martes, 12 de marzo de 2013

Mochilera a los setenta y uno


De viaje por Marruecos
 

Jemaá el Fná.Marrakech
Nunca me he sentido en el extranjero cuando he viajado a Marruecos, ni siquiera la primera vez. El viaje más bien parecía a otro tiempo, no a otro lugar.  Era como viajar a la España del Siglo de Oro, con sus aguadores, sus cuentacuentos, los ciegos con sus lazarillos, los artesanos trabajando en la calle por gremios: en esta calle los carpinteros, en aquella otra los orfebres…, las medinas de callejas estrechas e intrincadas por donde los burros avanzaban haciéndose paso entre el gentío, las alcahuetas a las puertas del hamman, los caftanes y chilabas, la algarabía… Uno espera encontrarse en cualquier esquina al lazarillo de Tormes, al Guzmán de Alfarache, a la Celestina, al licenciado Vidriera…  






Haciendo amigos en Fez
Apenas catorce kilómetros de mar te han traído a otro mundo, ¡tan distinto! Y, sin embargo, la plaza en la que recuperas fuerzas tomando un té se denomina Zoco Chico, en Fez te hospedas en el barrio andaluz,  el señor que se sube  al autobús  acaba de soltar un “Ay, madre mía”, y esa muchacha… ¿no te acaba de decir que se llama Almanzora?

  



Por eso, cuando por fin mi madre se decidió a descansar por unos días de cuidar a mi padre, no lo dudé: la llevaría a Marruecos. Marruecos, Estambul, Venecia y Lisboa: esos fueron los nombres que me vinieron a la cabeza en cuanto se vislumbró la oportunidad de hacer el viaje. Pero primero era Marruecos. 





Fes al Bali
Con una mochila para las dos tomamos el autobús y nos dispusimos a cruzar la noche española para llegar casi a mediodía a Algeciras. Otras dos horas de ferry y allí estábamos. Cuando Marisol, la médica, le dijo que se lo pasara bien, mi madre le contestó: “Bastante tendré con sobrevivir”. En efecto, el cambio es tan chocante que, según dice más de una vez, durante ese viaje consiguió olvidarse absolutamente de todo… y de todos, bastante tenía con intentar asimilar lo que veía.  Pero eso no quita para que se sintiese pronto como en casa. “Corre, corre, que se va”, nos dice con malicia un viejillo en la pasarela del ferry. “Cuidado, abuela”, le dice un ganapán de Tánger según subíamos la cuesta hacia el Zoco Chico, para prevenirle de que un coche venía por detrás.

 


Calleja de Fes el Bali




En autobús primero y luego en tren, visitamos además de Tánger, Fez y Marrakech. En Fez dormimos en un hotel de mala muerte. Pero eso era parte de la aventura. Nos perdimos en la medina de Fes el Bali: “¿Ya sabes dónde estamos?”, dice. Y yo: “Ni puta idea. Tranquila, recompensaremos con cinco dírhams a este chaval si nos acompaña hasta la plaza Nayyarín“. Al ver que posaba para una foto entre las estrechísimas calles de la medina, un hombre le dice en español: “No se puede estar gordo aquí”.


 

Buenos días”, nos saluda un joven en bici. “Aquí a ti ya te conocen”, dice mi madre. Eran apenas las seis de la mañana e íbamos a coger el tren a Marrakech. En el tren, hice mención de acompañarla al baño, pero como venía el revisor, le dije que fuera ella sola: “Cuidado, se marcha tu madre”, me dijeron un tanto asustadas las señoras de nuestro mismo compartimento. “Allá ella, es mayor de edad”, pensé yo sonriente. El joven de Kenitra que estaba frente a mí, me dijo “¿es tu madre?”, y a mi respuesta afirmativa como movido por una ternura olvidada, cogió el móvil y llamó a sus padres con los que habló con esa voz en falsete que ponen los marroquíes al hablar con los niños.
 


En compañía de un aguador
La simpatía de los marroquíes y su carácter pícaro y malicioso la 
conquistaron, como han conquistado por otra parte a todos los miembros de mi familia que hemos conocido el país. Marrakech la cautivó hasta el punto de, tan escrupulosa ella a la hora de aceptar un plato de caracoles cocinado por otro, tomarse en la plaza Jemaa el Fná unos caracoles especiados al estilo granadino hasta dejar la taza limpia. Nos hospedamos en un hotelillo en la plaza Jemáa el Fná, entrando por una calleja a la derecha del  CTM. El baño estaba fuera de la habitación y allá iba ella con la toalla a la cintura como si tuviera 16 años.


 



Marrakech
El viaje llegaba a su fin. En el tren nocturno que nos llevaría de vuelta a Tánger, mi madre se tumbó todo lo larga que era en el asiento. Al parecer ya había cogido confianza, como si estuviese en el salón de su casa, vamos. Hasta Casablanca esto no suele ser un problema, pero como era de esperar en Casa se subió un hombre que se sentó a su lado. Mi madre hizo mención de retirar las piernas y el hombre le dijo: “No, no, tranquila”. Así que siguió allí repantingada como una reina, y así parece que se sentía después del viaje, un personaje importante, fuerte, porque cuando en Alcazarquivir o Sidi Kacem a las tres o cuatro de la madrugada se subió un joven que no podía más de sueño, mi madre, haciéndose la dormida, ni se dignó a retirar sus piernas para que el pobre se sentase, y éste tuvo que dormir con el cuerpo apoyado en un asiento y los pies en el de enfrente, en un difícil equilibrio. Mi madre, tantos años esclava de la enfermedad de mi padre, del papel de cuidadoras sin derecho a vida propia que se nos da a las mujeres, ¡comportarse así! Un encantamiento, seguro. Y nadie le dijo nada, los marroquíes parecían percibir la renovada seguridad en sí misma de mi madre, durante tanto tiempo casi anulada.





En la menara. Marrakech
Todavía teníamos por delante otro largo viaje en tren hasta llegar de Algeciras a casa pero mi madre parecía haber ido despojándose de años y fatigas a lo largo del  camino. Según llegamos a nuestra ciudad, tras cuarenta y ocho horas de viaje ininterrumpido, aún con energía, entramos a un bar y comimos de pinchos. Y para finalizar, un irlandés con bien de nata. ¡Y que viva la vida!




En un café de Marrakech



No hay comentarios:

Publicar un comentario