miércoles, 4 de julio de 2012

Aderbissinat (Níger)

De Agadez a Zinder en autobús

 



Música y danzas en Agadez
Desayunar en la terraza del hotel de l'Aïr, palacio de adobe construido por el sultán Tegama para alojar al guerrero targui (singular de tuareg) Kaossen, jefe de la resistencia contra los franceses en el 1916-17, es un auténtica maravilla. Es de esos sitios en los que parece que han cortado el mundo por las cuatro esquinas y sólo existe ese pequeño cuadrilatero que puedes ver con tus ojos... y tú. La terraza da a la plaza de la gran mezquita de Agadez. Una mezquita preciosa construida en adobe en el siglo XVI, con un minarete que a mi me recordó a los de las mezquitas del M'zab argelino, a la de Ghardaïa en concreto, aunque con vigas de madera salientes según el estilo arquitectónico sudanés. Es curioso porque según llegamos a Agadez, tras conseguir alojamiento fuimos al bar Le palmier a cenar y el cocinero me dijo que me conoce de El Golea, que trabajaba en el Gran Hotel de allí!!! Creo que está equivocado porque en El Golea dormimos en casa de la familia de Ahmed Ouled Haimuda (de esto hace ¡¡20 años!!) pero eso de que alguien diga que te conoce cuando acabas de llegar a un sitio para ti remoto te deja un poco anonadado.

El caso es que la baja altura de los edificios de Agadez hace que no se vea apenas más allá de lo que hay en la plaza, un poco como pasa en Marrakech, cuando estás en la terraza del CTM o del Café de France con vistas a Jemáa el-Fná: sólo se ve la plaza, no puedes ni intuir que un poco más allá de la Kutubia haya una ciudad normal con sus bloques de apartamentos. Y igual que en Marrakech, la luz, que no tienen edificios que le obstaculicen el paso, es cegadora. A primera hora de la mañana la luz ya inunda los edificios ocres-rojizos de barro que circundan la plaza. A las 8 de la mañana el dueño de la Discoteque, una pequeña tienda de discos situada a un lado de la mezquita, abre puntual la puerta y pone un disco de música pegadiza a todo volumen, deja la puerta abierta y va a sentarse en un poyo a la sombra enfrente del local. La música parece expandirse por toda la plaza y contagiar el buen humor a todo el que pasa por ella. Los niños, y entre ellos una chavala que va pidiendo con su escudilla junto a su madre, no pueden evitar bailar al oir los ritmos marchosos del hip-hop africano o de melodías estilo King Africa. Estamos apenas a tres o cuatro metros sobre la plaza y la gente que pasa nos saluda sonriente (o nos hacen burla). Los tuareg que se cruzan de camino a algún lado se saludan y cruzan unas palabras. Hace calor, pero es la mejor hora del día. Es uno de los recuerdos más especiales que tengo de esta mágica ciudad. Desayunamos allí durante unos diez días y siempre nos invadía el mismo optimismo y la misma alegría. Aún terminado el desayuno, nos costaba decidirnos a bajar. Sólo el sol que se iba imponiendo sobre la terraza acababa obligándonos a abandonarla a regañadientes.

El último día que estuvimos en Agadez no sé si pudimos desayunar allí, ya que saldríamos pronto hacia Zinder. Según las guías sólo los camiones hacían la ruta de Agadez a Zinder y, si no, se necesitaba un todoterreno para pasar por las zona inundables a la entrada y salida de Aderbissinat. En Internet también busqué información y un viajero decía que él había ido en 4x4 y que éste casi no pudo pasar, así que era imposible que pasasen los autobuses. Sin embargo, el concepto de lo imposible en Europa y en Níger no es que digamos igual.

Efectivamente había un autobús directo a Zinder. Así que salimos tan felices, eso sí un poco incómodas porque nos tocó en los asientos traseros del bus, yo a un lado tenía a una señora bastante gorda que no hacia más que comer y un asiento más allá a su hija, una chavala de unos 15 años con síndrome de Down que daba molestos gritos de vez en cuando. Y la verdad es que había ciertos indicios de que el viaje podía presentar algunos problemas: necesitaron una piedra para sujetar la rueda, la gente llevaba mantas... De todas formas hasta Aderbissinat la cosa fue sobre ruedas. Sólo tuvimos que desviarnos una vez de la carretera por unos páramos verdes llenos de charcos que nos hicieron saltar arriba y abajo y a un lado y otro como en una batidora. No sé como no salió ningún niño despedido. Antes de la desviación se veían grupos de mujeres tuareg con los burros y camellos en los grandes charcos que se habían formado. Se pasa por algún conjunto de cubículos distantes de barro que tienen alguna tienda redonda en medio. No sé si serán poblaciones estables o asentamientos nómadas de temporada.

Esperando a que cambien la rueda (Aderbissinat)
En Aderbissinat paramos, para comer pensamos nosotras, pero no, era que se había pinchado una rueda. Habría que esperar a que nos trajeran una de repuesto. Estábamos en mitad del trayecto, las poblaciones más cercanas eran Agadez, de donde habíamos salido, y Zinder, que era nuestro destino, nada entre ellas, así que la cosa iba para largo. Aderbissinat no es nada más que un conjunto de casas de bancó y de puestos de comida alrededor de la carretera principal y un destacamento militar más allá. Las casas son cubículos de adobe con una única ventana y puerta de chapa. Las gente nos saludaba y salía a vernos. Está habitado entre otros por tuareg negros, la mayoría muy delgados que van con su takuba (espada) y su palo y cuando viajan..., ¿Qué llevan en el bolso de mano? Uno de esos tuareg parece que quiere montarse en el autobús (no sé dónde, porque vamos hasta la bandera y los pocos huecos que hay se aprovechan para dejar las pertenencias de cada uno, no se ve el suelo de los bultos que llevan y en el maletero han metido sacos de trigo). El caso es que nosotras estamos observándole y vemos que va a abrir la pequeña bolsa de deporte que lleva como bolso de mano. ¿Qué lleva un targui en el bolso de mano cuando viaja? le pregunto a mi hermana, y antes de que abra la bolsa dice: pues, el hornillo, la tetera... ¡Bingo! Va y se pone a sacar un hornillo, una tetera, té y azúcar. ¡Lo lógico!. Cogió del suelo un trozo de chancla desechado y se dirigió a uno de los puestos de la carretera en los que vendían trocitos de hígado y les pidió unas pocas brasas que colocó sobre el trozo de chancla para poder transportarlas hasta el lugar donde estábamos a la sombra. Observó bien el lugar para no ponerse a hacer el té en un sitio en el que hubiese demasiada gente con los que tener que compartirlo y se puso a hacer el té. Estaba claro que la espera iba para largo.

Una mujer casi desnuda pasó por la calle principal gritando y moviéndose extrañamente. La gente la miraba en silencio y algún niño se escondió. Más tarde pareció otro loco. Este llevaba una cadena atada a una de las muñecas, como si hubiese escapado de algún sitio al que hubiese estado atado. Se nos acercó más de una vez y nos decía algo sobre Francia. Nosotras imitamos el comportamiento de los otros viajeros del bus, ignorándole y evitando mirarle a los ojos. Podía ser muy peligroso, pues si te daba un golpe con la cadena que movía de un lado para otro podía hacerte una buena avería. Las chavalas, como hacen los niños aquí, iban a pedir a sus madres unos francos para comprarse unos cucuruchos con higadillos como chuchería. Las madres así conseguían que estuviesen entretenidas un rato, pero al poco volvían otra vez a pedirles más dinero.

Se estaba haciendo de noche y allí nada se movía, seguíamos esperando. Los pastores empezaron a aparecer con sus camellos que iban a beber a los charcos que se habían formado al lado de la carretera. Algún otro tuareg se mostró interesado también en coger el autobús. A las 18:00 los militares empezaron a patrullar por la carretera en camiones. De noche en Aderbissinat no hay otra luz que las pocas de los puestos de la carretera. Los insectos empezaron a incordiarnos. Varias mujeres estaban sentadas en el suelo cuando una chilló y todas se levantaron haciendo aspavientos, seguidos de risas. Algún gran insecto o cucaracha voladora las había asustado. No baja la temperatura a la noche.

Casa típica hausa. Zinder.
Finalmente empezaron a quitar la rueda y al poco llegó un mecánico con la de repuesto. Hacia las 21:30 conseguimos salir, enlatados como sardinas (¡qué brutos son!), de noche (la página de asuntos exteriores siempre te dice que no viajes de noche en los países africanos, pero casi siempre resulta inevitable), por una pista llena de agua, que nos salpica al entrar por los cristales rotos de la ventanilla de atrás. El conductor va demasiado rápido. Hay tormenta de arena (como cada cuatro días desde que estamos en Níger). Hace mucho frío, los que estamos en los asientos de atrás compartimos una manta (¡para eso eran las mantas!) que nos echamos por encima, mientras el agua nos empapa, con los gritos medio asustados medio divertidos de la chica con síndrome de Down. La vieja de al lado mío sigue comiendo, huelo a comistrajos y me da un asco de la leche. La oscuridad es total. Me estoy meando...

Fue una pesadilla, pero finalmente llegamos a Zinder sanas y salvas y, aunque no tenga mucha lógica, recuerdo este viaje con cariño. En el recuerdo todo se dulcifica. Es como cuando vemos una película en la que los protagonistas no han hecho más que sufrir y sin embargo al acabar decimos ¡qué bonita!, algo así.






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