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miércoles, 4 de julio de 2012

Aderbissinat (Níger)

De Agadez a Zinder en autobús

 



Música y danzas en Agadez
Desayunar en la terraza del hotel de l'Aïr, palacio de adobe construido por el sultán Tegama para alojar al guerrero targui (singular de tuareg) Kaossen, jefe de la resistencia contra los franceses en el 1916-17, es un auténtica maravilla. Es de esos sitios en los que parece que han cortado el mundo por las cuatro esquinas y sólo existe ese pequeño cuadrilatero que puedes ver con tus ojos... y tú. La terraza da a la plaza de la gran mezquita de Agadez. Una mezquita preciosa construida en adobe en el siglo XVI, con un minarete que a mi me recordó a los de las mezquitas del M'zab argelino, a la de Ghardaïa en concreto, aunque con vigas de madera salientes según el estilo arquitectónico sudanés. Es curioso porque según llegamos a Agadez, tras conseguir alojamiento fuimos al bar Le palmier a cenar y el cocinero me dijo que me conoce de El Golea, que trabajaba en el Gran Hotel de allí!!! Creo que está equivocado porque en El Golea dormimos en casa de la familia de Ahmed Ouled Haimuda (de esto hace ¡¡20 años!!) pero eso de que alguien diga que te conoce cuando acabas de llegar a un sitio para ti remoto te deja un poco anonadado.

El caso es que la baja altura de los edificios de Agadez hace que no se vea apenas más allá de lo que hay en la plaza, un poco como pasa en Marrakech, cuando estás en la terraza del CTM o del Café de France con vistas a Jemáa el-Fná: sólo se ve la plaza, no puedes ni intuir que un poco más allá de la Kutubia haya una ciudad normal con sus bloques de apartamentos. Y igual que en Marrakech, la luz, que no tienen edificios que le obstaculicen el paso, es cegadora. A primera hora de la mañana la luz ya inunda los edificios ocres-rojizos de barro que circundan la plaza. A las 8 de la mañana el dueño de la Discoteque, una pequeña tienda de discos situada a un lado de la mezquita, abre puntual la puerta y pone un disco de música pegadiza a todo volumen, deja la puerta abierta y va a sentarse en un poyo a la sombra enfrente del local. La música parece expandirse por toda la plaza y contagiar el buen humor a todo el que pasa por ella. Los niños, y entre ellos una chavala que va pidiendo con su escudilla junto a su madre, no pueden evitar bailar al oir los ritmos marchosos del hip-hop africano o de melodías estilo King Africa. Estamos apenas a tres o cuatro metros sobre la plaza y la gente que pasa nos saluda sonriente (o nos hacen burla). Los tuareg que se cruzan de camino a algún lado se saludan y cruzan unas palabras. Hace calor, pero es la mejor hora del día. Es uno de los recuerdos más especiales que tengo de esta mágica ciudad. Desayunamos allí durante unos diez días y siempre nos invadía el mismo optimismo y la misma alegría. Aún terminado el desayuno, nos costaba decidirnos a bajar. Sólo el sol que se iba imponiendo sobre la terraza acababa obligándonos a abandonarla a regañadientes.

El último día que estuvimos en Agadez no sé si pudimos desayunar allí, ya que saldríamos pronto hacia Zinder. Según las guías sólo los camiones hacían la ruta de Agadez a Zinder y, si no, se necesitaba un todoterreno para pasar por las zona inundables a la entrada y salida de Aderbissinat. En Internet también busqué información y un viajero decía que él había ido en 4x4 y que éste casi no pudo pasar, así que era imposible que pasasen los autobuses. Sin embargo, el concepto de lo imposible en Europa y en Níger no es que digamos igual.

Efectivamente había un autobús directo a Zinder. Así que salimos tan felices, eso sí un poco incómodas porque nos tocó en los asientos traseros del bus, yo a un lado tenía a una señora bastante gorda que no hacia más que comer y un asiento más allá a su hija, una chavala de unos 15 años con síndrome de Down que daba molestos gritos de vez en cuando. Y la verdad es que había ciertos indicios de que el viaje podía presentar algunos problemas: necesitaron una piedra para sujetar la rueda, la gente llevaba mantas... De todas formas hasta Aderbissinat la cosa fue sobre ruedas. Sólo tuvimos que desviarnos una vez de la carretera por unos páramos verdes llenos de charcos que nos hicieron saltar arriba y abajo y a un lado y otro como en una batidora. No sé como no salió ningún niño despedido. Antes de la desviación se veían grupos de mujeres tuareg con los burros y camellos en los grandes charcos que se habían formado. Se pasa por algún conjunto de cubículos distantes de barro que tienen alguna tienda redonda en medio. No sé si serán poblaciones estables o asentamientos nómadas de temporada.

Esperando a que cambien la rueda (Aderbissinat)
En Aderbissinat paramos, para comer pensamos nosotras, pero no, era que se había pinchado una rueda. Habría que esperar a que nos trajeran una de repuesto. Estábamos en mitad del trayecto, las poblaciones más cercanas eran Agadez, de donde habíamos salido, y Zinder, que era nuestro destino, nada entre ellas, así que la cosa iba para largo. Aderbissinat no es nada más que un conjunto de casas de bancó y de puestos de comida alrededor de la carretera principal y un destacamento militar más allá. Las casas son cubículos de adobe con una única ventana y puerta de chapa. Las gente nos saludaba y salía a vernos. Está habitado entre otros por tuareg negros, la mayoría muy delgados que van con su takuba (espada) y su palo y cuando viajan..., ¿Qué llevan en el bolso de mano? Uno de esos tuareg parece que quiere montarse en el autobús (no sé dónde, porque vamos hasta la bandera y los pocos huecos que hay se aprovechan para dejar las pertenencias de cada uno, no se ve el suelo de los bultos que llevan y en el maletero han metido sacos de trigo). El caso es que nosotras estamos observándole y vemos que va a abrir la pequeña bolsa de deporte que lleva como bolso de mano. ¿Qué lleva un targui en el bolso de mano cuando viaja? le pregunto a mi hermana, y antes de que abra la bolsa dice: pues, el hornillo, la tetera... ¡Bingo! Va y se pone a sacar un hornillo, una tetera, té y azúcar. ¡Lo lógico!. Cogió del suelo un trozo de chancla desechado y se dirigió a uno de los puestos de la carretera en los que vendían trocitos de hígado y les pidió unas pocas brasas que colocó sobre el trozo de chancla para poder transportarlas hasta el lugar donde estábamos a la sombra. Observó bien el lugar para no ponerse a hacer el té en un sitio en el que hubiese demasiada gente con los que tener que compartirlo y se puso a hacer el té. Estaba claro que la espera iba para largo.

Una mujer casi desnuda pasó por la calle principal gritando y moviéndose extrañamente. La gente la miraba en silencio y algún niño se escondió. Más tarde pareció otro loco. Este llevaba una cadena atada a una de las muñecas, como si hubiese escapado de algún sitio al que hubiese estado atado. Se nos acercó más de una vez y nos decía algo sobre Francia. Nosotras imitamos el comportamiento de los otros viajeros del bus, ignorándole y evitando mirarle a los ojos. Podía ser muy peligroso, pues si te daba un golpe con la cadena que movía de un lado para otro podía hacerte una buena avería. Las chavalas, como hacen los niños aquí, iban a pedir a sus madres unos francos para comprarse unos cucuruchos con higadillos como chuchería. Las madres así conseguían que estuviesen entretenidas un rato, pero al poco volvían otra vez a pedirles más dinero.

Se estaba haciendo de noche y allí nada se movía, seguíamos esperando. Los pastores empezaron a aparecer con sus camellos que iban a beber a los charcos que se habían formado al lado de la carretera. Algún otro tuareg se mostró interesado también en coger el autobús. A las 18:00 los militares empezaron a patrullar por la carretera en camiones. De noche en Aderbissinat no hay otra luz que las pocas de los puestos de la carretera. Los insectos empezaron a incordiarnos. Varias mujeres estaban sentadas en el suelo cuando una chilló y todas se levantaron haciendo aspavientos, seguidos de risas. Algún gran insecto o cucaracha voladora las había asustado. No baja la temperatura a la noche.

Casa típica hausa. Zinder.
Finalmente empezaron a quitar la rueda y al poco llegó un mecánico con la de repuesto. Hacia las 21:30 conseguimos salir, enlatados como sardinas (¡qué brutos son!), de noche (la página de asuntos exteriores siempre te dice que no viajes de noche en los países africanos, pero casi siempre resulta inevitable), por una pista llena de agua, que nos salpica al entrar por los cristales rotos de la ventanilla de atrás. El conductor va demasiado rápido. Hay tormenta de arena (como cada cuatro días desde que estamos en Níger). Hace mucho frío, los que estamos en los asientos de atrás compartimos una manta (¡para eso eran las mantas!) que nos echamos por encima, mientras el agua nos empapa, con los gritos medio asustados medio divertidos de la chica con síndrome de Down. La vieja de al lado mío sigue comiendo, huelo a comistrajos y me da un asco de la leche. La oscuridad es total. Me estoy meando...

Fue una pesadilla, pero finalmente llegamos a Zinder sanas y salvas y, aunque no tenga mucha lógica, recuerdo este viaje con cariño. En el recuerdo todo se dulcifica. Es como cuando vemos una película en la que los protagonistas no han hecho más que sufrir y sin embargo al acabar decimos ¡qué bonita!, algo así.






martes, 3 de abril de 2012

Con la música a otra parte


A veces cuando estás fuera de tu país oír música en español o música que de una manera u otra está ligada a algún momento de tu vida hace que te sientas a gusto, como en casa.

En Ouagadougou un día fuimos a coger un autobús a la estación de una de las compañías, no recuerdo cuál. El garaje estaba un poco lejos del centro, en un barrio de calles a medio asfaltar todas iguales, y era fácil despistarse y pasarse de largo de la estación. Entonces, si antes no te habías decidido tú a preguntar, alguno de los jóvenes que estaban apostados a la entrada de las tienduchas de la calle que ya te habían visto pasar dos o tres veces por delante te ofrecían ayuda:

-"Bonjour, bonjour (los burkinabes dicen tantos bonjour como personas tengan que saludar), ¿podemos ayudaros en algo?.

Cuando por fin encontramos la estación, ésta no era nada más que un garaje de piso sin asfaltar al aire libre, totalmente enfangado si había llovido recientemente o polvoriento en caso de que el sol ya hubiese secado el agua de lluvia de la noche anterior. En un edificio de adobe se encontraba la taquilla, y para que la gente esperase su autobús había una serie de ocho o nueve filas de bancos corridos con un pasillo en medio de cara a la esplanada en donde se paraban los vehículos. Una tejavana protegía a los viajeros de una posible tormenta intempestiva. Mujeres, hombres y niños rodeados de bultos comían algunos plátanos o cosas por el estilo para hacer la espera más amena. Nos sentamos entre ellos y nos dispusimos a esperar. Y, de repente, por el altavoz de la sala de espera empezamos a escuchar a buen volumen a Luz Casal cantando "Piensa en mí, cuando sufras..."

En el viaje de Ouagadougou a Gaoua el autobús llevaba alegre música de Costa de Marfil a todo volumen, al ritmo de tum-tak taka-tum-tak-tak. Estoy oyendo ahora mismo la canción "On veut du soleil" de Lokua Kanza y usa ese mismo ritmo como sonido base, aunque la canción no es tan discotequera como las que nos pusieron en ese viaje de unas nueve horas del que nuestros tímpanos salieron indemnes no se sabe cómo. En alguna de las canciones el estribillo repetía la palabra "caliente" en un claro castellano.

Por otra parte, en Po, cerca de la frontera con Ghana, nos hospedamos en un campamento bastante básico, regentado por un hombre de hablar bronco y aspecto rudo aunque inofensivo que tenía música de esa que uno no sabe si situar en África o en el Caribe, música garifuna ( www.realworldrecords.com/aurelio ) o rumba congoleña, algo así. Acompañaba muy bien al ambiente general ocioso, tormentoso y campestre del lugar. A mi mente vino una canción que está desde entonces en mí ligada a ese lugar... "Cuando la tarde languidece y renacen las sombras, y en la quietud los cafetales vuelven...". De repente te asalta como una nostalgia de tardes infantiles en países tropicales que nunca has vivido, pero que esta preciosa canción, oída y cantada hasta la saciedad de pequeña, tiene el poder de evocar. Había algo en la música de ambiente de aquel modesto campamento que no me era del todo ajeno. A cinco mil kilómetros de casa, en un país que la mayoría de mis conciudadanos ni siquiera saben que existe, de repente todo me era familiar. No sé si se me entiende.

Cuatro de la madrugada en Niamey. Hemos quedado con un taxista para que nos lleve a la estación para coger un bus a Tahoua. Cuando llegamos todo está oscuro como boca de lobo. Hay una televisión grande retransmitiendo un film de vídeo de esos espantosos repletos de escenas violentas en los que nadie entiende la trama. Ya había algunos viajeros somnolientos como en stand by. Un joven de la compañía se nos aproximó para que le diésemos las mochilas. En Níger te facturan las maletas como si fueses a subir a un avión. Con tiza o con alguna pegatina ponen a donde va cada maleta y el teléfono móvil del dueño (Ahí fue cuando decidimos empezar a llevar el teléfono móvil en nuestros viajes: hacíamos el ridículo más espantoso cuando en Níger, uno de los países más subdesarrollados del mundo, nos pedían el móvil y les decíamos que no teníamos). Tras una hora larga nos subimos al autobús y al poco uno de los currelas nos ofreció una bolsita de leche pasterizada y un bollo: el desayuno. En algunos viajes es costumbre en Níger regalar al viajero con este desayuno que la verdad es que se agradece. Debido a las tempraneras horas en las que estábamos el conductor puso música suave que poco a poco no podías evitar tararear: "Ti amo, ti aamo..." ¿Cómo se llamaba el cantante italiano aquel? ¡Uno a veces sin querer viaja también en el tiempo!

Sin salir de Níger, pero más al sur, en Zinder, cerca de la frontera con Nigeria, estábamos echando la siesta en nuestra habitación del hotel Damagaran creo que se llamaba, escuchando la radio, como siempre. Teníamos sintonizado un programa de radio tipo "los Cuarenta principales". El locutor, muy animoso, presentaba las canciones con gracia, en un tono alegre y dicharachero que contagiaba. En esto que empezamos a escuchar "niña aa....dulce niña aa". Durante toda la canción estuvimos barajando distintos nombres de grupos españoles hasta que el locutor aclaró nuestras dudas: ¡¡¡Los CAÑOS!!!

A veces la música que oyes no es en español pero de una u otra manera está ligada a tu vida. En Mali, por ejemplo, en el minibus que nos llevó de Mopti a Djené nos pusieron una cinta de música egipcia que Aïd, el egipcio que me dio clases de árabe durante una temporada, solía tener puesta en su casa y me había grabado: "li-anti habiba sadiqi...". ¿Alguien se extraña de que vuelva una vez y otra a África? Siempre hay alguna música muy mía que parece decirme: no estás en el extranjero, estás aquí, donde te corresponde.

En otros lugares del mundo también me he sentido un poco así, de todas formas, solo que menos.

En Omán fuimos algún que otro día a la playa y en una de las cafeterías de la playa de Qurm (de una marca muy conocida pero que no quiero publicitar, porque es del estilo tú te lo haces todo y luego nos pagas por un té como si te hubiesemos servido un almuerzo completo y en cubertería de plata), una camarera filipina se dirigió a nosotras al oírnos decir algún número. Al parecer en tagalo los dicen cómo en español. Salió luego a la terraza a hablar un rato con nosotras y después puso música de Compay Segundo: "Caminando voy para ..... el cariño que te tengo, nunca lo podré olvidar"

También en Malaca (Malasia) fuimos a comer a un restaurante del centro y no sé si nos oyeron hablar español o fue casualidad pero el caso es que almorzamos acompañadas por Machín: "Dos gardenias para ti, con ellas quiero decir...".

jueves, 8 de marzo de 2012

Le mariage. Cuento.


Tenía un pequeño letrero clavado en un árbol anunciando sus servicios y su número de teléfono móvil. Se le podía ver siempre allí, a la sombra del karité, agachado a un lado u otro de alguna moto, un poco sucio de alquitrán. Era un barrio tranquilo, cerca de los restaurantes de más prestigio de la ciudad: el Pilier, el Tabakady... Restaurantes inaccesibles para él desde luego, que solía conformarse con comprarle al chaval que atendía el puestecillo del otro lado de la calle un par de manzanas para almorzar.

Era un día como otro cualquiera. El loco que cubría su cabeza con un casco para evitar hacerse daño en sus arranques de locura ya se había sentado sobre la arena de la acera, enfrente de la pâtisserie Les Délices, y parecía comer algo que sacaba de una bolsa de plástico negra. En la pastelería la gente hacía cola para llevarse varias barras de pan recién hechas y algún pastelito que intentaban meter sin éxito en una de las finas bolsas que fuera un hombre en su silla de ruedas descolgaba de un pequeño arbolito y vendía a un módico precio, se rompían enseguida y habían de comprarle otra bolsita que sólo con verle la cara al pan se rasgaba fastidiosamente. Hacia las diez el niño de siempre pasó con su rebaño de cabras taciturno silbando una melodía que a Salifou se le hizo extrañamente conocida. Y poco después se vio pasar un camión de Mercadona que asustó a un dromedario distraido que seguía a su amo perezosamente, ralentizando su marcha para poder mordisquear las sabrosas flores de las acacias que quedaban a su alcance.

Un día como cualquier otro. Y, sin embargo, un extraño silencio le había chocado al salir de casa en dirección a su rudimentario taller. Apenas se veía un alma en la calle, como si se esperase un gran cataclismo. Miró hacia el cielo pero no le pareció que la tormenta de arena fuese a ser inminente, aunque hacía ya cuatro días desde la última y estaba claro que la próxima no tardaría mucho en llegar. "Amenaza lluvia"- se dijo para sí.

Mientras se afanaba en arreglar una moto que un cliente le acababa de dejar, la vio pasar. No era la primera vez que veía a la joven. Solía pararse a conversar con el vendedor de lotería o se acercaba a la pequeña peluquería de más allá. Pero ese día, era tan escasa la circulación de gente por la calle, había un clima tan espectante que se fijo con más atención en ella. Era realmente joven, pero al mismo tiempo tenía una elegancia y un atractivo muy resueltos y maduros.

Un chaparrón inclemente interrumpió sus reflexiones. Empezó a caer agua del cielo a cántaros, sin piedad. La chica parecía bastante madura, pero él estaba claro que todavía era un criajo al que le quedaba mucho que aprender, por lo menos en lo que se refiere a interpretar las señales. Ese silencio que le había llamado la atención por la mañana no era sino el anuncio de un gran chaparrón que había hecho ser precavidos a todos los habitantes de Niamey, menos a él. Si hubiese sido un poco más listo se hubiese quedado en casa. Ahora quedaría atrapado vete a saber hasta cuándo.
  

Corrió hasta la entrada de la pâtisserie y se quedó allí a esperar a que escampara. La calle ya se había inundado completamente y el agua caía del tejadillo del porche de la panadería como una catarata. "Yo voy a intentarlo"- le dijo sonriente un joven que se subió a la moto y con el agua casi hasta media rueda consiguió finalmente salir a la carretera. "¿Quieres que te lleve? Voy hacia el mercado de Katako"- se ofreció un hombre mientras se subía a un todoterreno. "No gracias". No podía dejar la moto que estaba arreglando allí sin vigilancia, el cliente vendría a buscarla por la tarde.




Invitación de boda. Niamey

Después de eso ya no recuerda claramente nada. Seguía lloviendo sin parar, la calle estaba totalmente inundada. Estaba como en una celda recluido entre la cortina de agua que caía del saliente del tejadillo y las paredes de la pastelería. Se recuerda a si mismo como en un estado catatónico, en una espera interminable, con la mirada fija en la cortina de agua. No recuerda que nadie saliera ni entrase en la panadería, no recuerda qué hizo el hombre de la silla de ruedas, no recuerda qué fue de la chica, no recuerda que hablara con nadie, ni que nadie le sacase de allí. Sólo le vienen a la cabeza imágenes inconexas como a ráfagas. Había cesado la lluvia pero él permanecía inmóvil en el escaso espacio junto a la pared de la panadería que aún estaba seco. Esperaba. La calle estaba todavía inundada y esperaba -como era habitual por otra parte- a que las aguas bajasen un poco y le permitiesen salir a la calle sin mojarse hasta las rodillas. Un coche de los pocos que empezaban a pasar por la carretera levantó un torrente de agua a su paso que le empapó de arriba a abajo. Un chico embutido en un impermeable azul oscuro atravesó como a cámara lenta la calle en una bicicleta. De todo esto tiene un somero recuerdo, pero nada más. Como si hubiese entrado en otra dimensión, como en un sueño.

Invitación a una boda en Niamey
El siguiente recuerdo es ya una enorme confusión de ruidos en una especie de ceremonia nupcial con muchos hombres vestidos con fes y bubú blanco y grandes zapatos en punta, músicos que le enloquecían con sus tambores y gentes que le hablaban en un idioma que no llegaba a comprender. Y la jovencita, como entre nubes, siempre flotando a su alrededor. Una fiesta sin fin que daba vueltas alrededor de su cabeza. Y en ese estado onírico, no sabe cómo, llegó a Lagos. Seguro que le drogaron, o tal vez fuese poseído por alguno de los cientos de holeys o genios invisibles que a veces se alían con algunos humanos por razones que sólo ellos conocen, tal vez la familia de la chica contaba con el apoyo de los atakurna, enanos del bosque, o los tôro, genios del agua y del cielo.  


El caso es que su vida dio un vuelco del que aún no se ha recuperado. Ahora, en Lagos, se encarga de apalabrar medio en hausa medio en yoruba el precio del taxi brousse que habrá de llevar a la extraña familia de su novia a algún mercado en donde hacer su numerito. Mientras, la familia de Rachida espera agazapada con una de las hienas en algún rincón, y en cuanto Salifou llega a un acuerdo con el taxista, corren con la hiena y, sin dar tiempo al asombrado chofer de protestar, ocupan el vehículo, de manera que el aterrorizado conductor no tiene otra que arrancar la furgoneta y correr lo más posible para intentar llegar al destino sin ser devorado por el animal. Con su cara de extranjero timorato y su lengua de trapo, ningún taxista imagina la sorpresa que esconde el muchacho. Ya en la plaza del mercado, la familia de su novia y ella misma realizan diferentes números y juegos con el animal para asombro y divertimento de las gentes de los barrios periféricos de la gran ciudad. Él no participa en el espectáculo, sólo se encarga de recoger las monedas. Todavía no se ha acostumbrado a las hienas, aunque sus cuñados dicen entre grandes carcajadas que son ellas las que aún no se han acostumbrado a él.
Hombres hiena
 
A veces uno no sabe lo que tiene cuando cuenta con un árbol en donde dejar su número de teléfono y una buena sombra donde poder trabajar. Echa de menos aquel barrio tranquilo de Niamey y después de todos estos años aún pierde el sueño a veces pensando en qué sería de la moto que dejó bajo el árbol a medias de arreglar. Es absurdo, pero le reconcome la idea de que su cliente esté enfadado con él. No le reprocha nada a su mujer, ella, al fin y al cabo no fue sino una víctima más de las hienas, como él. Ella, al fin y al cabo, no era nada más que una estudiante de vacaciones en Niamey.

http://www.taringa.net/posts/imagenes/5655931/Hombres-Hienas.html

sábado, 18 de febrero de 2012

Escarificaciones y otras decoraciones corporales



  




Mujer rimabei (Burkina)


Que al ser humano le gusta adornarse es de todos sabido. Nos gusta embellecer nuestro cuerpo, lo pintamos, lo agujereamos, lo tatuamos o grabamos sobre él.

Antes de ir a Burkina Faso leí en una guía que hoy en día ya no se
hacen apenas escarificaciones, sin embargo es bien fácil ver este tipo de adorno corporal no sólo en gente de cierta edad sino también en jóvenes y niños. En Burkina y Níger es bastante habitual y también se ve con frecuencia en el sur de Etiopía. En general las escarificaciones consisten en finas lineas grabadas en cualquier parte del cuerpo -aunque las más fácilmente visibles para el viajero son las del rostro, claro- que no parecen haber causado mucho dolor al portador cuando se las hicieron. No resultan excesivamente llamativas e incluso pueden pasar desapercibidas. En Niamey, sin embargo, coincidimos con un taxista que tenía la cara absolutamente llena de rayas en todas direcciones, lo que le daba un aspecto un tanto carcelario. En Níger es habitual un tipo de escarificación que nosotras llamábamos de gato, ya que consiste en unas lineas a ambos lados de la boca a modo de bigotes de gato. Lo vimos en personas de todas las edades. Cuando están serios parecen sonreir, y cuando sonríen adquieren un aspecto un tanto siniestro. Aluciné cuando un par de años después acudí a una exposición de 




Bronce ife con bigotes de gato
arte ife de la antigua Nigeria en la Fundación Botín en Santander (España) y me encontré con que en las terracotas y bronces nigerianos de los siglos XII y posteriores aparecían con frecuencia representados estos bigotes de gato, que según los expertos al parecer aludían al carácter extranjero de la persona que los portaba. Bien, pues todavía se pueden ver en personas de carne y hueso.


No hace falta ir a Africa para ver escarificaciones, entre los africanos que viven con nosotros hay quien tiene estas marcas. Yo se las he visto a un par de chicos, ambos nigerianos.


Mujeres hamer

He leído todo tipo de explicaciones para aclarar el origen de esta costumbre. En cierta ocasión leí que en la época del comercio esclavista hacia América estas marcas les servían a la gente para reconocer a las personas de la misma zona o etnia. Y ultimamente leí en un libro de Naipaul que en Nigeria, cuando en una familia un niño había muerto al poco de nacer, al siguiente niño que nacía se le hacían estas marcas para asustarle y conseguir así que no se atreviese a marcharse como el otro. También he leido que con la edad estas suaves marcas pueden difuminarse y ser apenas perceptibles.

Si bien la mayoría de las escarificaciones que he visto consisten, como he dicho, en finas lineas que no parecen haber producido dolor, en algunas ocasiones se ven auténticos tajazos al lado de los ojos, entre los rimabei de Burkina por ejemplo, o grupos de heridas cicatrizadas en pequeños -o no tan pequeños- bultitos, comunes entre los mursis y otras etnias del sur de Etiopía, que seguro fueron dolorosas.


Mujer Himba

Aparte de las escarificaciones, otra costumbre que puede resultar curiosa es la de embadurnar todo el cuerpo, pelo incluido, con una mezcla de barro o tierra roja y manteca. Este uso es caracteristico de las hamer de Etiopía y de las himba de Namibia y Angola. Otra vez una costumbre idéntica en países muy lejanos. Además, en ambas etnias acostumbran decorar la cabeza con barro. Los hombres hamer se hacen una especie de casquetes de barro que les sirven de peinado, y las mujeres himba recubren su largo pelo con arcilla y para rematar el peinado sujetan supongo que con el mismo barro unos cueros en forma de uve en lo alto de la cabeza, que seguro hacen que el sol no les pegue tan fuerte. En efecto, desde mi punto de vista, en ambos casos, el objetivo primero de estos originales peinados no habría sido sino el de procurarse protección continua contra el sol, en zonas donde éste pega fuerte y en culturas en las que la vida transcurre practicamente integramente en la calle, al testerón del sol todo el día. A esto mismo se debería sin duda el que embadurnen todo su cuerpo con este barro rojizo. Por otra parte los hombres 
Joven hamer con peinado típico
hamer acostumbran pintarse de blanco las pantorrillas o la pierna entera según graciosos diseños, de modo que parece que llevan leotardos. No sé si esto les protegerá contra las picaduras de los mosquitos y el sol o es por pura estética, pero me inclino a pensar que el objetivo primordial no es la belleza. 


En Mali, por ejemplo se ve alguna gente que tiene los dientes afilados, todos en punta, en plan drácula. En teoría es por estética, pero tras dos o tres viajes a esa zona y comprobar que me resultaba tremendamente díficil conseguir desprender del hueso la carne de pollos viejos cocinados con carbón a fuego tan lento que nunca llegaba a reblandecerse, llegué a la conclusión de que tal vez se afilaban los dientes para poder desgarrar la carne con mayor facilidad. Entre las himba también es habitual que se les quiten de pequeñas los dos dientes inferiores centrales. Al parecer cierta enfermedad provocada por la deficiente alimentación hace que se hinche la boca de los niños. Esto hace la ingestión de alimentos muy dificultosa y, por eso, se les quitaba los dientes inferiores, para poder alimentarlos. Hoy en día no creo que esto sea un problema habitual, pero seguramente ya se han acostumbrado a verse así y lo consideran un rasgo cultural, olvidada ya la razón que les llevó a empezar a practicar la extracción de los dientes.


Narcisse con su "abuela"

Otras veces nos da por hacernos agujeros y meter en ellos diferentes objetos. Los mursis de Etiopía se ponen en orificios en las orejas platitos de cerámica o madera. En el caso de las mujeres se abre también un orificio a lo largo del labio inferior, dejando éste colgando cuando no es sujetado por estos platitos. En el país Lobi (Burkina) vimos a una mujer ya añosa
que tenía en el labio inferior y sobre el superior incrustados una especie de pequeños tapones. Narcisse nos comentó que hoy en día este tipo de adorno corporal ya no se utiliza en absoluto.
Joven hamer


Joven himba
La verdad es que los seres humanos somos bastante interesantes.



sábado, 28 de enero de 2012

Microcuento nigerino

En Agadez

Árboles petrificados en Tiguidit, cerca de Agadez


- Bonjour monsieur, cadeau.
- Monsieur Kadó il est mort à Côte d'Ivoire.


"Je suis rouge" (Baleyara)

Los nigerinos son bastante ocurrentes. Quien nos contó este dicho nos había invitado a té y queso de cabra a la casa de un targui (singular de tuareg) cerca del mercado de Agadez. En un momento de la conversación uno de los tuareg allí reunidos nos dijo que a ver dónde quedaba Japón, y se lo señalamos en un mapa:

- Mira, esto es Níger y esto es Japón. Está muy lejos.

- ¡Ah! Por eso miran así -y empequeñeció sus ojos como quien quiere reconocer a alguien que se encuentra en lontananza... Humor nigerino.


Otro microcuento
Tiguidit


"Arena, arena, arena...." -decía un niño en el mercado de Baleyara. Y vendía... ¡agua!1

Nota: agua en hausa se dice ruwa
 


Trabalenguas burkinabe
On va dire a Abu Bakar que le car de Dakar depart a le quatre mois quart.