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sábado, 7 de diciembre de 2013

YA TIENES TAREA PARA MAÑANA



Ejercicio de agudeza: ¿En qué ciudad sucede la trama? La respuesta al final.

Era perfectamente consciente de que estaba soñando.
Estaba acostada de lado en una posición normal, con las piernas ligeramente flexionadas, pero una pierna y parte del tronco parecían ir por libre, como si un hilo invisible tirara de ellos hacia arriba, flotaban en el aire y por muchos esfuerzos que hacía no conseguía que bajasen, parecían querer hacerme volar, aspirarme hacia arriba. No era agradable. El cerebro daba órdenes a la pierna para que bajase pero ésta no atendía a razones. Intentaba en sueños darme la vuelta para que esa pierna rebelde se viese obligada a reposar sobre el colchón. Inútil. Cuando por fin conseguí despertar me quede inmóvil durante largos minutos, tenía una sensación extraña, incluso llegué a tocarme suavemente la pierna para cerciorarme de que seguía intacta, de que no me pasaba nada. Por fin, me tranquilicé, sería uno de tantos posibles efectos nocivos del Lariam, los malos sueños.


 

Me desperecé y me dirigí al baño. Sentada en el retrete observé con impaciencia el Buda sedente que, rodeado de una composición de piedras en plan jardín zen, tenía mi casera sobre un armarito bajo a un lado de la bañera, justo frente a mí. No creo que Buda fuese así de gordo, pensé. “Ya tienes tarea para mañana: inspira, expira, inspira, expira”, fue lo que, al parecer, le dijo Buda a un discípulo ansioso de sus enseñanzas.  ¿Será esa filosofía de vida la que lo mantiene así de gordo?

Ganesh
No me duché. Me vestí descuidadamente y salí de la habitación. Pasé por el comedor sin ni siquiera mirar las madalenitas que Vera había dispuesto con cuidado sobre la mesa. Me dieron ganas de  tocar la campana con la figura del menino Ganesh que colgaba en la pared, al lado de uno de los cuartos. Tin-tin, tin-tin, me largo, hoy tengo algo que hacer: inspirar, expirar, inspirar, expirar.  Sonreí con desgana. 






 Abrí el primer candado con la  diminuta llave, y cuando iba a abrir el de fuera, el joven guardián, que venía corriendo no sé de dónde, se me adelantó y me abrió la puerta con un risueño  bon día. Apenas di dos pasos el perrito de los vecinos, como siempre, se acercó a todo meter ladrando como un descosido, y se empotró violentamente en la manta que sus dueños habían colocado alrededor del pequeño boquete de la alambrada, para que el chucho no se hiciese daño en uno de esos arranques en los que sin duda quería demostrar a sus dueños que como perro guardián valía tanto o más que esos perrotes peligrosos que tenían las otras casas de la manzana.  Con medio cuerpo fuera, ladraba y ladraba como un loco. Estoy segura de que no tenía nada contra mí, era sólo una forma de no perder su sustento. Tal vez él, como yo, también sentía como un desasosiego que le hacía dormir mal.
 

 






Calle Mao Tse Tung
Me dirigí a la Mao Tse Tung con alegría simulada, pensando en el pequeño perrito. Crucé con cuidado de no ser atropellada por algún automovilista somnoliento y torcí por la Vladimir Lenin. No era un día especialmente claro, parecía que iba a llover. Lamenté haber salido con tanta prisa, sin pensar ni en la temperatura que haría. En mi habitación sin ventana siempre acostumbraba a asomar el morro antes de terminar de vestirme, para decidir si llevar algo más de ropa o no. Descendí un rato por la Olof Palme y luego dirigí mis pasos hacia la Karl Marx. Mis pies parecían llevarme hacia el Museo de Arte, y llegué a doblar por la Ho Chi Min, pero enseguida me di cuenta que no tenía mucho sentido ir allí, eran sólo las nueve y hasta las once no abrían. Seguí entonces por la Ho Chi Min pero en sentido contrario al museo y descendí después por la Samora Machel hasta el Continental. Compré el periódico al joven que los vendía al lado de la puerta y me dispuse a tomarme un zumo, un café con leche y un buen pastel de nata. No era mala manera de intentar matar esa especie de pánico que no me abandonaba los últimos meses.

 

 

 
Calle Vladimir Lenin

El periódico decía que no se firmaría la cachimba de la paz, el partido en el gobierno y la oposición no se ponían de acuerdo, ya había habido varios civiles muertos. Los vecinos de Matola habían respondido a las pintadas tipo “estad preparados porque mañana vendremos con navajas y nos tendréis que dar todo lo que tenéis” de los violentos ladrones  que acostumbraban asediar el barrio un día sí y otro también, con carteles en los que decían esperarles con gasolina, neumáticos, y fuego. Cerré el periódico: lo mismo de siempre. No estaba triste exactamente; como más de una vez en estos últimos meses, tenía un día rojo. “Difícil encontrar una tienda como Tiffany’s en esta ciudad para ver si en mí también tienen un efecto tranquilizador”, pensé. Decidí probar con el museo de la moneda. Ni corta ni perezosa allí me dirigí sin pensarlo dos veces.

Museo de arte





 “¿Nacional o extranjera?”, me preguntó el recepcionista del museo. Me quedé anonadada, no por la pregunta, soy blanca pero sin duda no me diferencio en nada del tipo físico portugués, sino por el traje que llevaba el joven: pantalón blanco inmaculado,  camisa blanca impoluta con decoraciones estilo Elvis Presley, zapatos relucientes. Tal vez había acertado con mi Tiffany’s particular: un buen portero para poner en la antesala de un día en el que buscaba sino felicidad, por lo menos serenidad.


Billete de 50 trillones de dólares de Zimbabue
Me dirigí directamente a la sala que me interesaba. No tardé mucho en verlo: cincuenta trillones de dólares. En un único billete. Me dio la risa. Pobre gente de Zimbabue, un billete de cincuenta trillones de dólares que ayer valía para comprar una moto, hoy unos zapatos, mañana como mucho para comprar el pan y pasado mañana tal vez ni para limpiarse el culo. Ese sencillo billete de repente me hizo relativizar mis angustias.  ¿Qué más daba si perdía el trabajo? ¿Qué me daban a cambio de mis esfuerzos y desvelos? ¿Cuatro papeles impresos que guardaba como una hormiguita en un banco para cuando tuviese tiempo de disfrutarlo? Porque ahora tiempo, lo que es tiempo no tenía. ¿Cifras impresas en una cartilla de la que en cuanto quisieran los gobernantes me harían una quita? Una quita absolutamente legal, eso sí. ¡Que les den! Tengo que olvidarme del tema, si me quedo en el paro dios, Buda, Ganesh o la RGI proveerán. Salí del museo con ánimo renovado. Me voy a dar un homenaje, hoy iré a comer a Río o alguno de los restaurantes de la calle Julius Nyerere: queso del Alentejo, unas almejas, unas aceitunitas, paté de atún… Voy a disfrutar por fin de mis vacaciones. Tenía razón Buda, he de aprender a distinguir lo fundamental de la vida de lo superfluo. A partir de ahora el trabajo, los convencionalismos sociales, los deberes que la clase dominante me impone para favorecer sus propios intereses en vez de los míos… los voy a dejar en un segundo plano y voy a darme toda la prioridad, voy a ocuparme de mí misma, de vivir. Voy a sacar a mi hijo del comedor escolar, comeré con él todos los días,  tal vez aprenda a pintar acuarelas, voy a bajar del camarote aquella guitarra que hace no sé cuanto que no toco, pienso desayunar a diario en una cafetería, siempre con un bollo, como he hecho hoy, hasta que se me acaben todos los ahorros. Y voy a volver a ser consciente de mi misma y de toda la belleza que me rodea, de los
Día de boda. Maputo.
días grises, y de los azules luminosos, de los vuelos bajos de los gorriones y del canto vespertino del ruiseñor, de la luna en cuarto menguante y de un cielo estrellado, de una noche de tormenta y de un paseo cubierto de hojas de otoñales colores… Dejaré de mirar el pronóstico del tiempo en la pantalla del móvil y volveré a aprender a observar el cielo: inspirar, expirar, inspirar, expirar.


Respuesta: otupaM







 
 

 



jueves, 8 de marzo de 2012

Le mariage. Cuento.


Tenía un pequeño letrero clavado en un árbol anunciando sus servicios y su número de teléfono móvil. Se le podía ver siempre allí, a la sombra del karité, agachado a un lado u otro de alguna moto, un poco sucio de alquitrán. Era un barrio tranquilo, cerca de los restaurantes de más prestigio de la ciudad: el Pilier, el Tabakady... Restaurantes inaccesibles para él desde luego, que solía conformarse con comprarle al chaval que atendía el puestecillo del otro lado de la calle un par de manzanas para almorzar.

Era un día como otro cualquiera. El loco que cubría su cabeza con un casco para evitar hacerse daño en sus arranques de locura ya se había sentado sobre la arena de la acera, enfrente de la pâtisserie Les Délices, y parecía comer algo que sacaba de una bolsa de plástico negra. En la pastelería la gente hacía cola para llevarse varias barras de pan recién hechas y algún pastelito que intentaban meter sin éxito en una de las finas bolsas que fuera un hombre en su silla de ruedas descolgaba de un pequeño arbolito y vendía a un módico precio, se rompían enseguida y habían de comprarle otra bolsita que sólo con verle la cara al pan se rasgaba fastidiosamente. Hacia las diez el niño de siempre pasó con su rebaño de cabras taciturno silbando una melodía que a Salifou se le hizo extrañamente conocida. Y poco después se vio pasar un camión de Mercadona que asustó a un dromedario distraido que seguía a su amo perezosamente, ralentizando su marcha para poder mordisquear las sabrosas flores de las acacias que quedaban a su alcance.

Un día como cualquier otro. Y, sin embargo, un extraño silencio le había chocado al salir de casa en dirección a su rudimentario taller. Apenas se veía un alma en la calle, como si se esperase un gran cataclismo. Miró hacia el cielo pero no le pareció que la tormenta de arena fuese a ser inminente, aunque hacía ya cuatro días desde la última y estaba claro que la próxima no tardaría mucho en llegar. "Amenaza lluvia"- se dijo para sí.

Mientras se afanaba en arreglar una moto que un cliente le acababa de dejar, la vio pasar. No era la primera vez que veía a la joven. Solía pararse a conversar con el vendedor de lotería o se acercaba a la pequeña peluquería de más allá. Pero ese día, era tan escasa la circulación de gente por la calle, había un clima tan espectante que se fijo con más atención en ella. Era realmente joven, pero al mismo tiempo tenía una elegancia y un atractivo muy resueltos y maduros.

Un chaparrón inclemente interrumpió sus reflexiones. Empezó a caer agua del cielo a cántaros, sin piedad. La chica parecía bastante madura, pero él estaba claro que todavía era un criajo al que le quedaba mucho que aprender, por lo menos en lo que se refiere a interpretar las señales. Ese silencio que le había llamado la atención por la mañana no era sino el anuncio de un gran chaparrón que había hecho ser precavidos a todos los habitantes de Niamey, menos a él. Si hubiese sido un poco más listo se hubiese quedado en casa. Ahora quedaría atrapado vete a saber hasta cuándo.
  

Corrió hasta la entrada de la pâtisserie y se quedó allí a esperar a que escampara. La calle ya se había inundado completamente y el agua caía del tejadillo del porche de la panadería como una catarata. "Yo voy a intentarlo"- le dijo sonriente un joven que se subió a la moto y con el agua casi hasta media rueda consiguió finalmente salir a la carretera. "¿Quieres que te lleve? Voy hacia el mercado de Katako"- se ofreció un hombre mientras se subía a un todoterreno. "No gracias". No podía dejar la moto que estaba arreglando allí sin vigilancia, el cliente vendría a buscarla por la tarde.




Invitación de boda. Niamey

Después de eso ya no recuerda claramente nada. Seguía lloviendo sin parar, la calle estaba totalmente inundada. Estaba como en una celda recluido entre la cortina de agua que caía del saliente del tejadillo y las paredes de la pastelería. Se recuerda a si mismo como en un estado catatónico, en una espera interminable, con la mirada fija en la cortina de agua. No recuerda que nadie saliera ni entrase en la panadería, no recuerda qué hizo el hombre de la silla de ruedas, no recuerda qué fue de la chica, no recuerda que hablara con nadie, ni que nadie le sacase de allí. Sólo le vienen a la cabeza imágenes inconexas como a ráfagas. Había cesado la lluvia pero él permanecía inmóvil en el escaso espacio junto a la pared de la panadería que aún estaba seco. Esperaba. La calle estaba todavía inundada y esperaba -como era habitual por otra parte- a que las aguas bajasen un poco y le permitiesen salir a la calle sin mojarse hasta las rodillas. Un coche de los pocos que empezaban a pasar por la carretera levantó un torrente de agua a su paso que le empapó de arriba a abajo. Un chico embutido en un impermeable azul oscuro atravesó como a cámara lenta la calle en una bicicleta. De todo esto tiene un somero recuerdo, pero nada más. Como si hubiese entrado en otra dimensión, como en un sueño.

Invitación a una boda en Niamey
El siguiente recuerdo es ya una enorme confusión de ruidos en una especie de ceremonia nupcial con muchos hombres vestidos con fes y bubú blanco y grandes zapatos en punta, músicos que le enloquecían con sus tambores y gentes que le hablaban en un idioma que no llegaba a comprender. Y la jovencita, como entre nubes, siempre flotando a su alrededor. Una fiesta sin fin que daba vueltas alrededor de su cabeza. Y en ese estado onírico, no sabe cómo, llegó a Lagos. Seguro que le drogaron, o tal vez fuese poseído por alguno de los cientos de holeys o genios invisibles que a veces se alían con algunos humanos por razones que sólo ellos conocen, tal vez la familia de la chica contaba con el apoyo de los atakurna, enanos del bosque, o los tôro, genios del agua y del cielo.  


El caso es que su vida dio un vuelco del que aún no se ha recuperado. Ahora, en Lagos, se encarga de apalabrar medio en hausa medio en yoruba el precio del taxi brousse que habrá de llevar a la extraña familia de su novia a algún mercado en donde hacer su numerito. Mientras, la familia de Rachida espera agazapada con una de las hienas en algún rincón, y en cuanto Salifou llega a un acuerdo con el taxista, corren con la hiena y, sin dar tiempo al asombrado chofer de protestar, ocupan el vehículo, de manera que el aterrorizado conductor no tiene otra que arrancar la furgoneta y correr lo más posible para intentar llegar al destino sin ser devorado por el animal. Con su cara de extranjero timorato y su lengua de trapo, ningún taxista imagina la sorpresa que esconde el muchacho. Ya en la plaza del mercado, la familia de su novia y ella misma realizan diferentes números y juegos con el animal para asombro y divertimento de las gentes de los barrios periféricos de la gran ciudad. Él no participa en el espectáculo, sólo se encarga de recoger las monedas. Todavía no se ha acostumbrado a las hienas, aunque sus cuñados dicen entre grandes carcajadas que son ellas las que aún no se han acostumbrado a él.
Hombres hiena
 
A veces uno no sabe lo que tiene cuando cuenta con un árbol en donde dejar su número de teléfono y una buena sombra donde poder trabajar. Echa de menos aquel barrio tranquilo de Niamey y después de todos estos años aún pierde el sueño a veces pensando en qué sería de la moto que dejó bajo el árbol a medias de arreglar. Es absurdo, pero le reconcome la idea de que su cliente esté enfadado con él. No le reprocha nada a su mujer, ella, al fin y al cabo no fue sino una víctima más de las hienas, como él. Ella, al fin y al cabo, no era nada más que una estudiante de vacaciones en Niamey.

http://www.taringa.net/posts/imagenes/5655931/Hombres-Hienas.html

jueves, 29 de diciembre de 2011

De Mopti a Gao. Cuento.


Incertidumbre



Me fui a desayunar a la pastelería Dogón. Pedí un café con leche y un bollo y me senté en una mesa desde la que se entreveía la calle. Dí un sorbo al café y volví a sacar la carta del bolsillo del pantalón para releerla. No podía contárselo a mis padres, si era verdad lo que se decía sería demasiado duro para ellos. Habían invertido lo poco que tenían en el sueño europeo de mi hermano y ahora esto.

Pinazas en el puerto de Mopti

Cogí el cuaderno de apuntes, le pagué a Sidiki y en vez de ir a la estación de autobuses me dirigí al puerto. Había dicho a mi madre que tenía un exámen en Bamako, que ya les llamaría. Pero mis planes eran otros, tenía que saber si era cierto lo de mi hermano. Me dirigía a Tombuctú.

El barco ya estaba en el puerto pero todavía tardaría en salir, así que compré unos cacahuetes, un poco de pescado seco y fruta para el viaje a unas mujeres que estaban parloteando acuclilladas en el suelo mientras lavaban unos pimientos y los colocaban sobre la esterilla. Había llovido esa mañana y se les había mojado todo el género. Cuando llegué a la pinaza ya todos los viajeros habían ocupado su sitio. Al disponerme a subir me indicaron un tanto bruscamente que me quitase las zapatillas y no llenase de barro lo que iba a ser durante tres días su lecho. Colgué las zapatillas y las bolsas del techo de la embarcación y me busqué un hueco al lado de un viejo de larga barba cana sobre los sacos de arroz.

Tardamos aún una hora larga en salir. El embarcadero tenía mucha animación. Unos se afanaban en cargar sacos, barriles y demás en las pinazas. Algún que otro joven se acercaba hasta los barcos que ya pronto iban a salir e intentaba vender alguna de las telas de algodón de llamativos colores que portaba en la cabeza dobladas en perfecto orden. Una niña nadaba divertida a apenas dos metros de la pinaza y cerca dos jóvenes lavaban a su cabra en el río. La tenían toda enjabonada de arriba a abajo y la empujaban y le echaban agua por encima para que se le fuese yendo el jabón. ¡Cuantas veces no habíamos hecho eso mismo mi hermano y yo!

La brisa que provocaba el lento movimiento de la pinaza me despertó de mis pensamientos. Ya zarpábamos. Eran las doce del mediodía. Los viajeros estaban tumbados aquí y allá, uno puso un casette con chistes que hicieron que todos estallaramos en risas, otro recogió agua para preparar unos tés. Un hombre con cara de caricatura y risa de dibujo animado llevaba un martillo de plástico que golpeaba de vez en cuando contra el suelo haciendo un ruidito como de chiflo y sonreía imaginándose la cara de felicidad que iban a poner sus pequeños allá en el pueblo. Otro llevaba un colchón. Al poco nos pusieron una enorme bandeja de arroz para cada cuatro o cinco viajeros de la que dimos buena cuenta en pocos segundos. Ya no se veía Mopti, y el río cada vez era más ancho.

El primer día no hicimos apenas paradas hasta la noche. Al atardecer un jóven me despertó para que hiciese la oración del magreb. Me incorporé en un brusco movimiento como si al sentir que me tocaban hubiese saltado en mí algún resorte. Miré somnoliento hacía el río. Lejos, hacia el sudoeste, ibamos dejando atrás una enome mezquita de adobe en la que ya apenas si se vislumbraban los salientes de madera de las vigas tan característicos de nuestras mezquitas. Los huevos de avestruz que remataban cada torreta, en cambio, todavía eran bien visibles contra el fondo del cielo azul oscuro. Mi hermano siempre ha sido un buen musulmán, abandonarnos así... Metí la mano en el agua y tomé apenas unas gotas que luego distribuí con cuidado y parsimonia por brazos, pies, piernas y manos para hacer las abluciones. Cogí un poco más para limpiarme las orejas y la cabeza. Cerré los ojos y pedí a Dios que no fuese cierto. Con un gesto apenas perceptible escupí al diablo y dí por terminada la oración. En cuanto anocheció paramos y aproveché para bajar por la pasarela de madera a tierra y estirar las piernas. El cielo estaba radiante, la quietud y el silencio le daban una grandiosidad que no tenía en Mopti. No había luna.

No dormí apenas en toda la noche. Los sacos de arroz y mijo eran más duros que el propio suelo de madera y mis huesos se dolorían cada vez que me daba la vuelta. Hice un movimiento rápido con la mano para espantar una enorme cucaracha que se estaba aproximando a mi cara. Todos parecían dormir. Sólo se oía al patrón achicar agua constantemente. Era un sonido tranquilizador que adormilaba pero conmigo no surtió efecto. ¡2 millones de euros! No podía ser verdad...

El segundo día casi nos perdemos en el lago Debo. El río se hace tan ancho que parece un mar y hasta el patrón más experimentado puede perder el rumbo. Paramos en alguna de sus islas y unas chicas se acercaron con el agua hasta la cintura para venir a vendernos rosquillas y demás. Les compré un poco de pescado seco que preparamos y comimos luego entre todos. Esta vez no esperaron a que anocheciese para parar, era demasiado peligroso seguir al anochecer por el lago Debo y más con la tormenta que parecía acercarse. Tampoco dormí. No creo que esta noche durmiese nadie aunque, por lo poco que dejaban ver los rayos que rompían la total oscuridad, todos permanecian inmöviles sobre el suelo. Tuvimos que bajar las esterillas para que no entrase el agua de lluvia. Los truenos me infundían un miedo infantil, creo que noté como se me erizaba el vello de los brazos. Otra vez me vinieron a la cabeza imágenes de mi hermano.
Río Niger cerca de Tombuctú


Por la mañana la tormenta seguía y nos dió tiempo de desayunar la bandeja de arroz antes de poder ponernos en marcha. El viejo que compartía conmigo la comida tanteo con la mano todo el contenido del recipiente antes de elegir un poco de arroz grasiento, hacer una bola con él e introducirla con habilidad en su boca. El gesto y el llevar ya dos días a arroz para desayunar, comer y cenar me provocó arcadas y no pude comer nada. Aunque me sentía débil este último tramo de la travesía hacia Tombuctú se me hizo mucho más animado. Paramos en varios lugares y en todos ellos había mucho color, movimiento y algarabía. Ropa de colores tendida al sol de la tarde, tuaregs con sus turbantes y espadas comprando y vendiendo, burros y camellos cargados hasta los topes. Me parecía que estaba en otro país. No había estado nunca en Tombuctú, y la ciudad mítica ya se intuía.


Río Niger cerca de Tombuctú

Al atardecer llegamos a Korioumé. Varias pequeñas pinazas nos transportaron hasta la orilla. Ayudé a un chico con el colchón para que no se le mojara, ya que varios centímetros de agua anegaban la embarcación. Una vez en tierra varios de nosotros negociamos con un pick up para que nos acercase hasta la ciudad. Todavía quedaban unos 18 kilómetros y ya caía la noche. Acordado el precio nos pusimos en marcha a gran velocidad por una carretera a medio asfaltar. Varios niños nos seguían corriendo cada vez que el coche paraba un segundo para dejar algún viajero y algunos se subieron en marcha. ¡Esta gente está loca!, pensé. Al ver por fin las luces de Tombuctú no pude más que dar gracias a Alá por haber llegado sano y salvo.

Tombuctú


Para mi sorpresa, mi primo Maki me estaba esperando en el hotel Buctú, la última parada que hizo el conductor. No me había puesto en contacto con él para decirle si iba a visitarle como me pedía y, en caso de ser así, cuándo, ya que en realidad tomé la decisión de la noche para la mañana al poco de recibir su carta. No sé cómo se enteró, serán esas cosas que se dicen de desiertos y ríos: por ambos las noticias vuelan rápido. El caso es que me recibió con gran alegría y efusivos abrazos y me condujo casi sin darme cuenta a su casa. Era noche cerrada, estaba cansado y sediento y agradecí su acogida.
- No puedo creer que sea mi hermano, no hemos tenido noticias de él, pero.... nos habría llamado rápidamente. ¿Con quién iba a compartir algo así sino con nosotros?
- Lo sé, Issa, a mi también me cuesta creerlo pero todo apunta a él. Aunque reconozco que cuando supe por David que no sabíais nada empecé a dudar.
- Hace un par de meses que no nos llama, pero hemos recibido los 40 euros que nos manda todos los meses, ni más ni menos, no ha habido ninguna variación; así que...
- Oímos en la televisión española que un senegalés había ganado un premio de 2 millones de euros en la lotería en el pueblo en el que estabamos trabajando. Allí todos compramos algún boleto casi todas las semanas, es una costumbre muy normal en España.
- Nosotros pensabamos que mi hermano estaba en Francia.
- Así era hasta hace unos meses. Como te decía la tele dijo que era senegalés, así que pensamos que se habían equivocado de pueblo porque en aquellos días no había ningún senegalés trabajando con nosotros. Sin embargo, al día siguiente durante el almuerzo un compañero vino con el periódico y nos dijo "mira, aquí pone que es maliense, seguro que eres tú -me dijo- que te callas para no compartir tu suerte con tus compañeros" y se echó a reir, pero entonces nos miramos y dijimos los dos a la vez: ¿Dónde está Mamadou? Tu hermano no había venido a trabajar desde el día anterior. Los siguientes días tampoco apareció y nadie lo había visto por el pueblo. Era muy raro. Quedaban apenas unos días para cobrar, no tiene sentido irse de un trabajo sin cobrar después de haber trabajado ya tres semanas. Por eso todos pensamos que era él el afortunado. Pero cuando supe que no sabiais nada.... No sé qué pensar. Algunos empezaron a decir que era un sinvergüenza, que con ese dinero podría habernos ayudado a todos y todavía tendría para vivir toda su vida sin trabajar, que había olvidado hasta a su familia.
- No puedo creer que nos haya abandonado. Huir así, sabiendo lo que nos cuesta salir adelante aún con su ayuda de 40 euros y todo.
- Es mucho dinero, Issa. Nadie sabemos cómo actuaríamos en un caso así. ¿Que sé yo? O tal vez estemos juzgándole mal, quizás pensó que si os lo decía, pronto lo sabría todo Mopti y empezarían a haceros la vida imposible para recibir algo.
- No sé. No. Seguro que es a otro al que le ha tocado. Seguro que es todo una confusa coincidencia. Me estoy volviendo loco. Por una parte quiero que sea él y por otra deseo que no sea, él no puede ser capaz de hacer eso a sus padres. Y, si no es él, ¿porqué ha desaparecido?

Mezquita Djingereiber (Tombuctú)

-De todas formas, me decidí a escribite porque me enteré de que Salim ha venido de vacaciones a Gao y él seguro que sabe algo. Si no, no te hubiese dicho nada, pero él tal vez... Es el mejor amigo de tu hermano en España, fue él quién le animó a salir de Francia e ir a Lleida y siempre que han tenido trabajo en el mismo pueblo han compartido habitación. Le ayudó mucho en Francia y después en España. Cuando pasó todo esto Salim no estaba con nosotros, unos meses antes encontró trabajo en una fábrica en Barcelona. Pero seguro que han estado en contacto y que, si realmente tu hermano ha recibido ese premio, se lo ha contado a él. A alguién se lo habrá tenido que contar, no se puede uno guardar eso así tan fácil. No tengo su teléfono, pero Gao está a sólo un día de aquí.
- ¿Cuándo podemos ir a Gao?
- Creo que ya hay un grupo interesado en ir, pero, ya sabes, no sé cuánto tendremos que esperar hasta que se llene el pick up...

Esa misma noche nos dirigimos al Gran Marché para solicitar información sobre el viaje a Gao. El jefe no estaba y su ayudante nos acompañó hasta su casa, al parecer tal vez podríamos salir al día siguiente. Así nos lo confirmó el jefe de los vehículos que hacían la ruta y pagamos el billete. Nos pasarían a buscar el día siguiente al mediodía.

Dormí extrañamente bien, sin pesadillas ni recuerdos de antiguos rencores que sin yo saberlo guardaba hacia mi hermano. Pero al día siguiente, eran las seis de la tarde y nadie había venido a buscarnos. Volvimos a la estación y nos dijeron que fuesemos al día siguiente a la mañana.

Nada más desayunar nos dirigimos hacia allí. A las once un Toyota conducido por un joven mauritano nos hizo montarnos y nos llevó a una casa a las afueras de la ciudad. Allí esperaríamos al resto de viajeros. Nos hicieron entrar através de un patio a una casa de barro. Dentro de la habitación había dos mujeres tumbadas viendo fotos y collares que tenían en un pequeño cofre. Eramos los primeros viajeros en llegar. Ya no estaba acostumbrado a estas esperas para viajar. En Mopti todo era eficiente, si te decían a las siete, salías a las siete. Pero aquí se ve que no es lo mismo y esa espera sin hora límite me estaba poniendo muy nervioso.

Gracias a Dios, los viajeros poco a poco empezaron a llegar y para la hora de la comida ya estabamos casi todos. Con algunos tenía que hablar en francés porque no hablaban bambara, ni yo tamazeg ni songhai. Había algún militar, uno de ellos armado, dos mujeres, una de ellas una hermosa y rolliza targui con el cutis azulado por las telas que usan para cubrirse y un par de niños. Nos pusieron un plato de arroz para comer y hacia las tres salimos. Aún dimos una vuelta por el pueblo para recoger algún viajero más. A uno casi lo sacamos de casa forcejeando, parece que no había terminado de comer. Justo le dió tiempo de coger una caja alargada con un lazo que no sé qué tipo de regalo sería y el largo llavero de cuero tuareg con la llave de casa. Ibamos todos en la parte de atrás, sobre los equipajes. El militar armado estuvo con el kalashnikov cargado hasta salir de Tombuctú, según mi primo suele haber bandidos que atacan los coches. Pero al rato quitó el cargador al arma y lo dejó en la cabina. En la cabina iban los dos conductores mauritanos.

Bien, ya sólo me quedaban 500 kilómetros de espera, después sabría si mi hermano era quién yo pensaba o un sinvergüenza que no merecía mi respeto ni el de mis padres. El primer tramo del trayecto era muy duro para los condutores, tenían que ir analizando el tipo de arena y su dureza para ver si se podía pasar o no sin quedarse hundido en ella. Había que dar constantes golpes al volante para que no derrapase el coche. Alguna vez tuvimos que bajarnos todos menos los niños y mujeres y los que sabían -yo aquí soy un completo ignorante- le indicaban al conductor por dónde pasar. Los conductores se iban turnando cada pocos kilómetros.

Desde que se sale de Tombuctú todo alrededor es arena blanca y acacias y arbustos espinosos y según se va uno acercando a Gao aparecen las primeras grandes dunas y los arbustos se hacen más espaciosos, excepto en el tramo final. Al anochecer la arena se iba volviendo primero más amarillenta y luego rosácea mientras el cielo iba tornando del rosa al morado lentamente. Paramos a rezar y emprendimos de nuevo la marcha, haciendo volar a las perdices, correr a las cabras y sorprendiendo a una liebre. Una niña con un vestido plateado apareció como una especie de alucinación divina, un djin tal vez, a la hora del magreb. Todos los habitantes del desierto parecían salir a saludarnos. Me pareció un buen augurio, Dios dice que hay que hacer caso a las señales. Pero al poco una tormenta empezó a revolver toda la arena, casi no se veía nada y finalmente la lluvia no nos dejó proseguir. Nos paramos en un campamento y aprovechamos para abastecernos de agua en el pozo.
Allí permanecimos varias horas, primero por la lluvia y, después, porque no se les ocurrió otra cosa que ponerse a cenar. ¿No podían haberlo hecho antes, mientras llovía? Me exasperaban estas gentes del desierto. Mi primo me miraba y se tronchaba de la risa. "La impaciencia no te va a hacer llegar antes, créeme. Estos mauritanos saben lo que se hacen." Fuimos con los otros hombres a una jaima y allí cenamos. Las mujeres y los niños lo hicieron en otra con las mujeres del campamento.

Hacia las 12:00 de la noche emprendimos de nuevo la marcha. Recuerdo cada hora porque el nerviosismo me hacía mirar el reloj que me había regalado Mamadou cada poco. Sólo de vez en cuando atravesavamos algún poblado de jaimas redondeadas y gente tuareg armada. Vimos algún camello de pelaje negro y algún burro. Pero a estos beduinos no hay quién los entienda y a las 2:00 pararon otra vez. Dormimos, bueno, durmieron, en medio de ninguna parte hasta las 5:00 que empezaron a desperezarse. Vale, otra vez en marcha. Pero al poco Mohammed, el conductor mayor, señaló una pareja de viejitos que estaban haciendo el té frente a su casa en un pequeño poblado y gritó: "Restaurant", señalando con el dedo hacia allí. Allí perdimos otra estupenda hora de frescor y buenas condiciones para conducir. Como había llovido cuando por fin recuperamos la marcha, todo eran charcos, más o menos grandes que a veces sorteabamos y otras pasabamos vadeando.
- ¿Cuánto falta, Maki?
- Dios ama a los pacientes, tranquilo. Llegaremos pronto in sa' Allah.

Nada más entrar a Bourem un coche de la policía nos ha parado y ha pedido los papeles al conductor. Estaba claro que el conductor más jóven, que era el que en ese momento conducía, no los tenía, seguro que no tenía permiso de conducir. Se le ha notado tremendamente. El policía le ha dicho que vaya a comisaría. ¡Lo que nos faltaba! ¡Encima han intentado engañar al policía intercambiándose la ropa! Solo hace falta que se cabreen, los detenga y tengamos que esperar aquí tres días. He cogido una espinita de la acacia y me he sentado en el suelo a la escasa sombra que hace el alero de la comisaría para quitarme las niguas de los pies.

Media hora les ha costado negociar con el policía pero ahí no ha acabado todo. Después en mitad del desierto al parecer nos hemos quedado sin gasolina en uno de los depósitos y hemos tenido que mover entre todos el coche para que la gasolina pasase de un depósito al otro. Lo que no tenemos ya es agua, ni una gota. He tenido que agacharme y beber de un charco de lluvia. Espero que esta aventura que cada vez me parece más absurda no me lleve a enfermar.

Todavía hemos tenido que parar otra vez para recoger a un camionero al que se le había estropeado el camión. Estaba tan feliz en la mínima sombra que hacía el camión haciéndose tranquilamente un té. Definitivamente, si tengo que vivir durante mucho tiempo entre estos beduinos, me vuelvo tan loco como ellos. Mi primo se rie.


Mezquita de los Askias

Parecía que Gao no aparecería nunca. ¡Para hacer 400 o 500 kilómetros 24 horas!. Ya dudaba de su existencia, de la existencia de la ciudad, de la de mi hermano y de la de esta historia de millones y suerte. En este país de resignación y paciencia es imposible tener suerte.

Pero por fin llegamos. Paramos en el patio de una casa. Algunos viajeros seguirían mañana hacia Kidal. Bajamos del Toyota y pedí a la mujer de la casa una calabaza con agua. Trás despedirnos de todos, fuimos directamente a ver a Salim, que vivía en una casa cercana a la mezquita de los Askias. Nos recibió su mujer que nos dijo que Salim no volvería hasta la noche. Que lo podríamos encontrar hacia las siete de la tarde en un restaurante del centro.

El día se me hizo muy largo. ¿Y si Salim no me aclaraba nada? Apartamos con cuidado y no poco asco las cortinas de la puerta del restaurante que estaban llenas de cucarachas. Salim vino a nuestro encuentro según nos vió.
- ¡Enhorabuena, Issa!. ¿Lo sabes, no? ¿Ya te ha llamado Mamadou?¿Estás iniciando tu nueva vida visitando a los amigos? ¡Me parece genial!


Salim me explicó que mi hermano se había ido de Lleida para poder pensar las cosas con claridad y no hacer tonterías. Había ido a buscarle a Barcelona. Allí el banco le ha dicho cómo organizarse para poder vivir sin trabajar, ayudar a los suyos y no buscarse problemas. Todavía tenía que hacer algunos trámites pero en pocos días vendría a Mali y podría abtrazar a mi hermano. Una nueva vida empezaba. Una nueva vida. Una sensación de alegría inmensa y miedo sin sentido pugnaban en mi interior.



domingo, 18 de diciembre de 2011

Namibia


ANHELOS

Sábado en Swakopmund
Andaba con cuidado para no clavarme algo. Tenía las botas en la mano llenas de arena mojada. Había tenido la precaución de quitarmelas antes de entrar en la oficina. No es que confiase en la astucia de la policía local pero más vale prevenir. De todas formas siempre usaba unas chanclas cuando estaba trabajando. El señor Von Trotha no me miraba con buenos ojos pero me preocupaba poco las represalias que pudiese tomar por mi cada vez menor interés por el trabajo, mi aspecto desaseado, mi pelo y barba teñidos de rojo y amarillo -perdí la apuesta en la final del mundial-, mis monosílabos... y mis chanclas. ¿Qué podían hacer? ¿Trasladarme a Keetmanshoop? ¿Tal vez a Rehoboth? No había diferencia alguna. No creo que la vida allí fuese mucho más aburrida que en esta ciudad de cartón-piedra. Es más, estoy seguro de que es imposible vivir en un lugar más aburrido que éste. Mis compañeros piensan que es la soledad lo que me ha vuelto un tanto huraño. Según dicen antes no era así. ¡Pamplinas! No soy solitario. Vivo sólo, sí, en una casa modesta pero preciosa en la calle Bahnhof, a pocos metros de las dunas. He puesto en el jardín un montón de enanitos como hacen en Europa y a cada uno le he pintado un mensaje en una tablilla de madera. Mis vecinos se paran a leerlos y algún turista también. No tengo perro como la mayoría de los del barrio, es cierto. No porque no me guste su compañía, sin embargo. Simplemente nunca me lo he planteado porque no creo que a ningún negro se le ocurra acercarse desde Mondesa a robar precisamente en esta casa, ya saben que aquí no hay nada, ni siquiera tiene verja electrificada. Pero solitario no soy. A la tarde suelo tomarme una cerveza en el Village, entre horas bajo a la terraza del Brauhaus si no hace mucho frío y a veces entro y ojeo algún libro, y los sábados por la mañana como casi todos los blancos no falto al café. Más que el ambiente, me gustan las fotos antiguas en blanco y negro de la cafetería, esa foto en la que aparece el local pero prácticamente solo en medio de un pueblo fantasma, me gusta imaginarme a aquellos pueblerinos europeos en un ambiente hostil luchando por iniciar una nueva vida aquí, entre el desierto y el mar. Los PIONEROS. Mi abuelo fue pionero. Yo no le conocí pero he escuchado hasta la naúsea su odisea de boca de mi padre. Pero me estoy desviando del tema.




Playa de Swakopmund (Namibia)

El caso es que lo he hecho y aquí estoy, intentando limpiar las botas. Tengo que apresurarme, se me están quedando los pies helados. No es que me cayese mal el señor Von Trotha. En realidad era un buen hombre, pero hablaba demasiado. Era como una máquina de hacer palabras. No era posible seguirle el hilo, de un tema pasaba a otro sin orden ni concierto y después de estar oyéndole un rato te preguntabas qué había sido en realidad lo que te había hecho ir a su despacho. Al cabo de una buena media hora volvías a tu mesa sin respuesta a tu duda pero conociendo todos los chismorreos, novedades y rumores de medio Swakopmund. Simplemente no lo he soportado más. Uno tiene un tope. Y luego están las gafas. Las de su mujer. Cada vez que paso por delante de la oficina de turismo no puedo evitar mirar por los cristales y ahí está, mirándome por encima de las gafas, pidiéndome que le haga el favor. La decisión ha sido rápida, en realidad yo creo que inconscientemente estaba ya largamente meditada, oculta en algún lugar de mi cabeza como esas simientes que, hundidas en la arena del desiero durante toda la estación seca, en cuanto les caen cuatro gotas hacen brotar un bonito liquen. Algo así. De mï no van a sospechar, lo normal es que cuando lo encuentren en la playa piensen que ha sido algún negro. Aquí son los negros los que hacen esas cosas. El inspector jefe es mayor, ha vivido tres cuartos de su vida bajo el apartheid y sencillamente su esquema cerebral no le permite plantearse ni remotamente otra posiblilidad. Y si es que alguno de los jóvenes comisarios negros que se han ido incorporando protesta un poco y baraja otras posibilidades, las sospechas recaeran en los jóvenes que suelen andar por el muelle fumando shisha, alguna vez ya se les ha ido la mano con alguna gamberrada: lo han visto borracho, jugando le han empujado al agua y ha muerto por hipotermia. Un accidente. No era su intención. Sólo es que el agua está muy fría. Pero de todas formas, voy ha ser precabido, voy a limpiar...
 
......................

Mondesa (Swakopmund)
 Vaya, lo siento. Mañana acabaré el cuento, acaba de entrar el señor Von Trotha, ya se oye su cháchara, su i n t e r m i n a b l e cháchara. Me quedan siete desesperantes horas de trabajo en esta oficina con su bla-bla-bla de fondo, en este cuartucho que por no tener no tiene ni una ventana para que pueda distraerme viendo el paso apresurado de los viandantes bajo el cielo plomizo de Amsterdam. Mi única vía de escape a la confusión de frases disparejas que viene del despacho del señor Von Trotha es cerrar los ojos e imaginarme en esa otra oficina, descalzo, con las botas en la mano...

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Relatos etíopes

Mujer nyangaton
RELATOS ETÍOPES



Encorvó su largo cuerpo para poder salir por la pequeña puertecita. Era mediodía y el conjunto de ramas y paja que conformaban la choza apenas dejaban pasar un hilillo de aire, pero al salir se dió cuenta de lo fresco que se estaba en la oscuridad interior de la choza. El polvo que iba levantando al caminar le cegaba las narices y le impedía respirar y pensar con claridad. La joven le precedía con paso altivo. No la vería ya en todo el año. La universidad estaba lejos.

- Déjame al menos tu número de teléfono.- dijo cogiendo del suelo una pequeña espina de acacia.

Sidis-ulet-arat-arat... En cuclillas dibujó con el trocito de espina los números sobre su piel marrón chocolate. Pequeñas rayitas blanquecinas iban marcando su muslo: ulet-and-and-sost-hamis.

Un corto silencio... Bortokali.

Así que ése era su nombre, fruta de color intenso, jugosa, ora dulce, ora amarga, verde como el campo tras la lluvia, naranja, como el sol incandescente que antecede al día caluroso pero que no quema, etimología viajera de tierras lejanas. No necesitaba escribirlo en su piel, había quedado marcado a fuego en su interior, como queda marcada en las reses la seña del dueño, le hervía como hierve la herida de la escarificación aún sin cicatrizar que te liga de por vida a la tribu.

Repitió el número, no quería errores. Ella se lo confirmó alzándo ligeramente la barbilla en un pequeño suspiro al estilo de la gente de Konso, como si le faltase el aire, como hace aquel al que le han dado un pequeño susto.

Los meses pasaron pero el teléfono nunca daba señal. ¡Tenía que haberle pedido el e-mail!. Acudió a la choza del abuelo. El hombre le miró con su apergaminada cara. Nunca se había fijado en él. Parecía una máscara de cuero, la misma textura, el mismo color, la misma mirada vacía e impersonal, la misma sonrisa indescifrable.

- Dime, abuelo, ¿la volveré a ver?

Durante unas milésimas de segundo todo dió vueltas a su alrededor. Las mujeres escupían sobre la seca tierra para a continuación con un gesto mecánico de la mano echar sobre el espumoso líquido un poco de arena. Una pequeña cría de lince se revolvía en las manos de un joven que mostraba orgulloso su presa. Un bebé se agarraba con rabia a la maraña de collares multicolores de su madre y lloraba de sed furioso.

El viejo lanzó las chanclas hacia el cielo. Éstas quedaron una encima de la otra en difícil equilibrio.

- Tomarás el camión, éste eres tú. -dijo señalando la chancla de encima ligeramente suspendida sobre la otra, casi tocando el suelo en la zona del talón.

Salió decidido cerrando la puerta de espinos del recinto, pero pasaron tres días hasta que consiguió que un camión que iba de vacio a Jinka estuviese dispuesto a llevarle por un precio razonable. Aún así, invertió practicamente todos sus ahorros y apenas le quedó algo de dinero para comprar algo de comida y poder dormir en algún sitio seguro a la llegada a la gran ciudad. Se puso su única camisa y cruzó el río marronáceo sentado en el interior del tronco, absorto en las gotas de sudor que recorrían el cuerpo del barquero. En la orilla un grupo de jóvenes y niños lanzaban piedras a una vaca que flotaba sobre el agua para empujarla río abajo y alejar así la enfermedad y la muerte. Abajo, indiferente a todo, un joven todo embadurnado en jabón de los pies a la cabeza se afanaba inútilmente en intentar que el agua penetrase a través de los compactos rizos en su cuero cabelludo. Alguna que otra mujer de torso desnudo caminaba lentamente portando en su cabeza haces de leña. El viento traía los acordes de un waka-waka versioneado con voz ronca por alguna niña revoltosa.

Soltó unos birr al barquero y se dirigió al camión ya repleto de gente. Al subir pisó sin querer a un viejo que le miró con expresión inquietante. Apenas si había sitio para acurrucarse en el suelo del camión con las extremidades en posturas imposibles, en difícil equilibrio, cayendo con cada curva sobre un compañero, golpeándose con cada bache en el mismo moratón. Los gigantes termiteros que jalonaban el camino parecían con su extraña forma burlarse de él. Mirase donde mirase los termiteros como cortes de mangas de pesadilla parecían anticipar un frustrante desenlace a su ansiado sueño.

El camión afrontó cogiendo carrerilla el siguiente wadi. El río seco era profundo. El conductor pisó el acelerador apretando imperceptiblemente los dientes, la arena lo envolvió todo. Hubo un movimiento inesperado, varios cuerpos se enredaron, un niño salió volando, una cabeza se abrió contra el rojo y oxidado metal, se oyeron gritos secos, cuerpos doloridos se arrastraban por la tierra con quejidos apenas audibles, la arena en suspensión confería a la escena un halo de irrealidad. Pero no hay que desesperar cuando se persigue un sueño. Como dijo el gran Gatsby, cuando uno tiene un sueño ha de perseguirlo sean cuales sean las consecuencias. Levantó los ojos y se pasó la mano por la cara en un vano intentó de desprender la arena que se había quedado pegada a pequeñas gotitas de sudor y sangre. Un termitero gigantón le observaba.

- No me intimidas, nada hará que me rinda.