellos países en los que la gente es muy aficionada al séptimo arte.

 

martes, 3 de enero de 2012

De gastronomía







De fino paladar

Hay quien dice que también se viaja a través de la comida, se habla de turismo gastronómico, etc. Es cierto que la forma de cocinar es un aspecto más de la cultura de un país, pero no nos engañemos, algunas de las recetas más habituales de ciertos países depende como tengamos educado el paladar pueden resultarnos vomitivas. Yo no soy de los que sólo come lo que conoce, pero si pruebo algo y no me gusta, desde luego lo intento evitar.

Por ejemplo, el ugali, comida básica de la dieta tanzana, simplemente no sabe a nada, es absolutamente insípido. Se come acompañado de una especie de plátano que resulta que sabe a patata y una salsa no muy atractiva, que supongo es lo que le da el sabor (nosotras no le echamos salsa por su aspecto un tanto desagradable). El mijo, comida básica en Mali y Burkina, es igual de soso que el ugali, lo acompañan de hierbas y/o limón. De todas formas, uno que comí en el país Lobi (Burkina) no estaba malo del todo. En Etiopía la base de la dieta es la injera, un talo de pan fermentado que a veces tiene un color grisáceo nada apetecible y un aspecto esponjoso que le da un aire a balleta scotch brite. En general tiene un sabor demasiado fuerte que anula todos los demás sabores de la comida que se pone sobre ella. Pero confieso que en Weyto comí injera con unos espaguetis bien picantes y me supo rico.
Puetso de gusanitos en Bobo

La comida más rara que he visto eran una especie de gordas y negras orugas o ciempies que comían en la zona de Banfora y Bobo Dioulaso (Burkina Faso) en bocata. Los tenían cocidos y cuando alguién les pedía un bocadillo echaban unos poquitos a la sartén con cebolla y aceite, los reogaban un poquito y luego ponían tres o cuatro en un bocadillo grande con tomate. No me atreví a probarlo, cosa que me pena, porque seguramente no estaba malo. Al fin y al cabo nosotros comemos caracoles y la textura al morder no será muy diferente.

Un pollo dirigiéndose a la disco-restaurant en el Psís Lobi
Apesar de lo dicho, alguno de los mejores platos que he comido en mi vida los he comido en África. El pollo, sin ir más lejos, no es un plato de mi gusto, pero en Mali o Burkina Faso es simplemente delicioso. No tiene nada que ver con nuestro pollo hormonado sobrealimentado con pìenso y encerrado en granjas superpobladas, ni siquiera se parece ni remotamente al pollo supuestamente de campo que venden aquí. Allí andan a su libre albedrío con sus polluelos, son atléticos y, como consecuencia, el sabor y la textura de la carne no se asemeja en nada a la de lo que nosotros llamamos pollo. A veces, cogen delante de tus narices el ejemplar que luego te van a servir en el plato. En Mali lo solían cocinar a la pimienta y estaba muy bueno.

La mejor tortilla de patatas también la he comido en África, concretamente en el hotel Hala de Gaoua (Burkina Faso), mejor incluso que la de mi madre. El hotel es de unos libaneses pero no sé si el cocinero es libanés o burkinabe, el caso es que era realmente buena. Allí también comimos unos pinchos morunos excelentes. La tortilla española es un plato fácil de encontrar en el África occidental, pero normalmente no lo hacen con patata, sino con algún otro tubérculo (batata, ñame o yuca) y eso hace que no sea exactamanete igual. Por otra parte, en Marruecos es un plato habitual, pero acostumbran echarle especias y eso hace que el sabor difieran bastante del de la tortilla fetén. En Tanzania, acababamos de llegaral país y todavía estabamos esperando en la cocina-bar que nos diesen habitación en el hotel YMCA, cuando la primera frase que oímos de boca de un tanzano fue: "ponme una tortilla española". En India, en Agra concretamente, aparecía en el menú y nos la pedimos por curiosidad. Los ingredientes los habían apuntado bien, pero creo que no captaron bien cómo se hacía. Era incomible.

Los espaguetis y las pizzas también las hacen muy bien tanto en Mali como en Burkina o Etiopía. Y aunque siempre se le dice al turista que evite las ensaladas, he de decir que las de Mali, Burkina y Níger son muy buenas y que nunca nos dieron problemas. Además es lo que más apetece muchas veces. El capitán (pescado finísimo abundante en el Níger) lo preparen como lo preparen está delicioso. En Niamey (Níger) comimos unas brochetas de capitán exquisitas, sabían a angulas, ya que estaba preparado del mismo modo que hacemos aquí las angulas. En el Pilier (restaurante de un italiano en Niamey) el carpaccio de capitán era excelente. En realidad todos los platos del Pilier estaban muy buenos (confie de pato, pizzas, tajine...). Pero quizás el plato más delicioso que he comido jamás por esos mundos de dios fue una liebre a la mostaza que nos sirvieron en un humilde restaurante de Bobo Dioulaso (Burkina). Cuando lo pedimos pensamos que lo que ponía en el menú sólo eran imaginaciones del jefe y que nos dirían que no tenían. Pero, muy al contrario, los lo sirvieron al cabo de unos pocos minutos y estaba para chuparse los dedos, fantástico.

De Tanzania recuerdo con especial deleite el restaurante del hotel Hilton de Kilwa Masoko (no os engañeis, es un pequeño aunque muy bien regentado hotel a 2 dólares americanos la habitación doble). El chef, Hassani, era realmente bueno y el pescado lo preparaba muy bien. Mientras comías podías ver como le traían algún gran pescado recién capturado.

En Namibia las gambas y los calamares o chopitos a la mantequilla son muy buenos. Abunda la oferta de carpaccios tanto de carne como de pescado, shushis y sashimis. A mi el shushi no me gusta, pero los carpaccios y el sashimi estaban muy buenos. Las sardinas que ellos denominan portuguesas son también una buena elección. La carne también dicen que es muy buena, pero yo cada vez la tolero peor, así que no puedo opinar, no comimos nada más que en los safaris y fue en forma de hamburguesa. Eso sí, estaban ricas.


Sabores inolvidables

Por no alargarme demasiado me he ceñido a África pero en todo el mundo hay sabores que no se olvidan y al volver a comer aquí un producto determinado no puedes evitar compararlo con el que un día degustaste en tierras lejanas. Ahí va mi top ten, bueno en realidad sólo son seis los sabores que suelo recordar frecuentemente.

La mejor granada en Bikaner (India), de tan roja que era era granate. Los mejores higos y la mejor miel en Yemen sin duda, la miel sobretodo es suave, dulce pero sin ser empalagosa, deliciosa. El mejor chocolate caliente en Huehetenango (Guatemala). Los mejores huevos con tomate en un pueblo de la montaña yemení y en Estambul -en Turquía el plato tiene un nombre específico que no recuerdo-. El mejor yogur en Turquía.